Poeminas para Adelina es un libro, ante todo, alegre, ante todo, vital y optimista. Tengo que decir que se complementa perfecto con las ilustraciones bellísimas, libres y espontáneas de la propia Adelina, que, si no supiera que es estudiante de la carrera de medicina, diría que erró la profesión, porque bien podía haber sido una pintora maravillosa, de esas que hacen perfecta comunión con el uso de los colores. Tanto el texto como las ilustraciones forman una mancuerna que nos llena de felicidad, y nos ilumina el camino en tiempos tan oscuros.

Al empezar al leer el libro se nota la facilidad con la que Ethel poema, del verbo poemar, que ella ha hecho popular. Ethel toma las palabras como si fueran flores y las coloca en un arreglo, que parece zen, —simple pero lleno de belleza—con la facilidad que sólo otorga el oficio largamente ejercido.  

Además, creo que este es un libro especial porque evidencia el amor maternal y la felicidad que esto provoca. Esto a primera vista, parece algo intrascendente, pero no lo es. José Joaquín Blanco en su ensayo “Kyra Galván: retrato de la artista como madre joven”, decía que: “Joyce retrató al artista como un adolescente; Juan Ramón Jiménez escribió poemas de un recién casado; ella narra los episodios de la madre joven. Y de esa transformación que les ocurre a las mujeres —y desde luego, a las escritoras, aunque pocas lo acepten— cuando tienen hijos pequeños. Se vuelven entonces un poco matronas escépticas e irónicas ante cualquier cosa, menos en lo que respecta a sus hijos. Se vuelven sólidas islas en torno a sus cachorritos. ¿Mamás poetas? Suena chistoso entre nosotros, porque llevamos poco tiempo de contar con poesía de mujeres, y conocemos sólo su primer acto: la rebeldía juvenil, de chicas solteras, emancipadísimas y archi-combativas. Ha llegado el segundo: mujeres maduras con hijos”.

Es por eso que es escaso el amor maternal y sus evidencias, en la literatura mexicana de mujeres. Y no es sólo porque no haya o haya habido en el pasado mamás escritoras, sino porque la maternidad no era un tema bien visto.

El amor de pareja, el desengaño, el desgarro o el reclamo son muy populares en la poesía tanto de hombres como de mujeres, pero la maternidad está ausente del discurso poético, bien porque muchas mujeres han decidido rechazar conscientemente la maternidad—sobre todo a últimas fechas— o porque nos ha parecido difícil y peligroso hablar del tema. Y me refiero a peligroso en el sentido de que, por mucho tiempo, las mujeres temimos que eran de esos temas que nos podían debilitar, o nos harían vulnerables a la crítica, o incluso, a la burla: como el hablar de lavar los platos o limpiar el refrigerador. Es decir, de las labores cotidianas a las que se dedicaban las mujeres desde siglos atrás: hilar, tejer, cocinar, limpiar la casa, tener hijos, cuidarlos. Pero como durante siglos también el patriarcado demeritaba, hacía escarnio de todo lo que tuviera que ver con el mundo femenino: la menstruación, la maternidad, eran cosas que había que ocultar, darle una dimensión y un cerco privado, santificado incluso, pero al mismo tiempo, desvalorizado. Por eso es importante romper hoy con esos miedos, con esos estereotipos. Que cuando las mujeres quieran hablar de niños, de hijos, lo puedan hacer libremente y sin pudor, porque no es algo penoso, ni algo que deba esconderse. Debería ser algo gozoso, que implique orgullo, y placer compartido, y no sólo entre mujeres, sino entre hombres y mujeres por igual.  Pero la maternidad es grande, es mucho más que eso. Hasta las galaxias crean planetas nuevos de manera amorosa. Y quienes la hemos vivido sabemos que es un camino difícil, pero a la vez lleno de satisfacciones y alegrías inesperadas.

