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    CUENTO A dos de tres | Edgar Tadeo Martínez Martínez



    —Anda pinche compadre, pasa el pirigüillo, no ves que hace harto frío, se me enfrían retiarto las manos, ándale no te hagas güey.
    —Aguanta la risa compita, estaba viendo las luces de la marquesina, la arena está a reventar, vamos a pasar a darle una miradita.
    —Niguas, yo no paso, ya no quiero acordarme….
    —Ayy compadre, ¿te acuerdas cuando estaban nuestros nombres ai merito, con esas lucesotas, te acuerdas?
    —Vamos a caminarle, que el frío me está matando, y no te acabes la cañita, que la noche será larga.
    —Ira compadre, ai abajo del puente está vacío, vamos a llegarle, no vaya a ser que nos ganen el lugar. ¿A poco no te acuerdas cuando debutamos?
    —Me acuerdo de todo compadre, nada se me ha olvidado, lo traigo presente siempre. Todavía huelo aquel aroma del camión de redilas que nos sirvió para cambiarnos, de nuestra ropa nuevecita, mi capa, nuestras máscaras, nuestras botas de medio uso que le compramos a don Chencho, el zapatero.
    —También cuando salimos del pueblo y de las arenas de las ferias y nos juímos a la capital; ayyyy, esa bonita arena coliseo donde nos subimos por primera con profesionales, contra el sádico y el malandro. ¡Cómo recuerdo ese día! Me temblaban tanto las patas que Blue Demon que iba pasando me dijo, “ora tú, no tiembles, telele”.
    —Ya compadré me estás haciendo llorar, ya no le sigas.
    —Aguántate compadre, tú empezastes.
    —¿Qué habrá sido de mi Herminia y mi chamaquita? Hace tanto que se fueron que ya no recuerdo sus rostros, este pinche pirigüillo que me ganó, siempre andaba en el agua y por eso se fueron, era bien desobligado compadre.
    —No te hagas maje compadre, se fueron porque te cacharon en la movida con la Leonora, la del salón “Los Ángeles”, esa fue la razón, además del chinchol claro.
    —Cierto, ya no sé ni lo que digo, pero qué linda era Leonorita, y que chulo bailaba, esas rumbas eran de antología, olía bien sabroso y de lo demás ya ni te digo compadre, ¿Te acuerdas que hasta el santito quería quitármela? ¿Y que nos dijimos hasta la despedida?
    —Si que me acuerdo compadre, y que también se nos rajó para un máscara contra máscara junto al gallo tapado… ¡Qué buenos tiempos caray, qué buenos tiempos! Ojalá pudiera regresarlo y así no agarraba este vicio que nos desgració toditos… chale compadre.
    —Ya ni llorar es bueno compadre, yo también quisiera regresarlo para ver a mi Herminia y a mi chamaquita, mi Chavelita, quisiera verlas una vez más. Pásame el trago compadre, que aparte del frío me están calando los recuerdos.
    —Arrímate más paca compadre, que está lloviendo y no nos vaigamos a mojar.
    —Qué recuerdos compadré, te acuerdas también cuando el matemático nos llevó a su gira a Japón, ¡qué pelea dimos contra el gran Hamada!
    —Ya mejor le paramos compadre, vamos a tratar de dormir que me duele todo el cuerpo.


    Esa noche, debajo de un puente vehicular en la ciudad de Zacatecas, José Vázquez Trinidad y Rómulo Ramírez Pérez que lucharon bajo los alias del “Predicador” y “Guillotina”, murieron. José “El predicador”, tenía varias enfermedades a la par de su alcoholismo y fue el primero en irse; Rómulo, al darse cuenta murió de tristeza.
    La vida de los luchadores estuvo ligada desde su nacimiento. Rómulo nació en Sombrerete, Zacatecas y un día después nació José, en Fresnillo. Ambos tuvieron complicaciones al nacer, esa fue su primera caída; la segunda, siendo gladiadores conocidos y famosos, a bordo de un Falcón 75 en la carretera a Acapulco, se accidentaron junto con dos vedettes; venían en estado de ebriedad. Con el cuerpo maltrecho y varias fracturas salvaron la vida de milagro.
    Isabel Vázquez Onofre “Chavelita” reconoció el cuerpo de su padre y de su amigo; ella era la que cada martes le deba al indigente y a su escudero 100 pesos para su pirigüillo como ellos le decían a la cañita; estuvo al pendiente lo más que pudo de su progenitor. Los sepultó a ambos en el panteón civil a cinco tumbas de su madre Herminia; nunca le dijo a José que era su hija por una promesa maternal. Chave, madre soltera, llevó a su hijo desde los 13 años, al gimnasio de la colonia para que aprendiera las artes del Pancracio, en parte porque en él siente el recuerdo de su padre.
    El día del entierro de ambos, José Jr., de 18 años, debutaba en el bando de los rudos en una arena de Tlaquepaque, Jalisco, bajo el mote del Reverendo. De mascara negra, con una gran cruz roja invertida en al frente, gano en dos caídas. Las reseñas de los diarios locales le auguraban buen futuro. El gladiador tiene madera de luchador, “su llaveo y juego de piernas son excelsas”, escribió el columnista y remató con la siguiente frase: “no sé por qué, pero este chamaco al volar de la tercera, me recuerda al Predicador, ojalá estemos ante la presencia de una estrella naciente”.

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    EDGAR TADEO MARTÍNEZ MARTÍNEZ. Es auditor de sistemas de gestión ISO, escritor aficionado y gran lector. 

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