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CUENTO Belcebú | Gerardo Ugalde


Era este verano el más caluroso y también el más seco. La poca agua que caía del cielo asfixiaba aún más el aire, lo calentaba, haciéndolo sentir para los pulmones pesado, cargado de polvo. El presidente del pueblo mandó a pedir una docena de pipas, necesitaban prepararse por si la sequía arreciaba. Con el incendio del tiradero municipal su administración comenzaba con el pie izquierdo, llevaban ya cinco días transportando la basura a comunidades vecinas. Lo peor fue vivir estos días bajo una ráfaga de fuego. Sin agua con la cual combatir el incendio, éste se prolongó por tres días, hasta que las llamas no tuvieron algo que quemar. Primero sólo llegaba a la periferia, donde casi nadie vivía, en su mayoría la gente le gustaba vivir cerca de la plaza. Don Hilario era de los pocos que habitaban junto a la carretera. Él fue quien avisó sobre el incendio. Al principio nadie le creyó, debido a que siempre estaba ebrio y además algo senil.
            Observando con odio las marcas sobre su pared, Don Hilario maldecía al mismo demonio, su casa de adobe fue víctima del fuego, aunque sin daños irreparables. Para el viejo era una tragedia, una señal de que la vida lo despreciaba como a un perro sarnoso. Dentro de su finca el clima era infernal, literalmente, ya que el calor ahí era el doble del exterior. A través de la ventana, la cual daba a la carretera, miró llegar a las pipas, dio un trago a la caguama y salió con gorra en mano para detener el convoy:
            -Aquí amigos, aquí los necesitamos, esa es la casa, comiencen a empaparla. Me estoy cocinando ahí, por favor, mójenla con ganas-
            El chofer de la pipa empezó a carcajearse, la visión del viejo y su pedido le parecían sumamente cómicos. Sin importarle continuó avanzando. Don Hilario los dejó pasar, atónito, iracundo, en su cuello el odio marcaba sus venas a tal grado que parecía derramaría su sangre por la boca, nariz, oídos y hasta por los ojos:
            -¡Hijos de su madre! Regresen cabrones, zánganos, mojen mi casa, refrésquenla. Maldita sea-
            A su llegada el conductor de la unidad refirió la anécdota a la gente, quien impaciente por el agua no prestó atención. El presidente contemplaba desde su oficina en el ayuntamiento, el ganado de seres humanos formados, con baldes y tambos, esperando surtirse. La doceava pipa no llegó a la plaza, entró por la parte de atrás del pueblo, tambaleándose por las piedras y hoyos sobre la superficie, vertiendo de vez en cuando el translucido líquido, diamantino al refractar los rayos del Sol. El hijo mayor del presidente abrió el portón del patio, la pipa entró de reversa, lentamente. Detrás de ella una piscina vacía, recién construida, esperaba a ser llenada. Reverberaciones eran emitidas por el concreto y los azulejos. Con la primera se escuchó como hervía, la superficie siseaba, igual que un gato cuando está enojado. El muchacho miraba todo el proceso excitado, con la única determinación de gozar el frío tacto del agua con su piel. Su padre le advirtió que toda la operación debía guardarse al máximo y así evitar suspicacias, sin embargo, el jovenzuelo no había hecho caso. El portón se mantuvo abierto. Frente a frente, el rapaz se miraba en los ojos de Don Hilario. Ebrio pero consciente de la realidad, no podía aceptar la imagen del camión arrojando agua en un agujero, donde zánganos-a toda la gente le gustaba llamarla de ese modo-introducirían sus existencias, mientras él se achicharraba en su pocilga. Cogió una piedra para arrojarla, pero el muchacho se le anticipó. La piedra que le arrojó a Don Hilario viajó en una parábola perfecta, terminando en la sien del borrachín. Gracias al poder de la embriaguez la pedrada no se sintió más que una pequeña palmada. Bañado en sangre, derrotado por las fuerzas del poder, no le quedaba más que regresar a su casa. Pero el recuerdo del calor ahí contenido le producía aberración. Comenzó a balbucear incoherencias, gritando de vez en cuando. Tanto el muchacho como el chofer de la pipa lo observaron, al verlo caer en tierra y chillar como hiena, ambos dieron rienda suelta a sus risas.
            Mientras en la plaza otro fuego había comenzado, entre la gente ahí reunida las pasiones ardían. Las pipas estaban vacías, el presidente se había acabado los recursos para construir su casa, pidió las pipas no para la gente, sino para los latifundistas, quienes lo sobornaron sabiendo que si las pedía al Estado, éste se las concedería sin ningún costo. Mandaron las pipas agotadas, junto con la excusa de que habían sido asaltados en el camino. Bajó de la presidencia el alcalde, cuando la gente empezó a alborotarse.
            -¡Gente, no se preocupen, mañana habrá agua, tendremos que sacrificarnos, sé que el calor está canijo, pero tenemos que tener fuerza!-
