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    CUENTO Ni por ojo ni por diente | Indira Córdoba Alberca


    ¡Tranquila Sra. Abellán, entendemos lo que siente, créamelo!
    ¿Usted y quién más entienden que…?
    No es la primera mujer que pasa por esto y viene en este estado. Lo importante es que está a tiempo de salir de esa vida y, gracias a Dios, la podemos ayudar
    ¿Ayudarme a qué…? ¿De qué vida? Estoy perfectamente. Si en realidad usted supiera lo que siento, vería que estoy muy enojada porque me niega la oportunidad de hablar.
    Nadie le niega nada Sra. Abellán. Por el contrario, sabemos que la negación es el síntoma más importante del problema. Si usted acepta recibir ayuda, nosotros acogeremos a la Nena en el colegio
    ¡No tengo problemas! Me encanta mi vida, mi hija y yo vivimos tranquilas y felices. Antes de aconsejarme, pregúnteme cómo me siento. Vine a buscar una vacante para mi Nena en el colegio… No pensé que me vería en este drama
    Los dramas llegan sin avisar. Una se casa enamorada, sin sospechar que puede estar durmiendo con el enemigo. Dios tiene un plan, por algo usted llegó dónde nosotros, sus hermanos en Cristo. La recibimos dispuestos a curarla y contenerla
    Por el amor de Dios escúcheme. Seguro si Él estuviera junto a mí, no arrojaría la primera piedra, me permitiría salvar con la verdad y aceptaría que mi hija estudie en cualquier lado
    ¡Exactooooo! La verdad nos hará libres Sra. Abellán. ¡Difícil, pero es el único camino! No es culpa suya. Es el modo cómo nos educan; los modelos que seguimos; las historias que se repiten; la superioridad con la que nace el hombre. Dios no quiere eso. El demonio nos quiere pisoteadas. ¡Es hora de que paguen los culpables!
    Todo bien Sra. Directora. Yo misma fui educada en una familia cristiana. Mi tío el pastor, me recomendó traer a la Nena a esta escuela. Si usted y la psicóloga de la institución hicieran bien su trabajo, profundizarían más en los exámenes de mi hija y notarían que fantasea, repite una historia dicha al azar o por descuido de un adulto, o un drama de televisión. ¡Vaya usted a saber qué pasaba por la cabecita de mi Nena en ese momento! Tengo pruebas físicas; no soy una mujer maltratada. Me separé del padre de mi hija cuando ella había cumplido un año. No he vuelto a convivir con nadie. No hay manera de que Stefy vea escenas de violencia doméstica…
    El setenta por ciento de las mujeres de este país ha sufrido violencia física, por lo menos una vez por parte de su pareja. Sin mencionar la violencia verbal y maltrato psicológico. No creeré que usted está en el treinta por ciento restante. No hay nada de qué avergonzarse. Se ve que nunca tuvo el valor de denunciarlo. La presión social dentro de un círculo como el suyo es fuerte Sra. Abellán. ¡Si usted no habla ahora, engrosará la estadística de femicidios! ¡Dios se ha manifestado a través de su hija, déjese salvar! Ni una menos dijimos en la marcha. Que no sea en vano. Cada treinta horas una mujer muere en el país por la violencia de género.
           –Cállese ya! ¿Cómo le hago entender que mi marido nunca me ha golpeado!
           –Por favor, baje la voz. Usted está acostumbrada a las situaciones violentas, pero aquí nadie la ataca. No necesita defenderse. ¡Adelante desahóguese! La veo llorar y no sabe lo bien que le hará.
    Me vi ante una batalla perdida, si mi Nena inventó una historia por la razón que fuese, nada podría probarlo. Nunca entendería la directora que de status solo me quedaba el nombre, que me dolía y avergonzaba reconocer que mi “ex” es un fracasado. Quería salir de ahí y olvidarme de ese episodio y de mi “ex”. ¡Miserable! No había marcas en mi cuerpo que demostraran el maltrato, pero deseé tener los moretones y cortaduras para acusar con pruebas tangibles al holgazán y vividor…
    Todo eso es subjetivo. Palabras que se dicen en un arranque de ira –me había dicho el abogado, cuando mencioné el maltrato psicológico–. No hay forma de comprobarlo Sra. Abellán. Coqueteos inocentes en redes sociales no significan infidelidad. Nadie va preso por no trabajar”.
    ¿Qué tal estoy? ¿Te gusta mi vestido nuevo, mi amor?
    Sí, el vestido es hermoso. ¡Lástima por la modelo! –Solo él se reía con sus bromas.
    ¡Qué linda tu esposa, parece artista de cine!
    La mona Chita también es artista de cine, padrino.
    –…
    ¡No puedo creer que cumplas treinta! ¡Te miro y no pasas de veinte!
