Quien no sabe mostrarse cortés, va al encuentro de los castigos de la soberbia. Fedro

No se puede tener todo en la vida, eso lo sé; confieso que no soy una persona que sustente su filosofía en la adquisición de dinero, comprendo que uno trabaja porque debe cubrir necesidades básicas, así que siempre –o casi siempre- acudo con un espíritu positivo al trabajo. Estudié literatura y puedo decir que no me arrepiento por nada, me gusta el área y me ha permitido compartir en aula de clases o alguna oficina pública, y sí, estoy feliz de ser profesora, así, sin grados ni títulos. Todo el día corro de un lado a otro, eso de no andar en un grupo político o callar la boca ante una injusticia o cuando yo disiento me ha impedido formalizar en un solo espacio.
       De nada me lamento, al contrario, porque en cada espacio de trabajo he aprendido y reconocido a otros seres humanos, llevo por consigna “no hacer lo que no quiero que me hagan” pienso al mil en el Manual de Carreño o en los consejos de mi madre: saludar, sonreír, atender con cordialidad, ser solidaria, cumplir con lo asignado y tener claro que el centro laboral es un recinto de colaboración de equipos. Hoy algo se ha movido en mi interior, soy honesta, no por las clases, pero cuando despierto me imagino ese escenario kafkiano y conforme mis pies andan, algo pegajoso y desagradable, penetra en mí.

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos. « ¿Qué me ha ocurrido?», pensó. [1]

¿Han sentido algo de mala vibra cuando llegan a un espacio? Creo que yo muy pocas veces, la cortesía para con los otros puede ser mal comprendida, pero si lo que has llevado a cabo no es suficiente uno debe buscar en el interior y clarificar los pensamientos para fomentar un ambiente de trabajo sano; pero ¿qué sucede cuando lo que tienes que hacer es asentir a todo, permitir que haya faltas de respeto o que se pierda la dignidad para que todos te traten bien? Sí, ya sé, yo tengo la respuesta.

Debe ser magnífico trabajar siempre con caras nuevas, hablar libremente con un tipo que hoy llega, pide un café… la gente es formidable, entretenida, potencial. Debe ser fabuloso trabajar con la gente en vez de trabajar con números, con libros, con planillas. Aunque yo viajara, aunque me fuera de aquí y tuviera oportunidad de sorprenderme con paisajes, monumentos, caminos, obras de arte, nada me fascinaría tanto como la gente, como ver pasar a la gente y escudriñar sus rosarios, reconocer aquí y allá gestos de felicidad y de amargura, ver cómo se precipitan hacia sus destinos, en insaciada turbulencia, con espléndido apuro, y darme cuenta de cómo avanzan, inconscientes de su brevedad, de su insignificancia, de su vida sin reservas, sin sentirse jamás acorralados, sin admitir que están acorralados. [2]

Sé que nada se pierde siendo cortés, los diminutos apoyos, las civilidades o las deferencias efectuadas de manera cotidiana en mi entorno social me permitirán actitudes consideradas y un espíritu libre de malestar; sabio Cicerón, difícil es decir cuánto concilia los ánimos humanos la cortesía y la afabilidad al hablar; dame la templanza para comprender que un ánimo grande se eleva ante la ofensa, de la injusticia y del daño.


Recomendamos:
  • Melville, Herman. Bartleby, el escribiente. Madrid, Nórdica Libros, 2005.
  • Vicens, Josefina. El libro vacío / Los años falsos. México, FCE, 2006.

[1] Kafka, Franz. La metamorfosis. España, Alianza, 1998.
[2] Benedetti, Mario. La Tregua. España, Alianza, 2006.. 

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