            Las moscas querían comerse a Don Hilario, lo cubrían de pies a cabeza, volando alrededor de él, mezclados zumbidos con gemidos de ebrio acalorado, la transformación en terrible monstruo de proporciones bíblicas era increíble. Conducido por el azaroso destino se hallaba a tres cuadras de la plaza, calles solitarias para su suerte, alguno que otro perro huyendo a su encuentro. Era conducido más por la memoria que por la vista. Intentaba combatir contra los seres que lo invadían, sin embargo, en vez de alejarlos estos sumaban más fuerzas al cadáver viviente. La sangre les sabía dulce a esas moscas, era un elixir divino, el cual les prolongaría la duración unos cuantos minutos adicionales. Tanta era la vibración en la mente de Don Hilario, que dejó de sentir su cuerpo.
Salió de una calle directamente al atrio de la iglesia. Al ver la estructura sagrada, el hombre se colocó de rodillas, rebajándose a bicho, esperando el perdón de Dios. Sus rodillas resistían estoicamente el dolor, punzada tras punzada, los choques eléctricos amainaban con cada metro que se acercara al recinto. Dentro de la nave, su piel se refresco por la cantera, automáticamente la boca emitió una letanía perfecta para la situación.
-¡Aléjame de este infierno Dios mío! ¡Aléjame de este infierno Dios mío! ¡Aléjame de este infierno Dios mío! ¡Aléjame de este infierno Dios mío!-
Pero la respuesta de Jesucristo no llegaba a Don Hilario, quien había recuperado toda su capacidad intelectual. Observaba al crucificado en su máxima expresión. Dolor puro, pero falso, irreal, ridículo. Las moscas picaban la piel del viejo. Éste gritó desgarrando el viento.
-¡Contéstame cabrón! ¡Dime que me alejaras de este infierno!-
Desde su oficina el señor cura escuchó los rugidos de Hilario, corrió pensando que el borracho iba a hacer algún destrozo, mientras llegaba al sagrario a través de un pasadizo, los gritos del borracho se intensificaban. En ellos una ira reprimida emergía con determinación, pareciera que quería destruir no sólo el templo, sino todo lo que existiera alrededor. Antes de visualizarlo el padre escuchó los zumbidos, estos penetraban sus tímpanos, originando temblores en todo su cuerpo.
-Belcebú, Belcebú ha poseído al borracho de Hilario, Padre Santo, ayúdame-el cura, estupefacto, creyéndose presa de una alucinación, contemplaba petrificado la imagen del aquel hombre cubierto de impertinentes moscas. Los zumbidos habían alcanzado los decibeles adecuados para enloquecer al párroco. La luz de la salida, creyendo él, que la mano de Dios lo acogía, corrió hacia la salida. Un hombre viejo ya, con un corazón enfermo, las explicaciones teológicas quedaban cortas en este momento.
-Belcebú, Belcebú- gritaba el padre, llamando la atención de la gente reunida en la plaza, esperando respuestas del gobierno o de Dios. Logró entablar contacto con la gente, sin embargo, al tocar la mano de una anciana, feligrés suyo, un fulminante ataque al cerebro mató al hombre de Dios. La gente rodeó al muerto. Desconcertados por la escena, no prestaron atención a la espectral figura dirigiéndose hacia ellos. La anciana que había tocado la mano del padre sintió un cosquilleo en la nuca. Vio al monstruo venir.
-¡El diablo!-
Sobre todos ellos una bola de oro era colocada en el punto más alto. Más que humanos los que ahí estaban reunidos, eran sudor y huesos, vida y destino. Belcebú con ellos, presentándoseles cómo una advertencia indescifrable, símbolo de putrefacción, lascivia viva, caminando hacia ellos con voluptuoso paso.
Detrás de aquel despojo de Satanás, un hombre con una varilla de acero buscaba el valor para matar a la criatura. De una bocacalle se presentaba el hijo del presidente, ante la escena puesta a sus ojos, todo tenía explicación, pero su esófago se cerró abruptamente, impidiendo detener el holocausto.
Tras la varilla que mataba a Don Hilario, una tempestad humana se avecinaba. Los insectos abandonaron al ebrio. Tal vez por el calor y la deshidratación nadie se percató de que a quien destazaban era un ser humano. Tal vez cara a cara lo vislumbraron. Mas la sed de sangre y justicia decidió beber de aquel chivo expiatorio. Brazos volando por el aire. Piernas yacían en el suelo. Patadas al tórax. Carne incrustada en las uñas de manos de hombre y mujeres sedientos, obsesos, enajenados, encabronados. Hombre y mujeres expiando sus pecados, pecados inventados por una moral obtusa y una ley falta de proporción. Una vez terminado la orgia, la gente reunida ahí volvía a sus casas. Olvidando por completo la razón de su estancia en aquella plaza.
El hijo del presidente se acercó a los restos inhumanos del borracho. Era imposible de ver a simple vista, que lo que yacía en la plancha del centro, era un ser humano. Él lo sabía, pero su miedo, natural y justificable descartó todo recuerdo relacionado con el suceso. Una pesadilla. Una mala broma. Un acto de la atroz existencia humana.
Gotas gordas de lluvia rebotaban en el suelo del pueblo. Del norte y del este, nubes grises volaban hacían los cultivos. Agua. Agua. Agua. Las manchas de sangre serían lavadas por la lluvia, regalo de la suerte.
Un perro se acercó a uno de los charcos de sangre y comenzó a alimentarse. Su pelaje ya desprendía el aroma de la humedad. Todo había sido un mal sueño.

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GERARDO UGALDE. Escritor fantasma. 1989. Zapopan, Jalisco.

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