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    MINIFICCIONES Tal vez entonces comience el paraíso | Ricardo Alberto Bugarín


    LA CAJITA

    Cultivaba conejos en una maceta. No sé decir, con precisión, si cultivaba o criaba conejos en una maceta. Lo que sí puedo asegurar es que eran conejos. Blancos, muy blancos y enanos. No crecían más allá de lo que cabe en el puño de un niño. La vez que me los mostró, extendiendo su mano, creí que eran maníes en movimiento. Después me informó que eran rusos y que se les decía conejos albinos. Esto ocurrió hace como catorce años en un departamentito parisino. Vina después desapareció. Cuando, finalmente, lograron abrir la casa, no quedaba ni el rastro de las bibliotecas que tapizaban las paredes. La policía comprobó, en migraciones, que el último ocupante fue un andaluz apellidado Moro. Esto lo recuerdo ahora que me trajiste tu regalo y abrí la cajita.


    GRITO EN EL CIELO

    Cuenta el Libro Mayor (aunque nunca supimos cuál era ese libro) que cuando las tortugas despierten, desde el centro de la tierra, se habrán de sacudir hasta las montañas más altas y se habrán de abrir hasta los mares más profundos. Cuenta, además, que las tortugas están allí todas calladitas pero, cuando ese día despierten, con sus bramidos habrán de cubrir todo el orbe conocido. Será entonces cuando nosotros pegaremos el grito en el cielo pero todo será como un intento mudo. Nadie escuchará. Nadie vendrá por un rescate. Y todos los muertos –hasta los muertos– querrán escapar de sus prisiones soterradas. Tal vez entonces se quiera escribir un nuevo libro. Tal vez entonces comience el paraíso.


    ORIFICIO ACICALADO

    Qué cosa curiosa debe haber sido el invento del bidet. Los periódicos de la época muestran amplias crónicas de la primera demostración pública de la novedad. Hacer llover desde abajo era toda una situación diabólica en el que el hombre volvía a desafiar la creación y a la naturaleza.
    “¡Por el ajenjo y el bidet!” era el grito de orgullo y brindis inaugural que Gertrudis llevó a los estrados y plazas públicas junto a sus adláteres. “¡Por el orificio acicalado!”, brindaba por lo bajo Mr. Canning Pack mientras el muchacho del corralón de Aycoitía, embebido de prosaicos novelones de dudoso erotismo, soñaba con arrebatarme totalmente los sentidos y asirse de mí hasta el hueco poplíteo. Por suerte, las sociedades avanzan.


    LA OTRA LECTURA

    Todo lo desparejo puede emparejarse como todo lo torcido puede enderezarse como todo lo humedecido puede secarse o como todo lo caído puede, nuevamente, alzarse. Pero no todo lo roto tiene compostura. Así pensó el príncipe cuando al acariciarse el corazón sólo encontró el zapatito. Esto nos lo leía la abuela en un viejo libro de su infancia. Sucedía que a ese libro le faltaban páginas y la abuela siempre acomodaba los hechos. Eso lo sabemos ahora, que ya somos grandes.



    RICARDO ALBERTO BUGARÍN (General Alvear, Mendoza, Argentina, 1962). Escritor, investigador, promotor cultural. Publicó Bagaje (poesía, 1981). En microficciones ha publicado: Bonsai en compota (Macedonia, Buenos Aires, 2014), Inés se turba sola (Macedonia, Buenos Aires, 2015), Benignas insanias (Sherezade, Santiago de Chile, 2016) y Ficcionario (La tinta del silencio, México, 2017). Diversas publicaciones periódicas y revistas especializadas han publicado trabajos suyos tanto en Argentina como en Ecuador, España, Italia, USA, Venezuela, Chile, México, Perú, Colombia, Bolivia y Uruguay. Textos de su libro Bonsai en compota han sido traducidos al francés y publicados por la Universidad de Poitiers (Francia).

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