La semana pasada en casa de mi mamá hubo repartición de libros, o al menos yo salí con varios ejemplares adquiridos por mí en algún momento infantil, que fueron quedándose en la casa materna hasta que el librero cedió al peso y mi madre decidió que ya no podía tener libros ajenos.

            Nos sentamos en el piso a revisar títulos y la plática se fue en recuerdos (“esta novela la leímos en Minatitlán”), en dudas (“¿quién es fulano y por qué tenemos un libro con su nombre?”), en nostalgia (“recuerdo que me gustaba mucho este autor, pero ahora se me hace de lo más aburrido”), en sorpresa (“no sabía que teníamos esta antología”).


Entre los ejemplares había uno que no me traje por no ser mío, y cuyo autor es el que da motivo a este texto Las aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain (1835, Missouri). No quiero entretenerme mucho hablando de su verdadero nombre y su trabajo dentro del periodismo, sino de estas lecturas que hice de niña, y que a la fecha siguen pareciendo extraordinarias, no solo a mí, sino a niños y adultos, grandes y nuevos o nulos lectores.
            Es muy raro aquél que fue niño al mismo tiempo que yo y no leyó Las aventuras de Tom Sawyer, Las aventuras de Huckleberry Finn o El príncipe y el mendigo. Todas consideradas en cierto momento lecturas aptas para chicos de la escuela primaria. Empatizamos con la libertad de los personajes; pero también calmamos la necesidad de ríos, bosques e islas inexploradas a donde huir de los intentos por civilizarnos a que nos sometían la escuela, las tías, la sociedad en general.


Teníamos en común con Tom la semi desnudez, los pies descalzos, el verano largo que ya no conocen los niños de ahora (gracias a las reformas del calendario escolar); nos hermanaban esos tiempos dorados cuando salíamos de casa desde temprano buscando renacuajos, conejos, perros, bebíamos agua de cualquier llave y regresábamos muy tarde con los pantalones llenos de tierra y las bolsas repletas de tesoros.
            Los personajes de Twain son extravagantes, silvestres, en ocasiones ingenuos, moviéndose en situaciones donde impera el humor, una de las principales características de la escritura de Mark Twain.
            Un humor que no impide reconocer la lucha vital en sus narraciones: pleitos, robos, esclavitud, secuestros, muertes violentas, crueldad deliberada, enamoramientos infantiles no correspondidos, injusticia y mucha violencia de la llamada hoy “intrafamiliar” disfrazada en las novelas de disciplina y buenas costumbres. Es posible decir que todo este realismo presentado en dos de sus obras más leídas (Tom y Huck) solo podía sobrevivir a través del humor que no es chiste, sino una manera más profunda, llena de ironía ante lo que se estaba constituyendo como la sociedad norteamericana.
            Twain es considerado por algunos críticos e incluso escritores a los que influenció como el padre de la narrativa estadounidense contemporánea, al contar situaciones norteamericanas, situadas en el Mississippi, río en el que converge lo que se conoce como “el sur profundo” esta parte estadounidense que se separa de su fundación europea dando identidad y pertenencia a personajes y habitantes.
            Tanto en Las aventuras de Tom Sawyer como en Las aventuras de Huckleberry Finn se relata la vida campirana, la esclavitud como algo cotidiano, la pobreza que no es miseria y la necesidad de aventurarse y dejar las normas correctas y apropiadas, heredadas de rancios antepasados europeos, ya desgastados. Al mismo tiempo, las dos historias, representan una última ojeada a la vida ingenua, donde la violencia es inherente, donde lo terrible del día a día no se aprecia sino hasta el final de este, pero solo para olvidarlo al amanecer y continuar escapando a través de mil aventuras diferentes.
            Eso último es uno de los defectos de sus novelas, según algunos críticos: el vivir día a día aventuras diferentes, como diversos empleos tuvo el autor; sin concretar una idea filosófica, sin exclamar una enseñanza moral, un pensamiento oscuro que nos haga dudar de la infancia como una época feliz, libre de la culpa adulta, del interés lúbrico de la doble moral.
            Pero Twain no pretendió moralizar ni educar a través de sus escritos, y así nos lo hace saber en el prólogo a Tom Sawyer. Todo es juego, incluyendo el lenguaje que crea y recrea la historia. Un lenguaje lleno de juegos de palabras, un dialecto inventado, personajes que hablan como a carcajadas y muchas palabras nuevas. Un autor difícil de traducir, pero fácil de apreciar en su juego con la realidad, con el lenguaje infantil, con la riqueza de lo no escrito pero dicho a través de las acciones, absurdas como casi todas las acciones infantiles; inolvidables, como el episodio de Tom pintando la barda, primero como un castigo, después volviéndolo un momento tan importante que todo mundo quiere participar, e incluso le regalan mil y un tesoros para que “su infinita bondad” los deje terminar de pintar la barda.
            Viajero de dos continentes, Mark Twain adquirió anécdotas con las que construyó sus más de 500 narraciones.
            Un escritor que nació con el cometa Halley, y decidió irse con él.



TERESA MUÑOZ. Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, entre otros. Trabajó con Abraham Oceransky en 1994 en gira por el Estado de Veracruz con La maravillosa historia de Chiquito Pingüica. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014. Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura, gramática, traducción, interpretación, inglés y francés. Escritora y directora de monólogos teatrales. Coordinadora de Literatura y Artes Escénicas de la Biblioteca José Santos Valdés de Gómez Palacio, Dgo.