OPINIÓN De cómo los soberbios llegan a caer bien | Lorenzo Shelley


Mis padres suelen decir que de pequeño yo apoyaba a los villanos, mi maestra de literatura en la preparatoria reforzó la intriga detrás de esta situación al comentar, casi de paso, que los “buenos” de las historias nos aburren porque son muy simplones. En realidad, mi apreciable maestra no estaba descubriendo el hilo negro, un protagonista netamente “bueno” ya no suele aparecer en la historias que se ganan los corazones de los lectores o los televidentes, empero, seguimos recibiendo nuestra dosis de heroísmo a través de justicieros disfrazados de serpientes egoístas que solo velan sus intereses, se les ha llamado antihéroes, apelando al hecho de que son antitéticos al héroe tradicional, sin embargo, veremos que hay una especie que solo lo es de manera superficial; podría llamarse “el falso antihéroe hollywoodense” (aunque no necesariamente tiene que tener su origen en este reiterativo lugar). Examinemos la estructura de este personaje:
Aparecerá casi rayando en lo irritante. El autor juega con pasear al protagonista por el sendero de lo aversivo: es egoísta, poco hablador, agresivo o todas las anteriores y aún así logra consagrarse como nuestro favorito. ¿Por qué ni de broma lo confundimos con el villano? Porque está rodeado de pistas que dan a entender su posición en la historia. Estas claves, cuando están constituidas por elementos asociados de manera poco novedosa, pueden captarse por nuestra parte más automática. No nos damos cuenta de que ver a A, el obstinado y arrogante, acompañado de un B, bonachón y casi sumiso, nos hace creer que A oculta algo bueno porque, conexión usual, un sujeto bonachón no se vincula con un desgraciado a menos de que haya un algo agradable detrás del aparente desbalance de poder (ya que el buen tipo seguro recibirá constantes ataques del engreído pero no responderá de manera negativa). Una pista que es procesada de manera aún más automática es el tiempo que un personaje aparece en la historia o en escena y su presencia en momentos cruciales de la obra (introducción, conflicto, clímax, etc.), dato útil para el que desee formular predicciones mesiánicas e impresionar a sus amigos.
Pero también están las claves no tan automáticas, los sucesos que provocan un monólogo interno tal que nos es imposible no apoyar al aparente antihéroe. Dentro de estas tenemos, por ejemplo, la revelación, después de un largo lapso de suspenso, del pasado traumático que dejó gravemente herido (física y/o psicológicamente) al valiente individuo que, no obstante, logró sobreponerse gracias a su férrea voluntad. Elemento básico de cualquier héroe, la diferencia aquí es que este tipo de personaje puede salirse con la suya al pasarse de impertinente porque los traumas que carga se lo justifican. Incluso resulta benéfico ya que uno puede vivir a través de ellos el gozo de ser un cretino y no tiene que sentirse culpable. Otra estrategia que surge: disimular con una arborización de personajes el protagonismo de uno de ellos. La maestra de esta técnica es cierta saga de libros convertida en serie que está luciendo su lujosa séptima temporada.
La señal central del heroísmo, que es al mismo tiempo la prueba definitiva de que en estos personajes el núcleo heroico no sufre modificaciones, no es otra que el altruismo en su más alta forma. ¿Qué sería un héroe si desapareciera su deseo de sacrificarse por los demás? Un antihéroe cuando al personaje le es indiferente la salvación o el perjuicio que sufren los inocentes, o un villano, cuando el sufrimiento ajeno es lo que desea.
Al hacer énfasis en estos detalles, que se muestran frente a nuestras narices y por eso mismo suelen obviarse, podemos afirmar que quienes están detrás de estos héroes soberbios no desean quitarles el estrellato ni la moral que le subyacen al “muchacho chicho de la película gacha”. En lo más íntimo de estos héroes yace el anhelo de un escritor que conoce su sociedad y sabe que el avance de la racionalidad (véase Max Weber) fría (eso lo agrego yo) le impide exaltar la bondad inocente ya que no existen referentes en la realidad actual que el lector/público pueda usar para vincularse a ese tipo de historia, pero que no desea que fácilmente se le escapen a él, a la narrativa y a su público, elementos como el compañerismo o la abnegación. El que está detrás de un falso antihéroe es un soñador, su creación es la fantasía concretada, pese a toda apariencia que induzca a pensar lo opuesto. Gregory House, Marcel Detaze, Tyrion Lannister… ¿les queda el saco?


LORENZO SHELLEY. Nació en el Ciudad de México, creció en sus alrededores. Es estudiante de tiempo completo en la Facultad de Psicología, Ciudad Universitaria, UNAM. Cursa la licenciatura en las áreas de Psicobiología y Neurociencias y Procesos Psicosociales y Culturales. También se considera apasionado de la filosofía, la vida cotidiana, el amor, la literatura y los videojuegos, además de ser aficionado del cine, la televisión, la música (como escucha o como pésimo pianista) y el anime. Ocasional merodeador de museos. Ferviente creyente de que el aprendizaje puede surgir de diversas fuentes.

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