En Últimos días de un país (Premio Clemencia Isaura 2019) el lector se aleja de las sonrisas y la coquetería a las que Odette Alonso suele invitarnos en sus poemas. En esta ocasión nos acerca, más bien, a la nostalgia. Nos distanciamos de la metáfora del cuerpo como territorio y nos aproximamos a la imagen de la ciudad como un lienzo sobre el que la autora reescribe una historia. Se trata de una imagen apocalíptica del país que ahora sucede en todas partes, pero ya no está donde la memoria lo dejó. Un país perdido o lo que queda de un país después de una batalla.

Hay un sujeto lírico marcado por actos de rebeldía, sobre todo si ponemos en contexto la historia que evoca: una ciudadana escapando de una estructura política, una mujer besando a otra mujer en la playa de la isla, un ser extravagante invocando fantasmas, dialogando con los santos y con los recuerdos. Este sujeto enuncia un discurso que, si bien puede leerse desde el punto de vista sociocultural, compararse con otros textos que parten de una historia semejante, como Arenas, vale la pena ser descrito desde sí mismo.

Odette construye un libro de una musicalidad y una estética gozosas, de un uso del lenguaje que, aunque a ratos enuncia la rabia, o la amargura de un país-campo de batalla, también suele ser dulce y hace metáforas del sexo, de la infancia, de la belleza, de los cuerpos tendidos en la cama un martes mientras la vida cotidiana sucede afuera representada por un jardinero que insiste en otra forma de la belleza del paisaje. Y construye imágenes que ponen en contraste dos países, dos ciudades capitales: la del vecindario sencillo, el conocimiento del otro, la poca privacidad, frente a la monstruosa urbe del anonimato que otorga una libertad absurda.

No es necesario conocer la biografía de la autora para entender Cuba donde dice mesas que no tuvieron serpentinas, y es pertinente sólo si se quiere hacer una lectura del discurso.

Le hicimos a Odette una serie de preguntas y aseveraciones a partir de algunas imágenes de este libro (léalo para identificarlas), y este fue el resultado. Que lo disfruten.


DWP. ¿Existe La Habana?

 

OA. Aunque dejara de existir, La Habana existiría. Alguna vez me pregunté: Si Cuba se hundiera en el mar, ¿podríamos, al fin, seguir nuestras vidas sin cargar ese peso? La respuesta es: No podríamos. El pasado es una marca que no puede borrarse. Siempre estaría La Habana flotando sobre nosotros —con todo el dolor, la culpa o la nostalgia— como lo hace, por ejemplo, en estos versos.

 

DWP. ¿Hay influencia de Arenas en tu obra, en esta obra en concreto y en el poema Hormigas en el muro?

 

OA. Conscientemente, no la hay. Pero ya sabes que los efluvios flotan en el aire de la isla. “Hormigas en el muro” habla del patio de mis abuelos paternos y ese patio es como tantos de aquella época: las carencias sobre la mesa, la precarización paulatina de la vida, el calor del mediodía, los animales, la luz inevitable, sobre todo.

 

DWP. Hay fantasmas en tu poesía.

 

OA. La poesía, en sí misma, es un fantasma, la canción de un mundo agonizante que se reinventa en el recuerdo, ese otro plano de realidad. La casa de mi infancia, en Santiago de Cuba, estaba llena de presencias fantasmales. En ciertos rincones, sentíamos hasta la respiración de “algo” que observaba nuestros pasos. Había un cuarto, muy oscuro en las noches, donde el interruptor de la luz estaba lejos de la puerta y no tenía tapa; había entonces que encender con mucho cuidado de no electrocutarse y parecía eterno ese tiempo. Cuando al fin encendíamos la luz, enfrente había una cómoda con un espejo enorme… Daba miedo voltearse a mirar. Quien ha crecido así, andará siempre con sus fantasmas a cuesta. Para quien, además, los poetiza, son de mucha utilidad.

 

DWP. Me parece que reconstruyes un país a través de este libro.

 

OA. Mabel Cuesta afirma que Últimos días de un país es una ucronía[*], es decir, lo mismo que planteas: una reconstrucción ficticia, paralela quizás, imaginaria pero basada en atisbos reales. Otra mujer, otro pasado, otros rincones que son aquellos y son otros. ¿Pero acaso no es eso la poesía?

 

DWP. Dinos tres palabras que tintinean en ti cuando piensas este libro.

 

OA. Recuerdo, dolor, evocación.

 

DWP. Si estos fueran los últimos días en un país, ¿qué autorxs o libros serían tus calcetines y tu blusón?

