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CUENTO Sivatha | Marcela Patricia Zárate Fernández


El otoño ha llegado desde hace tres semanas y la piscina se encuentra llena de hojas difuntas, hace apenas unos días mantenían sus colores rojos o amarillos pendidos de los árboles. Aunque son pocos, quizá seis, todavía se ven lotos que adornan las jardineras cerca del camino de piedras negras que conduce a esta finca. Esta casa de campo es un regalo de mi tía, ella no tuvo hijos y quiso dejarme amparada con un puñado de ladrillos y jardines que lo adornan.
            Estoy sentada frente a la ventana y pienso que ya no hay muchas familias como la mía. El abolengo de mis antepasados ha llegado hasta hoy. Esta genética burguesa provocó que yo tuviera las mismas enseñanzas que mis abuelas, tías y mi madre por esta razón permanecí por varios años estudiando en un colegio dirigido por las religiosas con quienes las mujeres de mi familia habían estudiado en su infancia y juventud. Esa institución era una tradición así que no hubo para mí otra opción más que ser parte de las pupilas de la congregación del Sagrado Corazón. Mis padres querían que yo mantuviera la fe católica pero sobre todo me educara para ser una digna representante de la familia además, ya llegada la edad, convertirme en una madre amorosa que continuaría las acciones de una buena samaritana. Y así fue, todo fue siguiendo su curso exactamente como lo habían planeado mis padres hasta que, a los dieciséis años, realicé mi primer viaje sin ellos.
            Mi tía me invitó a alejarme de mis zonas conocidas así que partimos a Camboya. Definitivamente ella querían hacer de mí una mujer de buena voluntad, igual que aquellas quienes aparecen en los periódicos de los eventos dedicados a la ayuda altruista. Cuando regresé al colegio, mis compañeras se mantenían en la niñez que yo recién había dejado en la calle Sivatha. El primer día de clases, después de los veranos de viajes, era normal que en el receso platicáramos de los acontecimientos que habían sucedido durante las vacaciones. Este año, la mayoría de mis compañeras fueron a Europa, sobre todo a Francia, porque sigue siendo una creencia que las mujeres de nuestro nivel social y económico no deben solamente saber lo elemental sino también tienen la obligación de cultivarse en ciertos conocimientos sobre arte e diferentes idiomas para de esta manera corresponder, a su debido tiempo, a las exigencias que tendrán como esposas de funcionarios públicos o empresarios. A mis padres no les interesaba en ese momento que yo me educara de esa manera, ya mi hermana mayor estaba casada con un miembro activo del partido político en el poder así que esta situación me dio la libertad de elegir viajes o situaciones alternativas. Me mantuve escuchando por unos minutos las aventuras de mis compañeras las cuales se enfocaban en tiendas y compras, cafeterías y restaurantes en donde se reunían a charlar con los hijos de intelectuales, diplomáticos o empresarios.
            Yo permanecí callada, únicamente oía y, al momento que yo debí externar mi opinión sobre el exotismo de un país que no era una diversión ni interés para mis amigas decidí centrar mi atención en los lugares típicos, sobre todo les describí el mercado nocturno de Siem Reap y el Angkor Wat. Evité hablar de la comida o cultura, no tenía ningún caso ahondar sobre estos temas que a mis interlocutoras tan poco les importaba, para ellas todo debía parecer salido de un aparador para poder disfrutarlo con todos los sentidos: olor, vista, tacto, oído y gusto, es decir oler y verse bien, consistencia perfecta, nombre y sabor europeo. Al paso de mi narración, no les mencioné que en el mes que estuve en Camboya de súbito comencé a contemplar cualquier elemento que estaba a mi alrededor, no entré en detalles aunque al paso de las semanas mis compañeras y las religiosas comenzaron a notar mis cambios. Definitivamente, ese viaje había ido más allá de lo ordinario, abrió mi curiosidad y mis sentidos, me otorgó lo que ahora he descubierto a partir de la lejanía y mi práctica del dibujo. Mis padres también fueron observando mi estado de alejamiento así que, por miedo a que estuviera metida en el New Age o drogas, inspeccionaron mi recámara centímetro por centímetro pero no encontraron nada, solamente había fotos de mi viaje y algunas artesanías que había comprado. La prefecta del colegio, sor Luz, les comentó a mis padres que posiblemente la experiencia entre pobres y desprotegidos había sido esclarecedor para mí así que, quizá, me encontraba perfilando mi vida para dedicarla al sacrificio y misión al servicio de los más necesitados. De inmediato mi familia se alegró por la noticia: una hija casada con un futuro diplomático y yo una religiosa buscando la salvación de todos. Dentro de la sociedad en la que vivimos no podían pedir nada más.   
