Ya sé que el mal
se presenta en cualquier tiempo
y que toma cualquier forma...
ELENA GARRO 

Fue en 1991, un año maligno, y debimos imaginarlo pero nadie lo vio venir. Con tres meses de embarazo mi panza no había crecido todavía y me movía ligera en la casa, ocupada en las faenas. A esa hora ya había regresado del molino y en el brasero de la cocina silbaba alegre la tamalera de lámina con sus tamales dentro, bien envueltitos y apretujados unos contra otros, cociéndose como debe ser, sin pleitos que los pusieran masudos. Ese día también íbamos a hacer mole, señor. En la cazuela de barro rojo asentada en la lumbre del patio, chirriaba gustosa en manteca la revoltura que salía del metate: chiles secos asados, cacahuate, plátano, chocolate, ajonjolí, y toda la sarta de cosas que mi madre sabía ponerle al mole según su costumbre amatleca.

Al sonar las doce campanadas un olor negro, peor que cuando prenden fuego a los cañales y las alimañas huyen despavoridas, cundió el patio y viajó hasta la mesa donde almorzaban mi viejo Hipólito, mi tata y mis hermanitos. Sentí una poderosa y ardiente tenaza paralizar mi lengua. Los platos que llevaba y traía de la cocina a la estancia, volaron como pájaros bajo el estruendo del rayo. Un olor a pluma quemada, asfixiante y siniestro como un alma mala, como un velo espeso, se apoderó de la casa. Mi madre entró santiguándose. A señas nos indicó empapar las servilletas de las tortillas en la tinaja de barro repleta de agua bendecida en la Parroquia de La Soledad que reposaba mientras llegaba el momento de rociar la casa. Nos cubrimos las caras y huimos ciegos, como murciélagos espantados de sus cavernas con antorchas. Cada quien carga su cruz señor, pero a mi familia le tocó una bien pesada. Fue el mero día de la Santa Cruz cuando nos cayó del cielo la maldición, ¡cómo se me va a olvidar! Mi viejo y yo acabábamos de construir nuestra casita, un cuartito que miraba hacia las vías del tren, ¿sabe?

¡Qué nos iba a molestar el ruido de los trenes al pasar!, nada de eso. Más nos molestaba la carencia de un terrenito propio donde nadie nos mirara feo y donde criáramos nuestras propias aves de corral. Un lugarcito donde nuestros chilpayates jugaran a gusto. Para eso trabajábamos harto mi viejo y yo. Al alba me iba al molino para ser de las primeras y me diera tiempo de tener mis tamales calentitos a la llegada de los trabajadores. Los envolvía en hojas de milpa, según mi abuela me enseñó. Los vendía bien, cerca de la entrada de la fábrica. Por eso nos fuimos a vivir cerca de allí. Esa vez no eran para vender señor, si no para mis viejos y mis hermanos chicos quienes habían venido desde Amatlán el día anterior.

Era un cuarto grande con rústicas ventanas que dejaban ver las blancas estrellas, primeras florescencias de los cafetos regalo de los compadres de Ixhuatlán, entremezcladas con los manchones verdes, morados y lilas de las hortensias. Una mecedora comprada en Peñuela, era nuestro bien mayor. En ella reposaba por las tardes mis pies hinchados. Nos creíamos afortunados. Mi Hipólito, para darme gusto, construyó una cocina amplia y llena de luz, le puso un lavadero de granito que trajimos de Yanga y una llave de agua fresca donde yo fregaba ollas y platos; me sentía rete contenta. Un fogón de carbón y una mesa grande de pino con su mantel de plástico estampado de rosas rojas, daban mucho servicio cuando venía la parentela. Los viajes a Córdoba ya los podían hacer de un día para otro con comodidad, pues no era fácil acarrear las compras para cubrir las necesidades del rancho, incluyendo la crianza de gallinas criollas y totoles. Mi familia vivía de la venta de huevo y carne, la cual me traía cada semana para rellenar los tamales. Esa noche habíamos dormido amontonados pero tranquilos, sin deberle nada a nadie y seguros que la vida nos bendecía. Desde ese día ya no he vuelto a dormir en paz señor, ésa fue la última noche de creer que todo se cumple si una es buena cristiana, no hace mal a nadie y va a misa los domingos y días de guardar.

