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    TEXTOS CARDINALES Dos poemas de Cristina Rivera Garza



    MÚSICA DE FONDO
    A veces se quitaban la piel y la colgaban
    de los tendederos. Eso sucedía las mañanas
    en que amanecían exhaustas, los mañanas
    en que estaban a punto de decir no-aguanto-más.
    Y la piel ondeaba de cara a la luz más preciada.
    Y la piel se mecía en los brazos del viento, que son
    los Brazos de Nadie, como si no existiera en realidad
    ninguna razón para morir.
    Olorosa a tacto y a pólvora y a flores de plástico
    y también a limón, la piel mostraba sus cicatrices
    con esa indiferencia que frecuentemente se confunde
    con el orgullo.
    Era un cuadro de aspiración bucólica y de belleza naif.
    Si no hubiera sabido que eran sus pieles,
    sus pieles en esos mañanas en que estaban muy cerca
    de sumergirse, habría podido pensar que se trataba
    de un spot televisivo al que sólo le faltaba la música
    de violines y de hachas.



    LAS FEMINISTAS

    Pronunciaban la palabra. La escupían. La celebraban.
    Corrían.

    (Atrás de este vocablo debe oírse el pasar del viento).
    Hablaban a contrapelo. Interrumpiéndose.
    Ah, tan descaradamente.
    Vivían a la intemperie, que es el mismo lugar donde
    sentían.
    Supongo que así nacieron.
    No sabían de refugios, de techos, de amparos,
    de patrocinios.
    Estaban heridas de todo (y todo aquí quiere decir
    la historia, el aire, el presente, el subjuntivo,
    el contexto, la fuga).
    Agnósticas más que ateas. Impactantes más
    que hermosas. Vulnerables más que endebles. Vivas
    más que tú. Más que yo. Estoicas más que fuertes.
    Dichosas más que dichas.
    Intolerantes. Sí. A veces.
    ¿Mencioné ya que eran brutales?
    Caminaban en días de iracunda claridad como musas
    de sí mismas
    (eso ocurría sobre todo en el invierno cuando
    los vientos del Santa Anta iban y venían
    por los bulevares de Tijuana, arrastrando envolturas
    de plástico y el polvo que obliga a cerrar los ojos
    y negar la realidad)
    a la orilla de todo, bamboleándose
    eran la última gota que cuelga de la botella
    (la mítica de la felicidad o la aún más mítica
    que derrama el vaso y el sexo
    impenetrable en la mismidad de su orificio)
    y caían.
    El colmo.
    La epítome.
    El acabóse.
    (Por debajo de estas frases debe olerse el tufo que deja
    tras de sí el viento horizontal).
    Supongo que sólo con el tiempo se volvieron así.
    Con hombres o, a veces, sin ellos, besaban
    labiodentalmente.
    Y se mudaban de casa y se cambiaban los calcetines
    y preparaban arroz.
    Y bajaban las escaleras y tomaban taxis y no sentían
    compasión.
    Decían: Este es el viento que todo lo limpia.
    Y pronunciaban la palabra. Enfáticas. Tenaces.
    Prehumanas.
    Tajantes. Sí. Con frecuencia.
    Conmovedoras más que alucinadas. Sibilinas más
    que conscientes. Subrepticias más que críticas.
    Hipertextuales. Claridosas.
    Estoy segura de que ya mencioné que eran brutales.
    Fumaban de manera inequívoca.
    Cambiaban de página con la devoción y el cuidado
    minimalista de las enamoradas.
    Siempre andaban enamoradas.
    En los días sequísimos del Santa Ana elevaban
    los rostros y se dedicaban a ver (podían pasar horas
    así) esas aves que, sobre sus cabezas, remontaban
    lúcidamente el antagonismo del aire.


    Y el Santa Ana (y aquí debe oírse una y otra vez
    la palabra) (una y otra vez) despeinaba entonces
    sus vastas cabelleras ariscas. Sus cruentas pestañas
    (una y otra vez).


    Poemas tomados del libro Los textos del yo (FCE, 2005).



    CRISTINA RIVERA GARZA (Matamoros, 1964) es narradora, poeta e historiadora. Fue profesora asociada de historia mexicana en la Universidad Estatal de San Diego (1997-2004). Actualmente es codirectora de la cátedra de humanidades del ITESM campus Toluca. Textos suyos han aparecido en antologías y en diversos diarios y revistas nacionales. Es autora de los libros de narrativa La guerra no importa (1991), Nadie me verá llorar (1999, traducido al inglés y al portugués), La cresta de Ilión (2003), Ningún reloj cuenta esto (2003), Lo anterior (2004), Había niebla o humo o no sé qué (Literatura Random House, 2017). Ha recibido numerosos premios nacionales e internacionales.

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