Como siempre, husmeando en los libreros familiares, me encontré con una novela irreverente, picante, divertida, Dos crímenes, y con un libro de cuentos escritos por “un ingeniero bajado del cerro a tamborazos”, La ley de Herodes. No dejo de reír con esos relatos en cuyo personaje principal se encuentra retratado el autor, quien hace mofa de sí y me deja para siempre la idea de un Ibargüengoitia bajado del entorno de familia decente a golpe de escapulario.
     Ibargüengoitia le imprimió a mi lectura horas de diversión. Y no me refiero al chiste fácil. Hablo de esas imágenes (de veras podía ver los rostros de sus personajes) de desilusión, de falsas esperanzas, de ansiedad, en fin, de ironía que rodean a las situaciones absurdas en que se meten sus estudiantes aspirantes a becas, sus posibles asesinos, sus donjuanes aplastados por la realidad del matrimonio, y un largo etcétera de seres cuya comicidad involuntaria, me hacen exclamar ¡qué bueno que no soy yo!
     Jorge Ibargüengoitia (Guanajuato, 1928) le dice a Margarita García Flores, sobre su humor que “es una capacidad para ver la realidad dentro de una perspectiva peculiar, algo que se puede alterar hasta convertirlo en instrumento crítico” (Cartas marcadas, México, Difusión Cultural, UNAM, 1979).
     Esto es que no inventa chistes, sino que la realidad de sus escritos, en combinación con el lenguaje que utiliza, da por resultado estos productos llenos de un humor para lectores con ese sentido.
     Releyendo Las muertas, novela escrita directamente de la nota roja, no puedo dejar de sentir ese sarcasmo, ese humor basado en la manera como la escribe: un juego entre novela testimonial, crónica, relato, cuento, incluyendo pasajes con un tono poético. Una mezcla de géneros que da como resultado una historia que de tan trágica, resulta divertida. Personajes llenos de errores, de burla hacia las buenas conciencias, pero a la vez un retrato de la sociedad corrupta de todos los tiempos, una explicación literaria que permite entender el que existieran crímenes como los cometidos en su época por Las Poquianchis, y saber que, por debajo de las risas, se siguen cometiendo atropellos mayores.
     En La ley de Herodes, título que nos remite al viejo dicho de político mexicano, Ibargüengoitia nos describe en primera persona sus aventuras de personaje perdedor. Sabemos que él es el protagonista de sus relatos, nos narra experiencias fallidas que en cualquier otro autor con menos maestría en la pluma resultarían meros pasajes del diario íntimo. Jorge lo narra de tal forma que nos mantiene interesados de principio a fin, con la esperanza de saber cómo terminará la aventura de los Scouts o quién llevará a Pampa Hash. No es tanto el cuento de quién robó el canario, sino los sucesos cotidianamente extraños que llevaron a al delito, la manera cómo no cuenta el robo. El rostro de sorpresa de nuestro narrador, cada vez que entra o sale de alguna aventura absurda.
      Creador, al igual que muchos, de su lugar mito, Cuévano, donde desarrolla la mayor parte de sus historias y escritor de varios géneros, Ibargüengoitia deja la dramaturgia por la narrativa, en donde alcanza mayor éxito. Crítico de la realidad que nos tocó vivir como mexicanos, ensayista y columnista de varias revistas y en el viejo Excelsior.
     Después de leer Maten al León en la casa paterna, supe que había encontrado otro autor al que buscar en la biblioteca pública, afortunadamente pude leer sus hilarantes novelas históricas, de hecho, hasta que entré a estudiar teatro, supe que primero había sido dramaturgo y de todo el proceso que había tenido como alumno de Rodolfo Usigli.  
       Me parece mejor como narrador que dentro de la escritura teatral, aunque en este género tiene muy buenas obras; disfruté mucho sus Instrucciones para vivir en México, así como una enorme cantidad de textos periodísticos. Y si me preguntan, yo diré, léanlo, no importa por donde comiencen a hacerlo, lo maravilloso es que siempre se verán vergonzosamente reflejados, al grado de saber que la vida es un carnaval y todos somos bufonescos, personajes de esta gran comedia de enredos que es la vida.
     

TERESA MUÑOZ. Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, entre otros. Trabajó con Abraham Oceransky en 1994 en gira por el Estado de Veracruz con La maravillosa historia de Chiquito Pingüica. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014. Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura, gramática, traducción, interpretación, inglés y francés. Escritora y directora de monólogos teatrales. Coordinadora de Literatura y Artes Escénicas de la Biblioteca José Santos Valdés de Gómez Palacio, Dgo.