    ¿Hablas de su edad mental?
    –…
    ¡Agradece que sigo contigo, gorda fea!
    –…
    ¿Volver a la Universidad? ¡A buscar macho ha de ser; la cabeza no te da!
    –…
    ¡La bebé llora de hambre!
    No tengo plata. ¿Qué quieres que haga? Si es tan urgente, por qué no sales de noche a sacudir la carterita.
    ¿!
    Seguía como si nada, embobado en la play y comiendo palomitas con Coca-Cola. ¡Las chicas grandes sí lloran! ¡No es verdad que cuando estás enamorada todo ayuda! ¡La acidez en la panza mató a las mariposas! Lejos estaban los tiempos cuando la vida se resolvía con chocolates. Roja de vergüenza pedí ayuda a mi familia. ¡Cara dura como es…! Alardeaba ante mi madre de holgazanear el día entero y vivir bajo su techo, sin pagar las cuentas. Yo guardaba silencio cada vez que llegaba una visita y lo encontraba en horarios de trabajo. Contaba historias de proyectos millonarios y consultorías para grandes franquicias transnacionales que lo mantenían ocupadísimo, trabajando desde casa, porque el nivel de vida de su mujer e hija exigía que tuviera sueldo de magnate. Me limitaba a sonreír y cambiaba de tema. ¡Ese día también habríamos de almorzar arroz con huevo…!
    Enfrenté demandas legales de créditos, que nos sacaban el hambre unos días y pretendían costear lujos que jamás podría tener y que nunca disfruté. Mi madre nos echó de casa para obligarlo a trabajar. Con la misma cara fuimos donde mi suegra. Yo ya lo veía como enemigo y le devolvía los insultos para apresurar la caída. Trabajé de moza para ganar el pan y no mirar la cara de su madre, que al encontrarnos discutiendo ya que él había tomado el dinero de los pañales, me llamó malagradecida y egoísta. ¿No sabía yo, que los matrimonios lo compartían todo y que la mujer no tenía nada que su marido no le diera?
    Ya veo que esa plata te la ganaste parada en una esquina –me dijo–. Solo para mover el culo sirves.
    Aquel día no solo hacía frío, también llovía. Sin miedo, salí con mi Nena en brazos. ¡No regresé a ver!
    Siguió el juicio de manutención. ¡Meses de trámites odiosos y trampas burocráticas! Cada papel que se demoraban en firmar era un día menos de comida para mi hija. ¡No valió esa pena, la misérrima cifra que recibe hoy! Todo lo llevé por dentro. ¡Me duele la sonrisa a tiempo completo!
    Él es libidinoso, fastidioso. Hasta hace poco me asechaba con morbo. Vanos eran los intentos por sacármelo de encima. ¡Seguía ahí! Después de haber escapado de mis contraataques, conseguía burlarme y me agredía de modo imperceptible, punzante, esa noche y las siguientes. ¡Es rápido y astuto, llega a donde otros no lo logran! Indefenso en apariencia, aprovechaba mis descuidos para llevarse lo que más aprecio: ¡mi esencia! Sin permiso tocó hasta mi último rincón.
    ¡Sé más comprensiva! No puedo pagar siempre las pensiones de Stefy. No me va bien. Tú has tenido suerte.
    ¿Suerte! ¡Yo sola, trabajo!
    Sra. Abellán, ahora que la veo calmarse, una vez más piense en mi pregunta: ¿Es mentira lo que dijo la Nena?
    Volví a mirar a la Directora y no respondí. El timbre del teléfono nos interrumpió.
    Es él. Dice que lo citaron por lo de la Nena.
    ¡Que pase!
    Entró con su porte elegante y facha de hombre de mundo. Nos iluminó su rostro de modelo y la misma sonrisa que me enamoró años atrás en la terraza del Swiss Hotel. Allí se sentaba a tomar café y pescar incautas. Ciega de una ira que nunca había sacado, me lancé con golpazos y patadas. Los reproches apenas se entendían. La Directora trató de separarnos. Él se defendía con torpeza. Me empujó contra un estante y terminé con un moretón que, junto con el informe de la Psicóloga y el testimonio de la Directora, consiguieron una pena para el macho castigador. Él lloró y suplicó. Alegó que le tendimos una trampa. Nadie le creyó.


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    INDIRA CÓRDOBA ALBERCA (Quito – Ecuador 1975). Reside en Argentina, en Corrientes Capital. Es autora de los libros de cuentos Diosas en el Fuego, El Ángel Editor 2007 (Ecuador) y Ruleta Rusa y otros Giros de Fortuna, Editorial I Rojo 2013 (Argentina). Tanto en Ecuador como en Argentina ha colaborado en la publicación de diarios y revistas. Imparte talleres literarios a diverso público. Su trabajo ha sido reconocido con premios, antologías y menciones en Ecuador, Argentina, México, Estados Unidos y España. 

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