Mi nombre es Patricio Olmedo, pero todos me dicen ‘Pato’, nací en Morelia, Michoacán y curso el sexto año de primaria en el Estado de México, cerca de la capital del país. La maestra nos pidió que escribiéramos un texto acerca de la manera en que nos llevamos con nuestros compañeros de clase y nuestra familia, así que aquí voy.

La verdad es que la relación con los demás alumnos de mi grado es bastante mala, apenas llegué este año y soy “el nuevo”, los niños de aquí son diferentes a los de Morelia, mucho más agresivos y con hábitos extraños. Ya vamos a la mitad del año y apenas tengo dos amigas, y eso, con dificultades, con los hombres de mi edad nunca me he llevado bien, ni siquiera allá en Michoacán, donde, al igual que aquí, solamente tenía dos amigas.

Estos meses han sido muy difíciles para mí, a mi papá lo cambiaron de lugar de trabajo y por eso nos mudamos, tuve que dejar mi escuela y los rumbos conocidos, vivía cerca del centro histórico, donde está la catedral, los museos, los hoteles y todos esos edificios coloniales de cantera rosa que a cualquiera le roban el aliento. Ahora todo lo que veo es tráfico y gigantescos y modernos edificios de vidrio, aquí parece que todo mundo vive en departamentos, aunque, a mí y a mi familia nos tocó una casa, mucho más pequeña que la que teníamos antes, aunque linda.

Extraño comprar helados saliendo de misa los domingos y jugar con mi hermano en la explanada de la iglesia, también me gustaba ir al cine los viernes por la tarde con mis amigas, mi mamá me iba a dejar y se esperaba afuera a que saliéramos para después dar la vuelta. Ahora todo eso se acabó, aquí los lugares quedan muy lejos unos de otros y mi mamá no nos puede sacar mucho a pasear porque está embarazada y el doctor dice que las cosas no están tan bien, tiene que guardar reposo, así que ni modo, me paso las tardes en casa.

Pero bueno, volviendo a lo de tener amigos, la verdad es que siempre he tenido algunos problemas para relacionarme con los demás, y no es porque yo no quiera ser amigable o sea antisocial, creo que el problema lo tienen ellos conmigo, tengo que decir que soy una persona distinta a todos: no me gusta el futbol, ni los deportes de contacto, detesto sudar o despeinarme, prefiero leer o dibujar, también jugar a los carritos con mi hermano y con las figuras de acción de superhéroes que son mis favoritas. Ya sé que ya estoy un poco grande para seguir jugando eso, pero me sigue divirtiendo. Creo que esa es la razón por la que los otros niños no me entienden, o yo no los entiendo a ellos, o las dos cosas, porque tal vez ellos me ven como un ser extraño al que no le gusta ensuciarse, y yo los veo a ellos como una manada de puerquitos salvajes corriendo atrás de una pelota, golpeándose unos a otros.

Evidentemente, me llevo mejor con las niñas, aunque tampoco con todas, porque a muchas de ellas también les gusta hablar y estar cerca de los puerquitos salvajes. Así que con mis dos amigas tenía y tengo suficiente para estar tranquilo, bueno, relativamente, la verdad es que allá en Morelia y aquí en México, siempre me han molestado, me gritan: ‘puto’, ‘maricón’ o ‘joto’, cada que se presenta la oportunidad. Hasta una maestra me lo dijo una vez (señora desgraciada).

No sé si sea por mi manera de hablar, de moverme o porque saco muy buenas calificaciones y siempre salgo en primer lugar del cuadro honor. Tal vez porque me junto con niñas o porque me gusta leer y dibujar, también puede ser que sea todo lo anterior junto, ya que ninguno de los que me insultan hacen esas cosas, y como a ellos no les agrada lo que yo hago, pues piensan que está mal y me tienen que agredir.

Las cosas no sólo se han quedado en palabras y en dos ocasiones sí me fui a los golpes, y las dos en esta escuela en la que estoy ahora. Es muy difícil estarse aguantando insultos todos los días. Digo, con esas dos veces que sí me aventé a pegarles, ya le han bajado a su intensidad; incluso uno de los niños con los que me peleé me empezó a caer bien, me saluda en buena onda y hasta platicamos a veces, se llama Ángel; me pidió disculpas y me dijo que había sido un tonto y que ya no volvería a molestarme. Incluso mencionó que podíamos ser amigos, aunque yo en ese momento tenía mis reservas.

