Sólo los niños huérfanos adquieren habilidades sobrehumanas, según las películas noventeras con las que crecí. 

A los cinco años, cuando mi madre iba de compras en su auto, esperaba la noticia del terrible accidente con el que serían revelados mis poderes especiales; lloraba por el luto hasta quedarme dormida y despertaba con un beso de mi querida progenitora mencionando que el desayuno estaba listo.  

A medida que crecí las esperanzas de quedar huérfana fueron menguando. Estaba tan decepcionada por no tener una familia con historiales trágicos que consideré forzar la orfandad huyendo de casa, en especial cuando llegué a la adolescencia y las peleas madre-hija se desataron. Con dieciocho años me resigné a no ser una niña prodigio y dejé de pensar en la muerte. En todo caso, durante las explosiones de cólera ideaba planes para escapar por la ventana de mi cuarto y explorar la libertad. 

Aunque educada en la derecha católica, mi hermana se comprometió con su novia; la decepción familiar depositó todas sus esperanzas de un posible linaje en mí y comenzaron a celarme para no caer en la ofensa que significa una relación con otra mujer. 

Harta de los “¿para cuándo el novio?” y “mi niña, soñé que tenías un bebé”, consideré que la mayoría de edad en la cartera era suficiente para poner en práctica lo que había fantaseado. Atravesé la ventana y disfruté un segundo de independencia, cuando caí en cuenta que nunca había planeado el paso siguiente. 

Un compañero lleno de bondad me alojó en su casa un par de días; me desagradó bastante contemplar el desorden de ese lugar, pero no podía quejarme, un techo es un techo. Tampoco di queja cuando me asaltó a mitad de la noche. Si no tienes dinero, dar un revés a la María Félix y salir con orgullo suena a un privilegio que no te puedes dar y, al final, no tenía nada más para pagarle. Desde entonces he recibido medicinas, dinero o techo de mis amigos, siempre pagando el favor. 

Ser mesera es un empleo honorable, según dicen: doscientos pesos por diez u once horas de trabajo. Sin encontrar nada mejor, comencé la vida de explotación laboral compartiendo la mitad de mis propinas con el gerente y trabajando horas extras por apenas nada. Me apena que mis conocidos noten las oscuras bolsas formadas debajo de mis ojos, junto a la piel quebrada del cansancio, cuando siempre fui orgullosa de mi natural belleza y sonrosado color. 

Llorar se convirtió en mi actividad favorita. El idealismo característico de la juventud me fue arrebatado sin escrúpulos, un velo gris nubla mi vista y siento odio por todo: los salarios mínimos, los malos amigos, y las numerosas pastillas de emergencia que me veo forzada a tomar por no objetar siquiera el uso de protección. Todos muestran su caballerosidad con una pastilla y un vaso de agua por la mañana, otro favor.

Estos meses las caricias han resultado repugnantes. Mis ojos se inundan e hinchan cada noche en el cuarto que logré alquilar y finjo estar dormida cuando llega el rentero a cobrarse el descuento que me hace por ser estudiante. 

Mientras mi cuerpo es rasgado, veo la ventana y vuelvo a concebirla como una ruta de escape, con la maravillosa ventaja de que esta habitación se encuentra en un tercer piso.

Fotografía de Pexels

SARA PADILLA. Escritora. Estudiante de Lic. en Historia de la Universidad Autónoma de Aguascalientes y estudiante del Diplomado de Escritura Creativa y Crítica Literaria UNAM. Ha tomado talleres de creación literaria en INBAL y Escuela NOX. Publicada en revistas literarias como Letralia y Granuja. Ganadora de tercer lugar en concurso “Talentos Universitarios 2019” en la categoría de cuento. Fue guionista y locutora de programa “Ases Históricos” para Radio Universidad, dedicado a la difusión histórica del 2018-2021.