Hay diferentes tipos de nostalgias, pero casi todas están detonadas por un sonido, un olor, un pequeño momento, una imagen. Un día puedes salir del gimnasio, subirte al automóvil, prender el radio y ¡ahí está!, la canción que te trae un recuerdo específico, que pone una sonrisa en ti, que comienza como una dulce tristeza y evoluciona de un semáforo al otro, hasta llenarte de esa sensación de que lo vivido ha valido la pena.


Las batallas en el desierto (1981), forma parte de esas nostalgias. Escrita por José Emilio Pacheco (Ciudad de México, 1939), se publicó primero en el suplemento Sábado del periódico unomásuno, en 1980. Es una lectura que llamo “de kit completo”: la novela, la canción (Las batallas,1987, Enrique Rangel) y la película (Mariana, Mariana, 1987, Alberto Issac).
        Catalogada como novela de iniciación, nos cuenta que hubo un tiempo y un lugar en que enamorarse a los ocho o trece años no era trágico, ni siquiera si el objeto de tu amor era una mujer mayor, madre de alguno de tus compañeros de la escuela. No había demandas, ni eras expulsado de la sociedad y vuelto un paria, asesino serial o cualquier cosa que volviera tu vida miserable.
        Sí, la familia lo volvía todo un drama que terminaba en cuanto se le hacía ver al chamaco en cuestión lo absurdo de su pasión, había llanto por parte de la madre, de alguna tía, tal vez amenazas del abuelo o del padre, aplausos del hermano mayor, burlas en todo el colegio y, en fin, todo lo que implicaba crecer en una familia de clase media mexicana.
Hay lectores que la ven como una novela política, puesto que vemos la corrupción que existe desde siempre en el gobierno. Para otros, es una novela de fantasmas, de seres que se vuelven inencontrables. Eso es lo que hace grande a esta novela corta: la multiplicidad de lecturas.
        El texto atrapa desde el principio, todos somos Carlos y esta necesidad de comernos el mundo, de empaparnos del mundo adulto que antes nos estuvo, no solo oculto, sino prohibido la mayor parte del tiempo. De niño se tenía que fingir que no escuchabas lo que decían en la mesa “los grandes”, no opinar, no saber de qué se trataba para no ser impertinente. Pero por supuesto que todo se absorbe, se va uno haciendo una idea de lo que pasa, una opinión al respecto. Y una independencia de las creencias familiares.
        Carlos hace lo que le dicta el corazón. Su tránsito por el mundo no es mudo ni pasivo. Logra que Mariana, la mujer de quién está enamorado, le regale un beso, y con eso todo se transforma. ¿Quién no hubiera querido besar a ese amor imposible de la infancia? Esta es una novela que tuvo mucho éxito entre la juventud hasta principios del dos mil. No sé qué pensarán de ella los que están viviendo la adolescencia en este momento ¿ingenua?, ¿antigua? Aunque los anhelos deben ser los mismos: independencia, amor, valor. A la manera de los caballeros andantes, de los mosqueteros, de los aventureros que conquistaron el mar para llegar a las islas anheladas. Eso es lo que representa Las batallas en el desierto: la juventud. Y no hablo de edad, por supuesto, hablo de esta juventud del ser que te mueve a realizar sueños.
        Las batallas en el desierto cautiva por su retrato de una infancia que ya no puede ser más. A pesar de que la novela está ambientada en los cuarenta, mi infancia tuvo mucho en común con la de Carlos. Existía el mismo asombro por el otro, el extranjero, el diferente. Existían los prejuicios de las llamadas “familias bien”, que no se dolían por lo que sucedía en el país, sino por lo que pasaba en el extranjero. Las tías seguían creyendo que los malos eran los comunistas, los greñudos eran peligrosos. Según las monjas, no debía juntarse uno con gente más morena, pobre o fea.
        Años después, me sigue entusiasmando la lectura de esas treinta y tantas páginas, y su premisa “el amor es una enfermedad en un mundo en que lo único natural es el odio”, nunca ha sido más actual que en nuestros tiempos, donde se censuran manifestaciones de amor, pero se distribuyen sin control imágenes de muerte, destrucción, sangre, violencia y dolor.


TERESA MUÑOZ. Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, entre otros. Trabajó con Abraham Oceransky en 1994 en gira por el Estado de Veracruz con La maravillosa historia de Chiquito Pingüica. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014. Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura, gramática, traducción, interpretación, inglés y francés. Escritora y directora de monólogos teatrales. Coordinadora de Literatura y Artes Escénicas de la Biblioteca José Santos Valdés de Gómez Palacio, Dgo.