Diana y Ana Luisa eran amigas desde antes de conocerme y cuando llegué, empecé a hablar con ellas porque nos dejaron un trabajo en equipo, y de ahí surgió la amistad; Diana es muy inteligente y los dos somos de excelencia académica y hasta competimos a ver quién saca el mejor promedio. Ana Luisa saca nueves y ochos, pero es súper agradable, así que los tres hacemos un buen grupo, muy parecido al que tenía en Morelia con Raquel y Laila. Con ellas me siento seguro, pero todos los demás son medio idiotas.

Yo ya no quisiera tener problemas con nadie, lo bueno es que después de las dos peleas y de que les empecé a contestar de manera agresiva y grosera, en el tono que ellos mismos usan, ya no me molestan tanto. Creo que ya estoy más tranquilo.

Con mi familia todo está bien, bueno con mi mamá y mi hermano; mi papá se porta como los niños de mi escuela, pero es diferente porque él es un adulto y tiene autoridad sobre mí. Se enoja por la manera que tengo de hablar o de moverme, y aunque no me dice ‘joto’ o ‘maricón’ directamente, me regaña y me grita cosas como: “Los hombres no decimos que algo está lindo” (y dice esa última palabra con un tono afeminado y burlón), “los hombres no nos movemos así, pareces vieja”, “qué tanto lees, sal a andar en bicicleta como los niños normales” y muchas otras frases hirientes. Además, mis tíos, hermanos de mi mamá y de mi papá, también me dicen cosas así, aunque menos enojados; por eso no me gusta ir a verlos. Lo bueno es que mis tías y mis abuelas y, sobre todo mi mamá, me quieren, me defienden y me consienten, así que ahí se equilibra el asunto.

La verdad es que muchas veces en las noches le he pedido a Dios que me quite esta manera de ser, que me ayude, que me gustaría ser el hijo que mi papá quería tener, como mi hermano, con él sí comparte muchas cosas y gustos y está contento con la forma en que se porta, aunque saca malas calificaciones y siempre mandan llamar a mis papás porque se portó mal.

Qué bueno que mi hermano sí me quiere como soy y yo a él, hasta me ha defendido en la escuela, aunque sea más chico, pero es muy valiente, yo también lo haría por él, no importa lo que tenga que hacer.

En fin, creo que Dios está muy ocupado en otros asuntos y no ha escuchado mis rezos por las noches, o a lo mejor él sí está contento con la forma en que yo soy, aunque los demás digan que no, en el catecismo me decían que él sabe mucho más de lo que nosotros sabemos y muchas veces no nos da lo que pedimos porque no es lo mejor para nosotros.

Lo peor es que creo que quizá mis compañeros de la escuela, mis tíos y mi papá tengan razón, a lo mejor sí soy un ‘joto’, ‘puto’ y ‘maricón’, porque de unos días para acá, cada que llego al salón de clases de la escuela, Ángel me sonríe y me saluda, muestra sus dientes blancos y perfectos y agita la mano con un gesto amistoso, después se despeina la negra y brillante cabellera y yo siento mariposas en el estómago y que se me doblen las rodillas, en ese momento le pido a Dios que me quite los malos pensamientos, pero, como es su costumbre, no me los quita y, pues yo imagino cosas que me da pena contar.

Foto de Mary Taylor en Pexels

FEDERICO CENDEJAS CORZO. Colaborador en diversos medios escritos electrónicos e impresos como las revistas Etcétera y Pálido punto de luz. Profesor a nivel medio superior y superior, actualmente catedrático en el CUIH y el CUMP. Doctorante en Humanidades (en el área de Literatura) en la Universidad Autónoma Metropolitana (Iztapalapa). Maestro en Literatura Mexicana Contemporánea por la Universidad Autónoma Metropolitana (Azcapotzalco). Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Licenciado en Comunicación por la Universidad Anáhuac.