En los últimos años buena parte de la poesía hispanoamericana más joven ha reconocido la influencia de María Auxiliadora Álvarez en obras aparentemente herméticas, codificadas u oscuras en las que el despliegue de versos breves, de innegable fuerza sonora, puede permitirnos entender el reto que supone acercarnos a la cosmovisión de una referencia, ya, piedra de toque, contemporánea.
María Auxiliadora Álvarez (Caracas, Venezuela, 1956) es autora de una decena de poemarios, cuyo último título, Piedra en :U: (Candaya, 2016), se publica en la editorial española y nos da, así, la oportunidad de conocer el atrevimiento de Sudamérica en la poesía de las últimas décadas. Una vía, dificultista, que contrasta con la coloquialidad de los anteriores textos que veíamos con Miguel Hernández, Vicent Andrés Estellés o Mario Benedetti en este Club de Lectura.
El excelente prólogo de Juan Carlos Abril da cuenta del reto que supone el lenguaje de la venezolana. «No son las imágenes un elemento estructurador; son, al contrario, las sensaciones, que trabajan su espacio discursivo desde una conciencia que vive –y pervive en– el tiempo arriesgándose a desperdiciarlo» (6).
            A diferencia de las escenas naturales, domésticas o cotidianas que transitaban por un espacio urbano en construcción, en este caso el espacio está dentro de la propia enunciación. El sujeto poético abstrae las sensaciones, las emociones, frente a lo desconocido. Ahora bien, la comunicación existe. Solo que está un nivel más hondo, como la piedra que tememos levantar porque intuimos que debajo hay un alacrán.
            «María Auxiliadora Álvarez no entra en debates estériles sobre comunicación o no, porque parte de la concepción base del poema como conocimiento, poema como indagación incesante y como constante descubrimiento» (8). Veamos qué nos vamos a encontrar; tratemos al menos de advertir esa particular «comunicación» que permea la poesía contemporánea.
            La cincuentena de textos son certeros y contundentes fragmentos que se ordenan a partir del signo de puntuación (los dos puntos) que lo mismo encierra la poética de la autora: «:palabra / de golpe:» (20); que parece dar título a poemarios recientes de México como :ríos (2017) de Antonio León. Con este recurso comienza la reseña de MarBenegas. La propia autora lo explica en Pliego Suelto.
            Tal es el único signo de puntuación de versos breves que se alinean a la derecha. Alguno incluso se fragmenta. Las sílabas exprimen el significado de cada término: «vol-te-re-ti-tas» (26). Siempre es posible e infinita la descomposición.
            Otros recursos como la paronomasia («y entretanto / entrando / y estrenando / y entrenándonos», 27) van entreteniéndonos en la búsqueda del sentido. Radica ahí: en el interrogante, en la pausa, en la distancia que existe todavía con el objeto de la poesía.
            Temas como el abandono o el miedo van sucediéndose unidos por la negación de una sílaba. Esta, visualmente, se compone de la redondez del elemento al que se alude; también de la curva incompleta que voltea la vocal «cerrada» (al menos fonéticamente) en la consonante nasal.
            En este sentido, la acumulación de la conjunción copulativa, también de origen griego, funciona como tirachinas al que agarrarnos por el peso de la piedra en el poema titulado «duración de la noche» (36):

y trayéndonos

y hundiéndonos
y
y

El cuerpo se menciona por su ausencia. Únicamente el ojo (del pensamiento) es la parte por el todo que, cual sinestesia, escucha. Las imágenes de las que hablaba Abril a favor de las sensaciones se construyen en el cerebro al leer en voz alta las palabras que fluyen verticales privilegiando las minúsculas.
            No es casual entonces el título con el que Candaya recopiló algunos poemas de María Auxiliadora Álvarez, Las nadas y las noches (2009). Tamaño vacío se supera en la fosca escena compartida también en este reciente libro. Prueba de ello es el poema «sobreexistir» (46-47), «A César Vallejo», donde la Nada mayúscula simula el origen femenino que voltea adaN; al tiempo que continúa el gozoso peso que sigue ejerciendo el peruano.
            Los juegos tipográficos en «fOrmas / CAMbiantes» (49) reclaman la vanguardia de un lenguaje. Se vale de sencillos mecanismos editoriales (cursivas, subrayados, negritas) para explotar la relación del significante y su significado. En la cita anterior la vocal primera ha cerrado por, paradójicamente, ser más abierta que la U. La sílaba actúa como conjunción adversativa que se opone a esa mixtura en la que se advina el quiebre de un adverbio (in)variable de tiempo, hecho materia, lápidas cristianas.
            El lenguaje sigue quebrando la sintaxis. Produce encabalgamientos ya no tan ríspidos. Mas el contraste es total al hablar de la guerra, otro de los temas. El dolor en la poesía difícilmente encuentra palabras o figuras que no sean las del día a día, porque ocurre tristemente día a día. Sirva de ejemplo un fragmento de «Zagreb I» (58):

pero nadie
se aprestó
tan presto
a recogerla
porque
no era
la madre
ni la hija
ni la hermana
de nadie

La piedra simboliza por un lado la incógnita, el obstáculo, la tapadera; y, por otro, la agresión, la naturaleza violenta en manos «humanas»: la lengua muerta. Cada poema es la marca que deja la onda en la tierra o en el mar. Las distintas imágenes-sensaciones se unen la mayoría de las veces por el silencio: juntura que pega «un roce / casi / inaudible/ que no podrás / reproducir» (117).
            Si Vicente Huidobro creaba un nuevo lenguaje en Altazor (1931), con María Auxiliadora Álvarez estalla la palabra. El vuelo del cielo a la tierra acaba impactando en una tradición, la que ya motiva la venezolana. Además, demuestra que las dos raigambres en las que se ha solido dividir la lírica (como culta y popular o hermética y coloquial) mantienen elementos comunes. Se mezclan, conviven. Sin la piedra clara y fresca no se (o)culta el escorpión; es decir, la poesía supera los límites del habla.

IGNACIO BALLESTER PARDO (Villena, Alicante, 1990). Es doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Alicante, con una tesis sobre poesía mexicana que dirige Carmen Alemany Bay. Es miembro del Centro de Estudios Literarios Iberoamericanos Mario Benedetti y del Seminario de Investigación en Poesía Mexicana Contemporánea. Con Alejandro Higashi coordina el número 23 de la revista América sin Nombre (2018), dedicado a la «Madurez de la joven poesía mexicana». Es autor del libro La dimensión cívica en la poesía mexicana contemporánea: herencia, tradición y renovación en la obra de Vicente Quirarte (Tirant lo Blanch / Universidad Autónoma del Estado de México, 2019). Cada domingo comparte sus líneas de investigación en el blog Poesía mexicana contemporánea.