Mi viejo era albañil y el 3 de mayo era su mero día. A las 12 de la mañana repican las campanas y se truenan cohetes y cohetones, señal que las cruces, decoradas con flores de papel y un lienzo blanco de brazo a brazo, ya pueden subirse a la parte más alta de cada construcción, grande o chiquita, rica o pobre. Luego vienen el mole y los tamales y el festejo, en donde dueños y trabajadores conviven como familia. Esa camaradería, y la cruz en lo alto, sirven para mantener alejado al maligno, el cual, todo el mundo sabe, no resiste la fraternidad, la sinceridad y el signo de Cristo. 

Ese 3 de mayo, a pesar de estar unidos y contentos, el demonio se tragó nuestra casa hasta las raíces. Desde ese día, ya nunca fuimos los mismos. Nunca volvimos a acercarnos a aquella casa maldecida. Todas las pertenencias las perdimos. Mis hermanos se fueron secando y mis pobres padres dedicaron la poca vida que les quedaba a curarlos sin conseguirlo. Vendieron el rancho, sus animales, y el dinero lo gastaron en exorcistas y brujos, perdone usté la blasfemia, sin conseguir nada, pues sus hijos acabaron en medio de grandísimos dolores, arrojando espumarajos verdes por la boca, como mueren los endemoniados.

Mi viejo y yo regresamos a casa de mis suegros, otra vez a sufrir la vergüenza de vivir arrimados. Lo peor fue que Hipólito, con el vientre hinchado, sin sostenerse en pie, sin poder cargar bultos pesados como requiere su oficio, no volvió a trabajar. Sin saber qué tenía, los médicos del Seguro Social solo le daban pastillas para calmarle los dolores y guardaban silencio. Yo seguí adelante con mi preñez y a los seis meses de aquello, en noviembre, justo el día de los Fieles Difuntos, parí un niñito sin pies. El Diablo, que tiene patas de cabra, se los robó de pura envidia. Y para hacer más grande mi pena, fue imposible amamantarlo, la leche me salía oscura y agria como si el humo de ese día maldito se me hubiera metido dentro del pecho. Crie a mi pobre niño con puro atole de masa. El inocente se quedó chiquito, no tenía yo para más. Ya nadie me compró tamales. Mi suegra nunca se compadeció de mí, me echaba la culpa de la maldición de su hijo por haberme querido ir a vivir a La Estación. Me miraba con ojos de furia y reclamo mientras veíamos ambas cómo Hipólito se iba apagando en medio de dolores en su vientre. ¿Y yo? Era su hijo pero también mi marido, a mí también me dolía verle así.

Por eso le cuento todo esto señor cura, para que me ayude. Miro secarse a mi niño día con día, igualito que vi a mis hermanos, a mis padres y a mi Hipólito. A la hora de levantarlo y vestirlo, no se deja coger. Lo mismo pasa al querer sentarlo en la silla de ruedas que usté le regaló o al darle sus alimentos. Mis manos tratan de agarrarlo a él o a las cobijas, a las ollas, a los platos, a su ropa y no lo logran. Ya no tengo fuerzas para cuidarlo.  


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LILIA RAMÍREZ. Sus poemas y narraciones aparecen en diversas antologías y sitios web. Ha publicado los poemarios: Komorebi (Edición de autor, 2019), Las botas (Edición de autor, 2018), Por aquí pueden pasar (ALCM, 2018), Las ruedas de San Miguel. (Letras de Pasto Verde, 2017), Ciudades que habito (Manantial entre arenas, 2016), Perros de otoño (Ediciones Ají, 2016), Voluntades cotidianas (Edición de autor, 2015), El alma de la caña (Edición de autor, 2009), La mujer que dividió el tiempo (Edición de autor, 2004), Flores del Cosmos (Letras de Pasto Verde, 2003), Retratos de Aromas (Letras de Pasto Verde, 2000). Recibió, primer lugar en el Concurso Erradicando la violencia contra las mujeres, convocado por el INDESOL (2017), la primera Mención Honorífica de los XXXI Juegos Florales de Coatzacoalcos (2017), el tercer lugar Concurso de Poesía de la ALCM (2016), la M. H. del Premio Nacional de Poesía Tuxtepec Río Papaloapan (2009), el tercer lugar Juegos Florales Nacionales de Papantla (2008). Ha sido antologada en Estados Unidos, Argentina, España, México, en revistas como Castálida, Parteaguas, Plan de los pájaros, La Llama Azul, ensentidofigurado, Eco y Latido, y en colectivos como Susurros de Eros, Poetas verdes de Andalucía y Más Luz de Madrid. Recientemente publico el ebook de poemas El movimiento de las sombras, bajo el sello editorial de Bitácora de vuelos ediciones.