Lo encontré en la Librería Pessoa de Querétaro, como novedad. He leído otros libros de la autora, ya me gustaba lo que escribía, pero este es un caso especial.

En México, la poesía es de los géneros más escritos. Veo difícil destacar en un ámbito tan vasto y con tan pocos referentes reales, pero García lo logra. Hay demasiados poetas intelectuales, varones, casi siempre burócratas, rondando los cincuenta, que se pasan las becas y se reparten los premios sin pudor, algunos incluso son monaguillos confesos o de plano plagiarios. El pobre nivel de la testosterona poética.

Quienes dan la nota son las poetas, eso sí, de lo más diversas, como Kenia Cano, María Rivera, Lucero Salgado, Tania Carrera o la aquí referida. ¿Por qué? Sencillo: trabajan, publican, hacen comunidad, enseñan, dan testimonio de la realidad y son originales.

En La destrucción del padre el tema no es nuevo, pero sí sorprende, porque refleja una absurda cotidianidad: cuando la violencia se impone sobre la infancia. Hay de todo: sangre, miedo, reflejos, “negra leche”, colores, pesadillas, recuerdos y, obvio, mucha muerte. Todo, absolutamente, es patético: “Mi padre hería mi piel levemente, me dolía y sangraba” (p. 27).

García nos recuerda que a veces la familia es holocausto: “Para mi padre, yo era un animal que debía ser sacrificado” (p. 27). García no juega con el lenguaje, ni gesticula banalidades, va al grano de su verdad, ofrenda versos como si en cada uno se le fuera la vida: “Te amputaste el índice con el que lo señalas, / con el que día a día apuntas a su sien/ simulando un arma dispuesta a besar” (p. 37).

Tomemos perspectiva: los recursos que usa sorprenden, pero no por lo que son, sino porque al ejecutar la lectura del poemario ya no importan. Lo mismo escribe agachada, susurrante, desde los pies de página, que compone versos libres, listados, “ejercicios” o divide su consumada obra en caprichosas secciones, como para reventar las cabezas de los literatos o para enganchar a las personas más sensatas, las que no necesitan definiciones.

No podría explicar a detalle cómo está compuesto el libro, pero tampoco importa. Basta decir que es congruente, tiene unidad de sentido y permite ver, incluso sentir por qué es importante destruir al padre y con él a la familia, esa embarazosa cotidianidad fingida: “La carne desollada se pronuncia/ con un gesto de asco/ encima de la mesa” (p. 85).

Los personajes de García son un sencillo reflejo del México contemporáneo: es la guerra de guerrillas en la mente y en la casa de tanta gente. A cualquiera puede recordarle una noche en su habitación planeando huir hacia una migración absoluta, pobre y angustiante, pero sobre todo necesaria, para alejarse de los gritos, de los moretones, del sufrimiento.

García llora, en esta novedad, lágrimas de sangre negra. Es complicado contener el propio llanto al pasar cada página, mientras caen lealtades, se desnudan verdades y se mira a un animal herido, agonizante, correr hasta el final, esperando a que termine pronto la destrucción, para volver a la claridad del presente. Esa fiera es la poeta, que maliciosa nos dice “Yo te veo, lector” (p. 45), como para asustarnos o hacernos cómplices.

Ella sabe que “Es fácil aterrorizar al otro con algo que nunca ha visto” (p. 77), aunque creo que se sorprendería si escuchara los lamentos de sus lectores cuando se miran ateridos, igual que ella, perdidos en un viejo y asqueroso recuerdo.

Quizás sea uno de los mejores poemarios de 2019. Tal vez rebasa los límites de la poesía y marca una nueva ruta, más libre, para escapar de la realidad, pero sobre todo para huir de la poesía aburrida que atormenta los anaqueles en las librerías.

No es indispensable añadir si lo recomiendo, pero creo necesario recordar que esto no es una crítica, sino un comentario.


Esther M. García
La destrucción del padre
El Periódico de las Señoras, 2019, 90 pp.

Fotografía del libro tomada de internet.

DANIEL ZETINA. Escritor mexicano, nació en la CDMX en 1979, creció en Morelos y ahora vive en Querétaro. Ha publicado 26 libros de cuento, novela, ensayo, poesía, antologías y manuales. Se dedica a editar libros con su propio sello, produce libretas, da talleres y ejerce su oficio como puede. Es un lector caprichoso y afirma que en México no existen los críticos literarios o son tan pocos que no representan un gremio. Hace reseñas para dar su opinión como lector.