Los libros eróticos son mi pasión. En mi computadora, tengo infinidad de ellos. En la prepa fue cuando comencé a recolectar, si se puede llamar así a esa necesidad, estos libros, fragmentos, archivos de Word, PDF o libros en sus diferentes hechuras. Para hacer este texto, abrí uno y encontré esta frase que ya me voló la cabeza: «Lo espiritual es en sí mismo carnal, lo espiritual se acuesta en el lecho de lo temporal», es de Charles Péguy, filósofo, escritor, poeta y ensayista francés (1873-1914). 

Es buena la frase en el sentido de las palabras que propone y cómo las relaciona: espíritu-carne-espíritu-lecho-temporal. Tal vez mi interpretación sea muy vaga, mi formación corresponde a otra ciencia, pero siento que así es. ¿O cómo decirlo? La fortuna de esta frase es la importancia que tiene esas palabras que ya señalé, pero me quedo con dos: la carne y el lecho. 

La conocí en un seminario de psicología en la ciudad de México. En la conferencia magistral ella se sentó delante de mí y, luego de intercambiar dos o tres cosas ¡benditos audífonos que dejaron de funcionar! las conferencias nos importaron un cacahuate. La pasión no necesita traducciones, dijimos, y tomamos camino a un hotel, cualquiera, con el riesgo que implica andar como perdidas en una ciudad tan voluminosa como esa y peligrosa. Llegamos y la habitación era ideal. Realmente era la primera vez que estaba en ese plan con una chica. A mis 20 años, lo más lejos que había llegado era a desvestir a mis compañeras de clase y a dos o tres maestras que se veían deliciosas. Los senos, las nalgas, las caderas, todo esto descubierto con pura imaginación.

No sabía cómo empezar, qué decir, pero ¡qué importaba! Susana entró a la regadera y yo sólo miré mientras su ropa quedaba en el piso y en la silla. Era delgada, pero sus tetas eran magníficas. Daría mi vida por unas tetas así. Tetas plenas que descubrí bajo la toalla. Te enseñaré, dijo, mientras seguí su figura esbelta hasta que se tiró en la cama. Lo primero que me enseñó fue a acariciar sus senos, esas dos esferas elásticas, suaves, desparramadas en mi boca, y al mismo tiempo, arrojadas al vacío, a la expansión de ese vacío. Aquí fue entendí que la carne y el lecho, siempre serían conceptos irrompibles.  

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