Creo que a todos nos gusta escuchar historias, siempre estamos a la caza de un buen relato, que se puede confundir con chisme, con meterse en lo que no nos incumbe o simplemente en pérdida de tiempo, pero ¿acaso no es cierto que un buen contador de historias siempre es bienvenido en cualquier lado?
       De los recuerdos más entrañables de mi infancia, son esas bibliotecas familiares a las que tuve acceso. Y no hablo de grandes cuartos repletos de libros, no, algunas fueron tan modestas como una tabla en la pared con algunas novelas tan entretenidas, que olvidaba jugar. Otras, como la de la tía Laura, un librero amarillo lleno de revistas National Geografic, y un par de libros de cuentos, Hansel y Gretel y El patito feo, con ilustraciones en tercera dimensión. En casa de mi amiga Teté tenían la colección completa de novelas de Agatha Christie. Con la abuela de mis primas Castro accedíamos a una gran variedad de cómics, y así, infinidad de libros que reflejan los gustos de las familias con las que conviví.
       La biblioteca del tío Juan, de la que ya he hablado, contaba además con un gran narrador, el propio tío, quien no desperdiciaba oportunidad para envolvernos en las historias de Odiseo y todos los pormenores de ese viaje cuyas emocionantes partes se volvían más intensas con las pausas, las miradas, los ademanes y las preguntas que nos hacía incitándonos a adivinar lo que seguía de la narración. La inteligencia del protagonista al cambiar su nombre frente al Cíclope, dándole momentos de ventaja en la huída, nos hacía gritar de emoción. Las Sirenas con sus traicioneras voces, Circe y su magia, la paciencia de Penélope, el fiel Argos, todos cobraban vida y hacían de la pequeña sala, un mundo. Nada como un buen contador de historias, para sentir el embate del viento, la sal marina, el peso de las piernas cuando corres sobre la arena.
       No solo fueron las aventuras de Odiseo o Ulises, también vivimos las travesías de Simbad, los trabajos de Hércules y la trágica historia de Edipo, quien no pudo escapar a su destino, y la terrible venganza de Montecristo.
       A la manera de Sherezada, nos mantenía al pendiente de cada una de las historias de Las mil y una noches, libro que ya conocía por haberlo leído en el cuarto de herramientas de mi papá; pero que ahora, escuchado como si fuera algo que le pasó al vecino, resultaba muy atrayente. No recuerdo que mi tío censurara partes del relato, al contrario, nos explicaba lo que no se comprendía o lo que, por nuestra edad, no conocíamos. Era no solo el relato, sino un aprendizaje de la lengua, de las costumbres, de la historia, aplicadas en un contexto de niños de pueblo, que, al menos en mi caso, me ayudó a comprender situaciones más allá del espacio que habitábamos.
       Las mil y una noches, relato no solo de la condición humana, sino de la historia y cultura de un pueblo. Magia y sabiduría en cada una de sus historias que despiertan la fantasía o invitan a la reflexión. Este libro está conformado por cuentos, poemas, parodias, leyendas, que cada noche va inventando Sherezada, quien con esto, trata de salvar su vida. El truco es no contar el final y dejarlo en lo más emocionante, para que el Sultán postergue el momento de matarla.
       Bajo esta premisa, se van hilvanando historias que nos llevan de viaje al exótico oriente, sus comidas, sus costumbres, sus creencias. A partir de la narración comenzada por Sherezada, se logra una mezcla de personajes de ficción, como magos, genios, espíritus fantásticos, animales humanizados; de personas y lugares reales, y de ciudades míticas.
       Las mil y una noches es también una amalgama de diversos estilos, formas y géneros creativos. Puede una historia contener otras más, puede un personaje desarrollar, a manera de matruskas, relatos dentro del relato que a su vez generan otro que lleva a un lugar muy distinto al del primero y luego regresar, paso a paso, a concluir el primer cuento.
       Hay historias de amor, de crueldad, de sexo, de ambición, de ternura, de héroes, de magia, de mil y un temas. Es un libro inacabable, que se puede leer en diversos momentos y edades, y con cada nueva lectura darle un giro diferente. De los momentos que más disfrutaba en los relatos, era cuando describían la gran riqueza de los palacios hechos de materiales preciosos, las cuevas llenas de turquesas, rubíes, diamantes, los jardines hermosamente decorados y poblados por pavorreales añil entre otras aves igual de coloridas, las princesas envueltas en damascos y brocados dorados, plateados y arregladas como obras de arte, en fin, el mundo de belleza que siempre espera uno encontrar cada mañana por la ventana de la recámara, aunque solo sea un momentáneo rapto de fantasía. 

TERESA MUÑOZ. Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, entre otros. Trabajó con Abraham Oceransky en 1994 en gira por el Estado de Veracruz con La maravillosa historia de Chiquito Pingüica. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014. Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura, gramática, traducción, interpretación, inglés y francés. Escritora y directora de monólogos teatrales. Coordinadora de Literatura y Artes Escénicas de la Biblioteca José Santos Valdés de Gómez Palacio, Dgo.