Estas parado en la esquina de la calle Bravo, te miro y sonrío al acercarme a ti, me detengo en tu mejilla y miro hacia otro lado, no quiero que escuches mis latidos y toco mi corazón porque siento que se escapa ¿Cómo crees que suceda eso? Quizá marchará aprisa porque sabe que le persiguen tus ojos que le están iluminando con su mirada y te pregunto a dónde vas.
        Sentía que podría encontrarte, pero no pensé que todo fuera tan a deshoras. Es lunes y mis manos tiemblan porque de lunes a sábado los días son para ti y para mi desde las 7:40 de la mañana. El olor del café entra por mi nariz como ha entrado tu piel por el costado de mi cuerpo.
        Sé que me miras mientras gastas palabras de cine y futbol. Yo te armo y desarmo atenta como juego de Lego, te formo de mil maneras y te guardo en las imágenes de 24 por segundo de mis ojos. Me cuentas de los juegos con tu hermana cuando niños y de tu abuela que tanto querías. Quiero prepararte un arroz de colores mientras escondes tu identidad secreta de superhéroe bajo tu capa invisible. A mí me gusta acompañarlo con plátano y besos, sé que la fruta no la comerás con arroz, puedes hacerla a un lado, pero los besos son el ingrediente principal de la receta.     
        Llevo en mis manos a Kyoichi Katayama me hace imaginarte bajo los cerezos, quiero ser Aki, quiero que me quieras como a tus discos de música en inglés mientras los dos miramos un punto fijo de la avenida, recordando tus palabras sueltas de aquella madrugada de octubre.
        Siempre quise que me vieras, sentarme a tu lado en la banca escolar o que leyeras un texto mío que te pareciera interesante, en realidad quería que supieras que perdida como en Tokio sabía que te encontraría para bailar desnudos en una tarde cualquiera, quería sentirte a mi lado soñando ser esta ciudad que te respira cotidianamente. Sí, eso quería. Que tus dedos fueran los que dibujan mis ojos grandes o el tatuaje de mi espalda.
        Pero tú no lo imaginabas.
        No eran tus botas cafés, ni las canciones de Clapton. No eran las tardes de lluvia ni la nave espacial. No eran las soledades del domingo, ni los chocolates sin terminar. No eran las películas de terror, ni las miradas de tu novia lo que me hacían pensarte tanto.
        Han transcurrido pocos segundos desde que estas en esta esquina, todo es real, como las palomas que vuelan en desbandada como huyendo del conejo del tiempo, tan verdadero como el país de Jauja que guardo en mi bolsa, como tus silencios cambiando el meridiano de Greenwich.
        Si me dijeras a dónde vas, será preciso decirme también de qué lado duermes o cómo vistes en la boda de tu mejor amigo, me dirás si prefieres que te tome de la mano o te invite a caminar descalzos en la playa para buscar conchitas. Te pediré que enumeres las cinco cosas que recuerdas de niño y yo te miraré asombrada porque te contemplaré a través de tus dientes.
        Si me dijeras a dónde vas guardaría tus palabras en un recipiente hermético para que no se escaparan, acomodaría las palabras destino y tiempo para que se atravesara el tuyo y el mío. Te mantendría a mi lado cuando suene el despertador a las seis de la mañana y no tendría por qué imaginarte en cada esquina de esta ciudad toda la vida, ni buscar recetas mágicas para qué tus ojos se topen con los míos, ni conducir cohetes en medio de la nada, ni recetar a enfermos de destiempo ni a locos de risa. Te miraría despertar y sabría que ha nacido otra vez el mundo, con sus tierras y sus aguas.
        Te examinaría sí, con mucha cautela, porque recorrería con mi lengua el lugar preciso para decirte que te amo, quitaría las sábanas para saberte pleno y acompasado como música de Cohen. Construiría en tu costado un cobertizo para los miedos y los desamparos, correría a él cuando se acabara el día o se llenara una hoja de blanco.
        Te llevaría a jugar con los perros y nunca invitaría a los gatos, te juro que ellos sí son extraterrestres, mira que sigilosos se mueven entre las azoteas. Conocería tus chistes y gastaría tus manos al frotar mis ojos para saberme despierta de todo el caos.
        Si tan sólo me dijeras a dónde vas te daría una beca para reír todos los días, resituaría el orden del universo para que los días fueran más extensos y así tú pudieras capturar más imágenes en cada paso que diéramos. Te pondría mis labios en tus manos y los empeñaría sin esperar a refrendo. Si tan sólo me dijeras a dónde vas, sabrías que mi boca no diría jamás a otro te amo. Todas estas cosas si tú me dijeras a dónde vas.

Foto de Miguel Á. Padriñán en Pexels

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