Dedicado a mis amigos de Foco Independiente
y las mujeres que cocinan este antojito.

El tiempo es injusto. A veces es tan veloz que uno no puede sentarse a descansar, y otras, cuando ya nos ha desgastado tanto, se detiene y tortura. Cuando uno llega a esta edad el tiempo es inútil, la noche y el día se vuelven uno solo: dormir, despertar, comer y cagar son ahora mi rutina, al igual que respirar. No me siento sola, eso ya ni siquiera me importa, me acostumbré a ser olvidada, a ser alguien que vive de más. Ahora solo vivo de recuerdos. Soy un recuerdo; a esta edad lo único que te entretiene es recrear el pasado.

Lo que más recuerdo de mi infancia es el puesto de chalupa de mi mamá. Fue la segunda mujer en tener un puesto de chalupas en el torreón, la primera fue mi abuela, quien le enseñó a prepararlas. El proceso era simple: tortillas fritas en manteca, untadas con salsa verde y a las que se les agregaba papas, pollo desmenuzado, lechuga, queso rallado y chiles en vinagre.

Mi abuela era una señora muy corajuda y por todo nos reprendía. Nos criamos en su casa, mi mamá dejó a mi papá cuando yo apenas tenía un año. Él se volvió a casar y tuvo 5 hijos con su esposa, y 3 más con otras mujeres. A mí nunca me reconoció como hija, ni siquiera me saludaba… Un día fue al puesto de chalupas de mi mamá y le dijo muchas cosas feas: “zorra” “por eso me dejaste, para andar de güila” “te ves bien mal con esa panza” “tu hijo es de varios chiles”, mi mamá, enojada, le respondió: “eres un poco hombre, por eso me fui”. Después le lanzó la olla de café, mi papá empezó a gritar y los clientes a reír. Al otro día el chisme andaba por todo el pueblo, mi papá jamás regresó a molestar a mi mamá.

Crecí viendo cómo se hacían las chalupas y ayudaba a mi mamá a preparar el chile, desmenuzar el pollo, rallar el queso y picar la lechuga. También la acompañaba al puesto y me encargaba de despachar y cobrar. Mi mamá sólo se dedicaba a hacerlas. Nunca se despegaba de la charola.

La gente iba a comprar todas las tardes y eso era muy agotador, porque los 7 días de la semana se ponía y tenía que ayudarle en todo. Mi abuela ya no salía de casa, se quedaba a cuidar a mis hermanos. Mamá jamás volvió a casarse, decía “No necesito un inútil a mi lado”. Pero, a veces iban hombres que se comportaban de manera diferente; más platicadores de lo normal y risueños. Mi mamá no se enojaba, por el contrario, les seguía la plática y hasta les sonreía. Al otro día volvía a estar con el mismo humor y aquellos hombres no regresaban.

Antes no sabía cómo se hacían los bebés y pensaba que si se los pedías a diosito te los mandaba. Según así pedí a mis hermanos. Me sentía tan sola que un día que fui a la iglesia y le dije a Santiaguito “no quiero estar sola, quiero una hermanita”. Al poco tiempo a mi mamá le creció el estómago y nació mi hermano Juan; después del año, mi hermano Pablo. Yo me sentía feliz, porque ya no iba a estar sola, pero mi mamá no; la escuchaba llorar en las noches y nunca la vi acariciar su pansa, ni siquiera le prestaba atención.

La alegría de tener hermanos se desvaneció, porque tenía que ayudar a mi mamá a cuidarlos; me levantaba desde las cinco de la mañana para poner el nixtamal, después para ir al molino, llegando tenía que lavar pañales, y hasta medio día venía desayunando. Mi mamá preparaba una olla de atole para darles a los bebés y cuando sobraba a mí también me daba.

Después tenía que ayudarla a preparar las cosas para el puesto, al terminar me tocaba lavar los trastes y a veces también bañar a mis hermanos. Mi mamá hacia todo lo demás: preparar la salsa, hervir las papas y el pollo, hacer las tortillas y los chiles en vinagre, y medio limpiar la casa. Mi abuela, por su edad, sólo le daba de comer a las gallinas y cuidaba a los bebés. Siempre se sentaba en un banco de madera a tomar el sol. No le gustaba que le hablara, decía que era muy ruidosa.

