Llegaron una mañana de mayo como a eso de las once y media. Los escasos muebles que llevaban iban todos empalmados en la parte de atrás de una destartalada camioneta. Creo que era gris, tal vez se veía de ese color porque es el que usan los carroceros para fondear y corregir los detalles de los vehículos antes de pintarlos. Yo estaba asomada a la ventana de la salita, la que daba a la calle, sentía curiosidad por los que serían nuestros nuevos vecinos. Estaba yo chica, si mucho tendría quince años, pero en ese entonces me sentía ya muy grande y empezaba a rezongar y retobarle a mi madre cuando me pedía ir a la tienda a hacer mandados. Por eso atestigüé el esfuerzo tozudo y supremo que hizo la camionetita para subir la loma empinada en que estaban construidas las flamantes casas, repetidas como feos clones uniformados a lo largo de la calle por ambos lados. Todas eran de ladrillo entre marrón y naranja. Las mismas dos ventanas abajo, una a cada lado de la puerta del frente, dos ventanas cuadradas más en la parte de arriba. Las casitas eran de dos plantas, misma fachada, mismo color, misma distribución, mismo material. Eran réplicas exactas donde lo distinto llegaría con la presencia de los nuevos dueños. Ilusionados, llenos de entusiasmo y de energía para poder descargar los muebles de las camionetas y subir los dos o tres escalones empinados que estaban junto a la puerta principal.
       Después de atronadores pujidos de la troca al subir, lanzando pequeños y ruidosos petardos olorosos a humo denso y azulado, por fin pudo descansar junto a la banqueta de la casa que quedaba enseguida, a la derecha de donde yo vivía. Mi actividad de mirona continuaba, no eran los muebles lo que me interesaban, eran escasos y más bien se veían un poco viejos, no, lo que acaparaba mi atención eran los nuevos vecinos. En un primer momento no supe quiénes serían los que vivirían en la casa de al lado. Del asiento del copiloto bajó un hombre joven, delgado, moreno y alto, con facciones agradables, a mí me pareció casi guapo. Entre él y el sujeto que conducía la camioneta metieron los muebles a la casa, creo que era una estufa, una cama, una mesa de madera con cuatro sillas, un boiler, y cajas grandes de cartón con varias cosas dentro, supongo, porque para levantarlas lo tenían que hacer entre los dos. En medio de los hombres iba una muchacha, para mí ya era mayor, después de todo yo solo tenía quince años. Intenté calcular su edad y sin más deduje que tendría entre veinticinco y treinta años. Me fijé bien desde mi inmejorable puesto de observación que era muy bella, su piel era blanca y el cabello lo tenía café clarito, era casi tan alta como el hombre joven. Solo que ella tenía los ojos verdes. Mientras espiaba pensé que serían recién casados.
       Debo haberme descuidado un momento porque de repente no supe de donde apareció una señora mayor, como de cincuenta y tantos años, tenía la piel oscura y el cabello canoso, un tanto descuidado, recogido con una liga, esto le daba un aspecto de desamparo y abandono o quizá fuera la tristeza en su mirada. El joven moreno se acercó a ella y le pasó el brazo por los hombros, la bata de tela delgada y de flores diminutas se le abría en el vientre, no era gorda, pero su abdomen estaba prominente.
       Mi madre me llamó de nuevo para que fuera a la tortillería, la que quedaba bajando la loma donde estaban ubicadas las casas. Era una loma, no una montaña, pero cuando regresaba de la escuela cargando una pesada mochila llena de libros y cuadernos, después de caminar más de diez cuadras de distancia, aquella subida era un verdadero tormento y no solo para mí, sino para todos los que teníamos el infortunio de tener que subirla. Antes de abandonar mi puesto de vigía junto a la ventana espiando a los vecinos, vi como el joven se inclinó en varias ocasiones a decir algo al oído de la que supe era su madre, porque así oí que la llamaba.
       Dany, ese era el nombre del vecino y Maty el de su joven esposa. Me parecieron tan guapos los dos que imaginé dada mi corta edad que llevarían en su nueva casa una vida como la que a veces leía en mis novelitas rosas, que en ese tiempo me encantaban a grado de parecerme unas grandes historias de amor.
       Un rato más tarde los padres de Dany subieron a la camioneta y se marcharon, esta vez sin dificultad, iban cuesta abajo. Dieron vuelta a la derecha donde terminaba la loma en la que viviríamos todos.
       Una vez que se quedaron solos, se tomaron de la mano y se quedaron viendo con emoción y alegría la fachada de su nuevo hogar. Justo en el momento en que mi madre me amenazaba con no dejarme salir ese fin de semana si no la obedecía en ir por las tortillas, decidí hacerlo. Al salir me encontré, pese a lo que sabría después, con una de las escenas más dulces y románticas, aunque no precisamente en una ficción dentro de una película o en un libro, estaba ocurriendo ahí justo frente a mí: Dany cargaba a Maty en brazos para cruzar el umbral de la puerta. Fue un momento muy lindo, o sería que ambos eran guapos, pero sí, el ver a la sonrosada Maty en brazos de su marido, mientras ambos sonreían con complicidad y alegría, me alegró el resto de la tarde. Me congratulé de tener como vecinos a un matrimonio joven y enamorado, al parecer no tenían hijos. 
