Lo recibí por Correos de México, de la autora, dedicado. No la conozco, solo me interesó leerla. Antes que el contenido, me atrajo su aspecto: una versión artesanal, producido con cuadernillos cosidos y pasta rústica, refinado a mano, interiores en capuchino, guardas negras y una sola solapa. Curiosamente bello.

Revisando, hay todo un discurso editorial: la página legal anota: “Ejemplar: No. 2”; “Primera impresión: junio de 2012”. El colofón añade: “El tiraje de ejemplares, dependerá del éxito que este libro hecho a mano tenga” y que “cada ejemplar será único y se imprimirá tanto, como el público lector lo requiera”. Editora: Noemí Luna García, Eterno Femenino Ediciones.

Es un libro de 21 cuentos, con un monólogo de pilón al final. Me gustaron la mitad. De entrada, se descubre una ventaja en él: la autora escribe con total libertad, sin “respetar” cánones ni hacer homenajes (como esos aburridísimos cuentos que emulan a Rulfo). Santa Olaya hace lo que se le da la gana en su obra.

El cuento tiene elementos, cierto, pero no son rígidos. Es uno de los géneros que se presta más para la experimentación, como lo han hecho Luisa Valenzuela o Isaak Dinesen u otra que conozcas. Con Santa Olaya sumamos una opción más a los cuentarios sórdidos del México actual: aplausos.

En Sala de esperas hay libertad creativa y experimentación. La autora se siente cómoda usando diferentes tipos de lenguaje, siendo ella misma. Sus temas sí redundan en torno a la espera, la expectación, la oportunidad de que algo suceda. Desde una mamá luchona, pasando por una prostituta vacía, personajes solitarios en la CDMX, huérfanos, un piloto de avión, entre otra fauna salida de la mente o de los ojos afilados de la autora, que observan lo que tú y yo no vemos.

Mis favoritos son: “El diploma de Margarita”, donde una madre abnegada, viuda, pobre e ignorante intenta que el señor Gobierno le ayude, pero, como es de esperarse en el México de cualquier época y lugar, solo consigue ser burlada una vez más.

Otro es “El talón del último paso”, excéntrica narración en el subsuelo de la capital. El protagonista nos recuerda, en un tono de realismo mágico: “Seguro que existe un lugar al que pueda llegarse tan solo con una sonrisa y los pies descalzos” (p. 48). Igual es interesante “Las tierras de Agustín”, otro lugar común del país: el despojo familiar de una herencia.

También está “La oscura metamorfosis de las mariposas”, que honra la memoria de las mujeres torturadas por policías en San Mateo Atenco, Estado de México; una brutal imagen, que recuerda El apando de Revueltas y hasta El corazón de las tinieblas.

Uno de los mejor logrados es: “Boleto de ida y vuelta”, que cuenta el desasosiego de una mujer sola y perdida, en busca de un viejo amor en el metro. En un punto piensa: “¿Qué harán mis labios al tenerte cerca? ¿A qué olerá tu aliento? ¿A qué sabrá tu saliva?” (p. 79). A veces los viajes son solo una fatigosa sala de espera.

Sí me gustó el libro, por lo libre de su escritura, por ser reflejo de una realidad malsana de nuestra nación, por los personajes cotidianos y a la vez fantasiosos, por lo desfachatada de la escritura de Santa Olaya, que se aleja del preciosismo vacío de tantos autores mexicanos.


Angélica Santa Olaya, Sala de esperas
Ciudad de México, Eterno Femenino Ediciones, 2012, 160 pp.

DANIEL ZETINA. Es escritor, tallerista y editor. Optimista apocalíptico. Cuando no escribe, también escribe. danielzetinaescritor@gmail.com