 

OA. Es difícil elegir entre tanto libro leído, entre tanto colega admirado, un par para esta compañía postrera. Pienso, al azar, en Los peces y la vida tropical, un libro de Sigfredo Ariel del que me impresionaron, las tantas veces que lo he leído y releído, el tono y el ritmo, hay una esencia muy cubana en esos versos llenos de nostalgia y evocación de un país que tampoco vivimos, pero imaginamos. Ésos podrían ser los calcetines que me calentaran los pasos.

Y el blusón sería un tejido con los poemas de mis amigas: Mabel Cuesta, Artemisa Téllez, Enzia Verduchi, Yola Segura, Rocío Cerón, Sandra Lorenzano, Vero G. Arredondo, Cristina Rivera Garza, Maricela Guerrero, Paula Abramo… y mil más.

 

DWP. ¿Entre maldición y bendición, hay matices para pensar en ese país?

 

OA. Todo queda en el medio. Son ambas cosas a la vez. La maldición permite la huida y ésta se convierte en bendición. Para mí, como para tantos, la migración fue salvación, fue posibilidad de otra vida, y eso puede encontrarse en éstos y en otros versos. Pero la marca de lo vivido es una cicatriz que no se borra.

 

DWP. ¿Cómo sería el país ideal para el sujeto lírico de este libro?

 

OA. El país ideal es ése, el que permite escribir estos poemas. Con todo su dolor y su furia, con todas sus carencias y su fortuna. Lo que es ideal para la vida no lo es necesariamente para la poesía y viceversa. Para mi poesía, el ideal fue éste: el país de los últimos días, que no es un país “real”, pero ¡cuán más real podría ser!

 

DWP. ¿Un país puede ser amado?

 

OA. Nos enseñan el concepto de patria. Por años, décadas, cantamos himnos, enarbolamos banderas que supuestamente debieran representar “lo que somos”. Pero muchas veces “lo que somos” tiene poco que ver con esos rituales de lo patriótico o de la devoción a una tierra o una historia. Decía Martí en su obra de teatro Abdala: “El amor, madre, a la patria no es el amor ridículo a la tierra ni a la yerba que pisan nuestras plantas: Es el odio invencible a quien la oprime, es el rencor eterno a quien la ataca”. Y así el país es, al mismo tiempo, como ya decía, bendición y maldición. Amado y despreciado al mismo tiempo. Porque el país es la tierra y las playas y el malecón, pero es también lo que en él se vivió. De eso habla este libro.

 

DWP. ¿Por qué es tan poderosa la figura de la abuela en la literatura hispanoamericana?

 

OA. Porque es poderosa en la propia vida. Generalmente es la ancestra mayor, la sabia de la familia. Sabia por vieja y por bruja. Y establece con los nietos una relación directa e indirecta, separada por una generación de por medio: nunca seremos sus hijos. Ese espacio le confiere una mirada especial de ambos lados y un revestimiento de símbolo. Ahora, también se le idealiza mucho; eso habría que decirlo. Hay abuelitas dulces y abuelas de la chingada. Y a veces las dos en una misma.

 

DWP. Me parece más un libro sobre la memoria que sobre La Habana. ¿Con qué intención lo escribiste?

 

OA. En esta etapa de mi vida (creativa), hay una conciencia escritural. Ya no junto fortuitamente poemas con aliento similar, sino que escribo con una intención claramente prestablecida. Eso ya estaba en Old Music Island, un cuaderno estructurado para contar la historia de un amor y reflexionar acerca de ello. También está en Lo que transcurre, libro anterior que —espero— alguna vez saldrá y donde hay una intención no sólo de contenido sino de estructura. Últimos días de un país está en ese tenor. Yo tampoco diría que es un libro sobre La Habana ni sobre Santiago, sobre ningún lugar específico, y sí sobre la reconfiguración de recuerdos que conforman un cuerpo de imágenes, una unidad lógica de sentido.

 

DANIEL WENCE PARTIDA. Es autor de los libros de poesía: Nada de incrustaciones (Tierra Adentro – La Ceibita, 2010), Arlecchino (Montea, 2017), Discordantes (IZC, 2018) e Historia natural de la melancolía (ISIC, 2019), y coautor del libro ilustrado Frágil, el navegante (Alas y Raíces, 2020). Ha sido becario del programa Cultura para la Armonía, del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico de Michoacán y del FONCA – Coinversiones. Director fundador del Encuentro Nacional de Poetas Jóvenes Ciudad de Morelia. Recibió mención honorífica en el Primer Premio Nacional de Literatura Diversa, Zacatecas 2016. Ganador del XII Premio Internacional de Poesía en Lengua Castellana de la Fundación Jesús Serra. Barcelona, España, 2019. 


Fotografía de la autora: Hablemos escritoras


[*] En Literal Magazine: https://bit.ly/3s50rKS