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Con sus siete décadas de vida encima, el estadounidense Chris van Allsburg cuenta en su haber con aproximadamente 40 libros, todos ellos con historias y dibujos suyos, que lo convierten en uno de los más grandes ilustradores del mundo: su cuento Jumanji, su sexto libro editado en 1981, cuando rondaba los 30 años, es una muestra de su desbordada imaginación.

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En el libro original de Chris van Allsburg, que el Fondo de Cultura Económica se apresuró a reimprimir en 1996 en ocasión del filme de Joe Johnston, la historia de Jumanji se desarrolla obviamente de una manera más sencilla.
      Van Allsburg escribió el cuento en 1981 y, acaso lo más importante, dibujó lo que contaba. En 14 hermosos cuadros acompaña su historia. Van Allsburg es un artista plástico de primera línea: otros dos libros suyos, por ejemplo, como La escoba de la viuda (1992) y El higo más dulce (1993), ambos también editados por el Fondo de Cultura Económica en la colección “A la Orilla del Viento”, lo confirman. Es un dibujante que se inventa historias para recrearlas, para tener la oportunidad de hacer los trazos más inconcebibles, para crear pinturas de tintes surrealistas apegadas a una realidad emanada de la literatura.


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Jumanji, la película, es, a su modo, más compleja. Se trata de un juego de mesa que convoca a los niños, a ciertos niños, a jugar una aventura en la selva atrayéndolos con un misterioso sonido de tambores distantes.
      El juego es enterrado por algunos niños que tuvieron la mala fortuna de jugarlo a fines del siglo XIX, pero es encontrado por el hijo tímido de un adinerado hombre —dueño de una fábrica de zapatos. El niño, con un tiro de dados, es atraído hacia adentro de Jumanji y se ve obligado a vivir, solitario, en la selva hasta que, decenas de años después, es rescatado por dos hermanos: Judy y Peter, que sin saber en lo que se metían empiezan a jugar el juego de mesa con resultados aterradores.
      A partir de ahí, el filme de Johnston recrea la historia por medio de la computadora introduciendo animales salvajes que nunca en realidad existen.
      La cinta tiene toques, por supuesto, hollywoodenses.
      Faltaba más.
      El hombre que fue el niño tímido se enamora de su amiga de la infancia y ella le corresponde en unas cuantas horas, en lo que dura el juego, para así, de un tajo, cambiar la historia, su vida, que aún no han vivido.

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El libro original de Van Allsburg, a diferencia de esas pinceladas cinematográficas, es breve pero intenso, directo, sin maquillajes, sin ambages. Es un cuento que revela un sueño, una aventura juguetona, una travesura imaginaria. En el libro de Van Allsburg sólo existen Judy y Peter. Sus padres se van a la ópera, pero recomiendan a sus hijos conservar la casa en orden pues al finalizar el concierto llevarán invitados… pero los niños arman un revuelo en su casa. Al aburrirse de su tiradero, deciden salir al parque.
      Era un frío noviembre.
      “Se revolcaron en las hojas —escribe el autor—, pero cuando Judy quiso llenarle el suéter de hojas a Peter, éste dio un brinco, echó a correr y se escondió detrás de un árbol. Su hermana lo alcanzó y lo encontró arrodillado al pie del árbol, con la mirada clavada en una caja larga y delgada”.
      Era el juego de Jumanji, “una aventura en la selva, especial para niños que se aburren y que no pueden estarse quietos”. El instructivo recalcaba: “Una vez que ha empezado un juego de Jumanji, no podrá terminar sino hasta que uno de los jugadores llegue a la Ciudad Dorada”.

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Judy y Peter comienzan el juego con las sucesivas sorpresas de las apariciones de un león, una docena de monos, una intempestiva lluvia, un explorador, una mosca tse-tsé, una estampida de rinocerontes, una boa y un vapor producto de una lava de un volcán en erupción.
      Pero antes de que las cosas se pusieran peores, Judy tiró los dos dados saliéndole en cada uno el número seis, exactamente el 12 que la conducía a la Ciudad Dorada.
      En ese justo momento, “como si se hubieran abierto las puertas y las ventanas, una brisa fresca sacó el vapor de la sala. Todo estaba en el mismo estado en que se encontraba antes de empezar el juego”.
      Sin cruzar una palabra, Judy y Peter “echaron las piezas del juego en su caja” y, “como dos bólidos”, corrieron hasta el parque para dejar el juego al pie de un árbol. A su regreso, nerviosos aún, se pusieron a armar un rompecabezas pero, antes de terminar su armado, se quedaron dormidos en el sofá. Fueron despertados por sus padres.
      “—¿Tuvieron una tarde emocionante? —preguntó la madre.
      “—Sí, mucho —contestó Peter—. Tuvimos una inundación, una estampida, un volcán, y a mí me dio la enfermedad del sueño y... —no pudo terminar.
      "La risa de los adultos interrumpió a Peter".
      La madre, simplemente, aseveró:
     —Bien, me imagino que a ambos les dio la enfermedad del sueño.
      Y los mandó a ponerse su piyama. Y antes de armar el rompecabezas, miraron los niños por la ventana cómo los dos hijos de la señora Budwing, invitada de sus padres, recogían “una caja larga y delgada” del árbol del parque.

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El cuento es magnífico. Y, para colmo, los dos hijos de la señora Budwing… ¡nunca leían las instrucciones antes de iniciar un juego de mesa!
      En traducción de Rafael Segovia, Jumanji, aun sin ver el filme, es un lindo cuento para niños. Van Allsburg nunca se imaginó que, tres lustros después, vería sus dibujos reproducidos en una sala de cine. Sin embargo, quizá, dada su altura plástica, lo que a él le hubiera encantado habría sido exponer sus pinturas en algún museo contemporáneo. (O, acaso mejor, haber hecho la película no con personas reales superpuestas con ilustraciones de computadora sino una cinta completamente animada…) Aunque, eso sí, jamás hubiese recibido millonadas de dólares por la exhibición de sus dibujos. En una sentada, la película lo enriqueció incluso antes de que pudiera terminar su siguiente pintura.
      (Ya en el siglo XXI prosiguió su saga con Zathura, libro y película, que era la misma cosa sólo que con un juego interespacial, pero todos nos quedamos, por supuesto, con Jumanji.)

VÍCTOR ROURA. Posee una trayectoria de más de 40 años en el periodismo cultural. Fundador de importantes medios en el país, como Unomásuno y La Jornada, y creador de la sección cultural de El Financiero, así como de los periódicos culturales De Largo Aliento y La Digna Metáfora. Es autor de medio centenar de libros en los que ha explorado el ensayo, el cuento, la poesía, la narrativa e incluso la ilustración para hablar acerca de rock, erotismo, prensa y literatura (poética y narrativa, sin hacer a un lado las letras infantiles); se ha adentrado en la crónica de las perplejidades del medio escritural e informativo y demás jocosidades del ámbito en el que se ha desempeñado toda su vida. Subdirector cultural de Notimex.