            Pero la realidad era otra, así que desde mi regreso de Camboya decidí abocarme en la práctica del dibujo para poderme mantener al margen de lo que se estaba planeando de mi vida. Pasaba horas en el estudio que mi padre me acondicionó para mi nuevo pasatiempo ya que su única hija en casa merecía tener el espacio necesario para seguir con sus recién reconocidas vocaciones: la vida contemplativa y el arte. Me mantuve por un par de años así, salía de la escuela y el chofer me esperaba para llevarme a casa donde usualmente comía en la cocina en estado de inspiración. Después iba a mi estudio y, a media tarde, mi nana me llevaba el postre que sabe que me gusta: galletas adornadas con frutas secas que ella misma hacía. Cuando entraba al estudio, la Nana Isa se ponía a mi lado mientras yo realizaba modelos de dibujos y, a veces, yo no la tomaba en cuenta porque la vida contemplativa me tenía absorta y me perdía por horas recordando aquella presencia en la calle Sivatha. Era normal que, llegada la noche, comenzara a crear algo, o hablando exactamente, trataba de recrear lo que había visto cerca de Siem Reap. No quería olvidar aquel instante, sin embargo me resultaba imposible captar en mi sensibilidad ese momento, no podía expresarlo y más se adentraba en mí.
            Después de dos años, al terminar la preparatoria, decidí tomarme un año para pensar que iba a hacer después de mis estudios básicos. Fue un cambio drástico para las religiosas del colegio y para mis padres quienes estaban seguros que, terminando mis clases, iría a pedir su autorización para recluirme en el convento y tomar los hábitos para después disponerme a visitar países pobres y mantener la contemplación que me acercara más a Dios. Fue hasta ese momento cuando me di cuenta de que los años anteriores la gente a mi alrededor me había preparado un camino que, por alguna razón, yo no tenía ninguna intención de seguir. Nunca me sentí más alejada de los dictámenes religiosos que en esos años.
            Mi familia asumió esta decisión pero no estaban de acuerdo con ella. Tomé un par de maletas y el carro que mi padre me compró para que yo pudiera regresar a casa cuando lo necesitara. Un martes por la mañana me vine a la casa de campo que mi tía me regaló al graduarme, la Nana Isa me ha acompañado. Desde hace cuatro meses llegué y paso el mayor tiempo posible en la finca, salgo a caminar a los alrededores y solamente voy en carro a la tienda que se encuentra a 17 kilómetros de aquí, es un establecimiento muy elemental que vende los alimentos básicos para comidas sencillas. La Nana Isa le ha sabido sacar provecho y lleva la lista para comprar lo que más me gusta, todos los días me mantiene con un régimen alimenticio perfecto y sus postres no faltan en las tardes frente a mis bocetos. Yo sigo tratando de mejorar mi técnica de dibujo aunque la mayoría de las veces rompo lo que produzco, normalmente son malas reproducciones de los lotos que mi tía, como amante de ciertas culturas asiáticas, plantó en la jardinera que se encuentra cerca de la piscina.          
            En este lugar alejado de la ciudad, el otoño trae sonidos de viento que obliga a las hojas a desvanecerse entre algunas gotas de agua. La lluvia me ha dado otra razón para no salir de la casa y quedarme cerca de la ventana para no perder el estado de contemplación que me seduce a dormitar. Hoy, me he resistido a dejarme llevar por el sueño y me concentré en el agua que se va llevando a las hojas difuntas. Me encuentro pensado en mi familia, mi educación y el viaje a Camboya mientras las ventanas se encuentran llenas de gotas que se pegan al vidrio para después desplazarse a los vierteaguas. Es en este momento cuando aparece, entre lo muerto y la humedad, el cabello grueso y negro de la mujer que estaba afuera del Siem Reap y a quien perseguí varios minutos por la calle Sivatha. Desde que apareció delante de mí, me impresionó su escultural  tranquilidad de su rostro el cual se encontraba tenuemente iluminado por las luces neón de los negocios instalados en las avenidas. Recuerdo sus pasos cortos y sus delgados brazos además, en mi memoria, se va reconstruyendo con nitidez la imagen de cómo su vestido anaranjado se pegaba a sus piernas y sus senos, el bochorno del verano provocaba que el sudor surgiera por todo su cuerpo y las transparencias dejaban ver una silueta que yo deseaba tocar. Justo ahora que  el sonido de la lluvia intensa está golpeando las tejas del jardín y mis recuerdos, me voy despertando de mi letargo y la comienzo a dibujar. Me encuentro regresando a mí, a la persona que se había quedado instalada hace dos años en una calle saturada de gente en Camboya, me siento ansiosa por el cuerpo de la mujer, estoy seducida por la imagen que evoco de ella, sobre todo de sus límites que se perdieron en ráfagas de luces estridentes y los cientos de personas con quienes ella fluía sin dificultad. Mi estado de contemplación, en el cual estuve un par de años, está disminuyendo en el instante cuando dibujo la línea entre su vientre y su cuello.

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MARCELA PATRICIA ZÁRATE FERNÁNDEZ. Investigadora mexicana, profesora de español y escritora. Licenciada en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes (UAA). Doctora en Español y Portugués por la University of New Mexico (UNM) y Maestra en Literatura Hispánica por la University of Arizona (UOFA).
Sus líneas de investigación abarcan la literatura latinoamericana del siglo XX y XXI, especialmente la escritura de autoras, literatura de la migración, memoria y olvido en la literatura e historia latinoamericana, cine latinoamericano y estudios feministas. Autora de ensayo Mientras no llegue el olvido: escrituras sobre el exilio de Luis Enrique Délano, Tununa Mercado y Saúl Ibargoyen (Universidad Autónoma de Zacatecas / Ediciones y Gráficos Eón, 2016).

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