       Bajé casi corriendo la loma con ligera complacencia por lo que había visto. Un sentimiento de desagrado me asaltó cuando vi la troca a la vuelta de la loma con el capó levantado y echando su espeso humo azul. El hombre grueso que conducía la camioneta se dirigía a gritos a la señora, pidiéndole que le pasara la herramienta para arreglar el vehículo, ella obedecía sin chistar, como si estuviera entrenada para ello. Sus ojos tristes y su pelo ahora suelto repleto de hebras de canas le conferían una imagen decadente, porque ahora encima se le había caído el botón con el que sujetaba las dos partes de la bata justo en su vientre boludo y distendido. 
       Sujetaba las dos piezas para cubrir su abdomen moreno que daba la apariencia de estar duro como un globo inflado hasta que abandonaba este gesto de pudor cuando el marido le gritaba de nuevo pidiéndole alguna otra cosa. Apresuré la marcha y no quise volver a verlos. Afortunadamente para mí, lo último que vi de ese vehículo fue la estela azulada del humo que salía con estertores de trueno del mofle de la camioneta.
       Después me di cuenta de que no era una bella historia de amor la que se vivía en la casa contigua a la mía. Los toquidos desesperados de Maty en la ventana de la cocina que daba al reducido patio trasero, empezaron a sonar con odiosa regularidad. Llamaba de este modo la atención de mi madre para que le diera auxilio porque Dany… la golpeaba. Lloraba desconsolada mientras mi mamá la ayudaba a brincarse la barda chaparra de block que dividía los dos patios traseros. Permanecía un buen rato en mi casa mientras se calmaba la ira de su marido. Después aparecía con lentes oscuros, que cubrían las huellas moradas alrededor de sus bonitos ojos verdes. Dany parecía arrepentirse y salía con aire contrito y avergonzado durante algunos días, hasta que todo empezaba de nuevo.
       Ambos eran empleados de la industria maquiladora, lo supe porque usaban una bata azul con el logotipo de la maquila, sin embargo, parecía que siempre andaban cortos de dinero porque Maty le pedía a mi madre algunos pequeños préstamos cerca del fin de semana y tampoco disponían de automóvil.
       La vida seguía su curso en esa colonia de obreros y empleados de maquiladora a los que se les había hecho entrega de su casa meses antes. Poco a poco el vecindario adquirió un tono tristón, donde la pobreza era la nota distintiva. Pocos vecinos tenían automóvil, y algunos de estos veían con cierto menosprecio a los que no, a los que eran los más pobres entre ese mar de pobreza. Yo estudiaba la secundaria y me transportaba en camión al igual que casi todos en esa colonia.
       Una tarde los toquidos se escucharon con más fuerza en la ventana de la cocina. Maty sangraba abundantemente por la nariz y estaba aterrada, momentos antes Dany la había acorralado en el baño con unas tijeras en la mano. Pudo huir, pero él había alcanzado a propinarle un golpe en la cara, por eso es que la sangre le escurría de la nariz. Vi como empezaba a inflamarse y su rostro antes bonito aparecía deforme porque un ojo también estaba hinchándose. Recuerdo que tenía la blusa blanca manchada de sangre al igual que las manos con las que trataba de detener la hemorragia. Mi madre la auxilió, pronto se dio cuenta de que la nariz estaba rota porque la sangre brotaba de un pequeño orificio justo en mitad de la nariz, por lo que hubo que llamar a la ambulancia. Sentí lástima por ella cuando los paramédicos se la llevaron en una camilla, también la había golpeado en el vientre, al parecer la había pateado.
       La casa de enseguida permaneció vacía durante unos días, poco más de una semana, luego ambos volvieron. Nunca supe porque ella no nos lo contó, si lo había denunciado y luego le había otorgado el perdón y era por eso es que Dany estaba libre. Regresó con una gasa en la nariz y desde ese día le quedó un tanto desviado el tabique, por lo que su cara perdió cierto encanto y su voz adquirió un desagradable tono nasal. Al principio Maty evitaba todo contacto con nosotros, creo que sentía vergüenza por lo ocurrido, pero sobre todo por seguir con él. Recién que regresaron a la casa, los padres de Dany los visitaban a menudo, tal vez para asegurarse de que no volviera a golpearla. La señora siempre se veía tristona y con una apariencia de dejadez. Noté como la primera vez que la viera, que los que interactuaban con ella le hablaban muy cerca del oído o en un volumen de voz muy alto.
       Cuando pasó algún tiempo de la golpiza, Maty visitó a mi madre para darle las gracias por ayudarla. Así fue como nos enteramos por voz de la joven vecina que vivía en la casa al lado de la nuestra que su suegra había quedado sorda a causa de los golpes que le propinara su marido, el padre de Dany. Solo la miré con incredulidad, sin comprender cómo podía seguir con él. Desde entonces cada vez que veía la ventana del patio me parecía que, en lugar de entrar la luz por ella, llegaba la oscuridad transformada en un gesto de dolor y pánico en el rostro de nuestra vecina.


ROSARIO MARTÍNEZ. Ojinaga, Chihuahua. Maestra. Licenciatura con especialidad en Lengua y Literatura. Desde hace quince años escribe cuento y novela corta. Obra publicada: El aniversario y otros cuentos (Tintanueva Ediciones, 2014); Aluzia & Sombría  (2017). Por su obra cuentística ha merecido diversos premios así como menciones honoríficas. Antologada en La primera antología de Escritoras Mexicanas, 2018; Las lunas de octubre (2016 y 2018), en la 1era. y 3era. Feria del Libro de Cuautla Morelos; Mortuoria (2017); En la boca del viento (2016); Calendario de valores Televisa (2006). Participó en el 2do. Encuentro de Escritores Parralenses en 2014 y en la FIL de Guadalajara en 2018. Asiste a talleres de escritura y participa en entrevistas y lecturas públicas.