Ese primer enamoramiento de un ser que nace de tus entrañas, ese amor incondicional que crece a cada segundo por un ser que no conoces, que no sabes qué piensa, qué siente, que será de tu vida, pero que late y respira y descansa en la responsabilidad de tus brazos.  

Los primeros pasos, la primera sonrisa de un ser que ha salido de nuestro cuerpo, que es fruto del amor, que nos enamora desde el primer instante en que lo tocamos como la perfección divina del Universo. El amor, el lazo que se establece entre madre e hijo no es sólo mágico, sino también, irrompible. Es el primer contacto humano. ¡Y los momentos que pasamos juntos, madre e hija o hijo, son únicos, irrepetibles y tan breves!

Por eso, creo que Ethel nos transparenta en Poeminas para Adelina, la ternura de un niño, la ingenuidad de ángeles que tienen, la fuerza de su cariño y su confianza en nosotros, que para ellos somos todopoderosos. Ahí creo que reside su fuerza, su encanto, su importancia. El que Ethel, como mujer y poeta madura despliegue sin pudor, las miles de la maternidad y la ternura de los niños.

Poeminas para Adelina es un libro ligero, alegre, jocoso, que se nos hace poquito. En primer lugar, nos explica lo que son poeminas:


Una poemina
                es una mina de oro
escondida en la rima.

Luego, continúa cantando:

El grillo canta,
la uva salta
el corazón sube y baja:
Adelina se peina
con su diadema de plata. 

En Poeminas, Ethel cuenta los juegos, los sueños, las travesuras.


Corrimos bajo la lluvia
           empapadas, en los charcos,
chapoteamos, Adelina,
y el paraguas no servía.

O


Comimos un pan de queso,
bien mojadas
          como ranas,
atacadas de la risa.

También delata esa preciosa convivencia entre hija y mamá.


¡Qué cansadas estamos
de tantísimo estudiar!
“Quiero ya mis vacaciones, mamá. 

¡Nos iremos a las olas
a revolcarnos en todas,
a brincar entre la arena
cual si fuéramos sirenas.

¿Y a dormir como palomas? ¡O mejor como ballenas! ¿Cuánto falta, mamá?

Ocho sumas con sus restas,
y la semana en inglés,
con sus letras bien derechas.
“¡Ay, cómo eres, mamá!

En pocas palabras, Poeminas para Adelina es un libro para celebrar la poesía, que utiliza la rima, la cadencia y esa música interna que es intrínseca a la poesía, para atraer al público infantil y juvenil, al género de la poesía, que finalmente es eso, la belleza de la oralidad que se ha perdido, de la trovaduría que fascinaba a su público a donde quiera que iba, en gran parte, porque la rima tiene esa cualidad mnemotécnica que atrae a los niños y al público lego. Celebremos pues este libro de Ethel Krauze que recuerda nada menos que la ternura, el amor y el juego de la vida. 


KYRA GALVÁN. Es economista por la UNAM, Maestra en Literatura, poeta, novelista, fotógrafa y traductora. Ganadora en 1980 del premio de poesía joven, Elías Nandino. Fue becaria del INBA y del Centro Mexicano de Escritores. Ha colaborado en El Universal y en varias revistas y suplementos culturales. Ha traducido poesía de Ana Ajmátova, de Dylan Thomas y de otros autores anglosajones. Ha escrito varios libros de poesía (10), y varias novelas, tanto para público adulto como infantil: La más reciente: El sello de la libélula (Vergara,2017). También es autora de Los Indecibles pecados de Sor Juana (Penguin, DeBolsillo,2018), traducido al polaco. Su más reciente libro de poesía es: Anatomía de la escritura (UAM Xochimilco, 2019). Ha sido jurado en múltiples concursos de narrativa y poesía, e imparte regularmente talleres de creación literaria. Pétalos de rosa, mejillas de melocotón, es su primer libro de poesía para niños. Escribe diariamente.