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TEXTOS CARDINALES 1953 | Elias Canetti


Una horrible sensación de paz nos invade conforme vemos caer cada vez más gente en torno a nosotros. Nos volvemos completamente pasivos, y ya no devolvemos el golpe. Nos convertimos en pacifistas de la guerra contra la muerte y le ofrecemos la otra mejilla y a la primera persona que aparezca. De esto, de este agotamiento y debilidad, extraen su capital las religiones. 
Uno que se convierte en asesino de masas porque una enfermedad a consecuencia de la cual murió la persona a la que más quería se vuelve curable poco tiempo después de esa muerte. 
Imagínate que a todos les han quitado, como a ti, las ilusiones, que nadie barrunta ningún Más Allá, que todo se acaba para todos en el momento de la muerte, y que aquí, en todas partes y para siempre, los hombres se han vuelto de este mundo – ¿qué cambiaría exactamente en su vida en común? ¿Serían menos o más emprendedores? ¿Más astutos? ¿Más herméticos? ¿Les bastaría con ocultar sus maldades hasta el último momento, aun sabiendo que luego, de un solo golpe, serán despojados de todo? ¿O bien el recuerdo que dejen detrás de sí ocuparía por completo el lugar de la vida ulterior? No creo que se pueda decidir esto con precisión, porque los residuos de credulidad que permanecen en cada uno de nosotros contribuyen a formar una opinión a este respecto; pero sí puedo imaginarme que el placer de hacer el bien se transforme, en uno de esos incrédulos, en una verdadera pasión, como si él mismo representase a una potencia suprema e iluminada y todo lo que de ésta puede esperarse. 
¿Será posible que su muerte me haya curado de los celos? Me he vuelto más tolerante con las personas a las que quiero. Las vigilo menos. Les concedo gustoso su libertad. Pienso para mí: haced esto, haced aquello, haced lo que os divierta, siempre que viváis; haced, si es necesario, todo lo posible contra mí, ofendedme, engañadme, ponedme a un lado, odiadme – yo no espero nada, no quiero nada, tan sólo una cosa: que viváis. 
La parálisis entre muerte y muerte: ninguna palabra libre entre medio, ningún paso libre. La parálisis más grave, esa esperanza sin esperanza de que a pesar de todo la supere.
¡Oh, la comodidad de los creyentes que pueden disiparlo todo, que pueden consolarse con la idea de un reencuentro que no les será concedido nunca! ¡Lo que daría uno por vivir en ese mundo tranquilo y virtuoso en el que los muertos sólo se han ido de viaje! En el que basta con llamar adecuadamente para verlos y oírlos, al menos por un breve tiempo, antes de llegar del todo a ellos. En el que se pueden enfadar con nosotros y conseguir así que los calmemos; en el que pasan frío, hambre y sed y se preocupan por los deudos. Mi anhelo de ese mundo de la fe es a veces tan intenso que no soy capaz de concebir otra idea. Veo entonces las sombras de Odiseo y deseo que las mías se encuentren entre ellas. Dibujo su imagen en el vacío y una hábil voz dice en ese preciso instante: ¡Cree, y las tendrás cuando quieras! Pero es esta voz la que me hace entrar en razón. No puedo comprar a mis muertos. No puedo permitir a nadie que negocie entre ellos y yo. Si están cautivos, que me lo hagan saber, y yo pondré todo mi empeño en liberarlos. Si están rendidos, todavía me queda tiempo para dejarme llevar por esa misma terrible rendición/sumisión, y el plazo que tengo hasta entonces, el plazo de la rebelión, es lo más valioso que poseo. Si no están en ninguna parte, no quiero ninguna ilusión engañosa en torno a ellos, allí acaban para mí todas las mentiras y todas las ficciones, allí, y sólo allí, quiero la verdad más pura.
Vacío en un local que hace unos momentos estaba lleno. Los niños han desaparecido, sus voces han enmudecido. La fuerza repentina del reloj. Las dos camareras que ahora acceden al poder; ya nadie les da órdenes, ellas han salido vencedoras. Todo vacío de este tipo es tranquilizador y triste a la vez; como si uno ocupara un sitio en el que la muerte no lo alcanza; como si ella hubiera alcanzado a todos los demás.
Su letra, que es cada vez más valiosa cuanto menos legible; que alcanza el valor máximo cuando ya no significa nada en absoluto. El miedo a que se borre en el bolsillo. ¿Cuándo empieza algo a ser reliquia? ¿Cuándo temblamos por el objeto más insignificante por el mero hecho de que un ser querido lo tuviera en su mano? ¿Cuándo comenzamos a cuidarlo como lo mejor por lo que uno pueda vivir, esto es, como a los propios vivos? No sé lo que se desplaza en ese momento; lo que hemos de experimentar una y otra vez para tomárnoslo en serio; lo que sólo podemos experimentar como algo singular; lo que no se aprende nunca porque nunca se puede reconocer. Incluso en el objeto que podría quedar le estamos diciendo a la muerte: ¡no, no! ¡Pero qué le importa a la muerte una vez que ha conseguido su triunfo máximo, una vez que nos ha obligado a trasladar a un simple objeto el amor por la persona que hemos perdido! Nunca sabremos si existe una intención detrás de aquello que llamamos muerte; pero, si existe, sólo puede ser la siguiente: rebajar y degradar lo vivo a mero objeto fútil, a una huella que no es ni una millonésima parte de lo que habría podido ser el viviente.

Un moribundo inmortal... ¿Qué si no es Jesucristo?

El fallecido nos arranca de todos los vivientes, con tanto más intensidad cuanto más cercano es a nosotros. No aguantamos las actitudes desbordantes de los vivos, las poses que adoptan y que contraponen a la impotencia y al desamparo del fallecido, que no nos abandonan nunca. Hay una injusticia bárbara en el hecho de que los vivos asuman la herencia y pisoteen al muerto. Nos ponemos del lado de los caídos y despreciamos a los vencedores. Es tan fácil desear la muerte a alguien y tan difícil mantener a alguien con vida. El sentimiento cargado de parcialidad por el fallecido se torna tan fuerte que todos los demás que participaban de la misma carrera se encogen por el mero hecho de seguir con vida; y olvidamos que cada uno de ellos, si hubiera sido el primero en perder la carrera, habría cobrado la misma importancia para nosotros.

Tomado de El libro contra la muerte (Editorial Galaxia Gutenberg, 2017).

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ELIAS CANETTI (Ruscuc, hoy Ruse, Bulgaria, 1905-Zurich, 1994). Escritor búlgaro en lengua alemana. De origen sefardita, pasó su infancia y su juventud en diversas ciudades europeas. En Berlín entró en contacto con las vanguardias literarias y escribió su primera y única novela, Auto de fe (1935), parábola sobre la oposición entre la cultura de masas y la dignidad individual. Enlazando con esta preocupación, el clima creciente de totalitarismo se tradujo en una serie de obras teatrales centradas en el abuso de poder y sus consecuencias sobre el individuo. Alcanzó la celebridad a partir de 1960, año de la publicación del ensayo antropológico Masa y poder, en el que se manifiesta contrario a las teorías freudianas sobre la psicología de masas. También alcanzaron un gran éxito sus memorias, sobre todo el primero de sus tres volúmenes, titulado La lengua absuelta (1977). En el año 1981 fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura.

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