Cuando era niña siempre soñé usar un vestido bonito en los días de feria. La iglesia se adornaba de fruta y todos iban bien arreglados a misa. Los hombres pasaban con sus sombreros y botas brillando, las mujeres iban bien peinadas y maquilladas, las niñas pasaban bañadas y con ropa nueva. En cambio, yo olía a grasa y mis pies estaban salpicados de manteca.  En vez de esperar la feria con alegría, me asustaba ya que casi no dormíamos, eran los días más pesados. Llegábamos a casa como a las tres de la mañana y nos despertábamos a las cinco para preparar las cosas. Yo no iba a la escuela, medio sé escribir y leer. Sólo sé contar.

Antes ni siquiera me gustaban las chalupas, me era muy chocante su olor que se impregnaba en mi ropa, cabello y piel, aunque me bañara no desaparecía de mi ser; todos los días olía a manteca frita. Ese aroma que repudiaba se volvió parte de mi existencia, y sin darme cuenta, un día desapareció. Necesito escuchar el sonido de la tortilla al freírse en la manteca y tocar el queso y la lechuga con mis dedos, como si fueran una extensión de ellos. Quiero devorarme a mí misma.

Pero ninguna de mis hijas me lleva a comerlas, dicen que estoy muy enferma, es mejor así, porque no las hacen como antes, ahora las fríen con aceite y se les quita el sabor y las tortillas ya no son hechas a manos, sino de tortillería.

Estaba bien chica, me fui a vivir con él a los 15 años, cansada de vender chalupas todos lo días. Mi mamá se veía más cansada y yo empezaba a hacerme cargo de más cosas. Conocí a Francisco en el puesto, ya que ni a bailes podía ir. Él empezó a ir todos los días al puesto y en las mañanas, cuando iba al molino, él me esperaba. Una mañana me dijo que me fuera para su casa, llevaba mi cubeta de nixtamal, dudé un poco porque mi mamá la estaba esperando, pero en eso me encontré con doña Lupe y le encargué la cubeta.

Ese día no puso su puesto, dice doña Lupe que estaba bien enojada. No fui a verla hasta los tres meses, ya estaba más tranquila. Mis hermanos no la podían ayudar, porque los hombres no sirven para esas cosas, mamá se veía más desgastada a pesar de que tenía 35 años.

Francisco era como todos los hombres, me daba unas buenas pambas casi todos los días. A veces ni quiera sabía por qué, me tomaba de los cabellos y me aventaba. Tenía que seguir levantándome temprano para ir al nixtamal, para hacer la limpieza, ir a dejarle de comer a la milpa, y además dejarme tocar. Me regresé a mi casa en menos de un año, y como no me embaracé él andaba diciendo que me había dejado porque era estéril y así no le servía.

Entonces me di cuenta de que nunca iba poder escapar de este destino, lo había intentado, pero de nada sirvió. Mi mamá no me dijo nada, no me consoló, pero tampoco me regañó. Mis hermanos se alegraron mucho de que regresara. Ellos se encargaban de traer la leña, mi mamá ya no tenía que comprarla. Un día ya no despertó, antes de dormir estaba tosiendo mucho. Ese día fui yo sola al puesto y cuando regresé la vi en su cama acostada, se escuchaba un silbido de su pecho, sus manos estaban frías y moradas. No le tomé mucha importancia, me sentía cansada y fui a dormir, al despertarme no escuché más ese silbido, me acerqué a su cama y la vi tan tranquila. Nunca más abrió sus ojos.

Me hice cargo del puesto, pensaba que sería fácil. Había visto a mi mamá preparar la salsa verde, los chiles en vinagre y las tortillas.  Nunca me quedó esa salsa. Los primeros días la gente trataba de alentarme, me decían que con calma le iba agarrar el truco, “que el don ya lo tenía”, “que eso era de familia”. Pero después de algunos meses la gente empezó a quejarse, “que pura porquería vendía”. Las tortillas me quedaban muy gruesas, mi mamá las hacía bien delgaditas y no se le rompían, yo no podía hacerlas de ese grosor y cuando las echaba en la manteca tardaban en dorarse; la salsa me quedaba agria, desabrida o picosa.

