Era un sábado por la mañana, recuerdo que era sábado porque mi mamá estaba en casa y había preparado su famoso “desayuno continental,” que consistía ante todo en un mise-en-scène, con copas de cristal llenas de jugo de naranja, servilletas de telas con adornos suntuosos de plástico, muchas flores, y comida para un batallón a pesar de que en casa éramos solo dos. Después de los desayunos de los sábados, nos alistábamos para salir al museo de arte contemporáneo que tanto le gustaba a mi madre y que quedaba justo en el centro de la ciudad, a lo que para mí eran años luz de nuestro apartamento. Íbamos religiosamente los sábados, como quien iba a misa los domingos, y mi madre me vestía como si se tratase de un evento oficial, vestidos abombados, sombrero de lazo y rizos en el pelo.

Calculo que debían ser las once de la mañana, porque cuando mi mamá recibió la llamada, estaba intentando fijarme los rizos con calor y laca. El secador hacía tanto ruido que casi no escuchamos el teléfono sonar. Pero el teléfono insistió con el ruido, y mi madre apagó el secador para atenderlo, no sin antes lucir fastidiada y pedirme que me apurara poniéndome el vestido. Lo que recuerdo luego, fue el ruido sordo del teléfono inalámbrico al caer al suelo, el salto en mi estómago y la náusea. Esa náusea que me avisaba que había ocurrido una tragedia, al escuchar el llanto de mi madre y al contar las veces que gritó que no. Salí corriendo con el vestido medio puesto y abracé a mi madre y lloré, sin saber por qué lloraba todavía, pero abrazándola fuerte con miedo a que se desvaneciera mientras temblaba y me decía, no puede ser, no puede ser

Mi tía Lorena, a quien llamábamos la nena, había muerto. Lorena, la más joven, la de los labios rojos, la de las cosquillas en el cuello, la más bonita de todas las tías en las bodas, la que siempre llegaba con un nuevo novio y le decía a mi abuela, “yo no me caso, yo me apasiono y olvido.” La nena, que siempre nos recibía con una sonrisa y nos decía “si quieren ser felices tienen que aprender a decir que no.” La artista que nos pintaba retratos todos los años, que se iba de gira por Europa y Asia y volvía con regalos y nuevo vocabulario. La nena ya no estaba. Y entonces lloré entendiendo la dimensión de mi dolor, y agarré a mi madre fuerte y le dije, como si yo fuera su madre “tranquila mamá yo estoy aquí.” Y ella con sus ojos inundados no supo qué hacer, salvo quedarse allí en el sofá abrazándose a sí misma, excavándose el cuerpo como si fuera tierra y no piel lo que lo cubría.

Años después supe que la nena se había matado un viernes por la noche, es decir, que mientras mi madre y yo engullíamos nuestro desayuno el sábado, su cuerpo yacía inerte y solo en la habitación de su casa, frente a la ventana cerrada que daba al lago y que tantas veces había pintado en sus lienzos. Encima de su cama encontraron un libro de poemas de Celan en donde subrayaba unos versos que fueron el único rastro de despedida que nos dejó la nena antes de volarse la cabeza con un revólver.

El ruido de su ausencia fue una detonación que nos acompañó por años como el testigo de una historia inconclusa, que no se cuenta por temor a los detalles. Los sábados nunca fueron los mismos, mi madre dejó de beber jugo de naranja, y ya no sintió ganas de comprar más flores. 

Foto de Henry & Co. en Pexels (modificada)


I.C. ROBY. Nació en Venezuela y creció en Caracas donde comenzó a escribir. Desde entonces ha vivido en Europa, Asia y Norte América. Actualmente reside en los Estados Unidos con A. y sus dos gatos.