La gente dejo de ir, y doña Gloria me hizo la competencia, puso un puesto a lado mío. Todos compraban con ella. Aunque sus tortillas eran de tortillería, pero se doraban más rápido. Tal vez también debí de comprar las tortillas de tortillería, pero la salsa verde era el problema, nunca me pudo quedar.

Mejor opté por vender elotes, mis hermanos trabajaban en el campo y ellos me conseguían los elotes a buen precio, pero no salió como esperaba. A veces me pasaba de tequesquite y se ponían muy amarillos, otras les ponían de más pericón y olían a té, y también me quedaban duros. Pero con la mayonesa, el queso y el chile no se notaba mucho. Los fines hacía esquites, esos me quedaban bien, porque usaba manteca. Apenas teníamos para comer, por eso mis hermanos mejor se fueron al otro lado. Jamás regresaron ni me escribieron. Doña Luisa me dijo que su hijo los había visto y ya estaban casados y hasta nietos tenían. Para saber si eso es cierto, sólo dios lo sabe.

Yo seguí vendiendo elotes todas las tardes, me estaba haciendo vieja y no me había casado, pensé en tener también un hijo, pero quién me lo iba a cuidar. No quería terminar sola, si no hubiera sido por Pedro, él era de fuera. Era cohetero, lo conocí en la feria, había venido con sus amigos a poner el castillo, fue a comprar un elote y de ahí surgió el interés. Me portaba risueña, no me gustaba, pero no quería estar sola.  La gente al ver su interés en mí empezó a decirle que yo era una güila, que no era virgen, que ya había tenido un hombre antes, que me había dejado porque no podía tener hijos. Aún así se quedó conmigo y tuvimos dos hijas. Nunca dijo nada de su familia, sólo sé que venía de Tulancingo. Él se dedicó a la carpintería y no me dejó seguir vendiendo elotes, pero tampoco quería hacerlo; estaba muy cansada. No fue tan mal esposo, a veces me daba unas buenas friegas, pero muy rara vez, cuando escuchaba algún chisme.

Ahora nos toleramos, creo que nunca hubo amor, pero así fuimos felices. Hay días que no nos hablamos, pero no es porque estemos enojado, simplemente no sabemos qué decir. Yo me siento a tejer e intento acortar el tiempo. Él hace que se va a la milpa a ver a sus trabajadores e intenta que avance el tiempo. Pero no podemos. La muerte se rehúsa a aparecer y eso no es justo, no tiene sentido alargar una historia que no tiene nada que contar.

La vida no tiene mucho sentido, pero aprendí a no buscárselo, para qué desgastarme. Simplemente me limito a respirar y a esperar.

Foto de billow926 en Pexels


LILIANA SANTIAGO RAMÍREZ. Originaria de la comunidad de San Miguel Caltepantla, Tecozautla, Hidalgo. Estudió en la Universidad Autónoma de Querétaro la licenciatura en Estudios Literarios donde despertó su interés por la escritura, la obra de Sergio Galindo, "Otilia Rauda". Su primera producción artística titulada “Escucha correr el agua del arroyo” ha sido influida por su observación sobre las mujeres que habitan el municipio de Tecozaulta así como sus alrededores. Los temas más recurrentes en su obra son la muerte, la soledad y el tiempo. Asimismo, la imagen de su madre, una mujer de bajos recursos madre soltera y victiva de discriminación, marcó su infancia y posteriormente su obra. Ha participado en el programa de radio “El siguiente libro” de J’ADORE Montreal y “Labios Violeta”, en el programa  de televisión “Capital de letras” de Capital 21 donde leyó dos de sus cuentos “Carnaval” y “La espera”. En 2020 su cuento “Nostalgia Nocturna” fue seleccionada para ser leído el  “Día De Las Escritoras” en la Biblioteca Nacional de México, por la Dra. Laurette Godinas.