Foto tomada de La tinta del silencio

I

La narrativa latinoamericana concede demasiada importancia al testimonio. La memoria y el llamado giro subjetivista son el nuevo boom editorial.  En esta encrucijada por “la verdad”, se encumbra la perspectiva de un autor-narrador que es, al mismo tiempo, el personaje que ingresa en la escena, se involucra con ésta afectivamente y la interpreta. El testimonio del escritor se vuelve una pieza clave en el contrato de lectura, pues estaría destinado a convalidar la “honestidad” de los hechos consignados en la narración.

El auge de la literatura testimonial se constata en la abundancia de autobiografías, novelas autoficcionales (o de “no-ficción”), crónicas —e incluso algunos ejercicios ensayísticos— que engrosan los catálogos de novedades y libros premiados del momento. Se trata de híbridos que comparten tanto la referencialidad a una realidad a la que apelan, como el discurso literario en el que los signos verbales introducen una dimensión estética; escrituras que fusionan al autor con el narrador a través de una experiencia en la que el cuerpo, expresado en un “yo”, examina un suceso y lo reconstruye.

La paradoja de este nuevo realismo estriba precisamente en esa pretensión de ser un discurso verídico, pero sin renunciar a las estrategias de ficcionalización propias de la construcción literaria. Pero si bien es cierto que la demanda social por la verdad, no sólo en un sentido denuncia o de protesta, es la constante en la narrativa de la actualidad, no es la literatura testimonial la que ofrece reflexiones más estructuradas ni más profundas sobre el dilema de la escritura: decir verdad; hacer ficción.

Lejos de las tendencias editoriales del momento, es posible hallar obras que no necesitan referencias externas para legitimarse. Títulos complejos que recuerdan que la ficción literaria no es una “mentira”, un “invento”, algo inexistente o ajeno a la realidad, sino que forma parte de ésta, y nos ayuda a comprenderla; apuestas que evocan aquella idea de André Gide, según la cual, “nos acercamos más a la verdad con la novela”. Un ejemplo de esto es Mal estar (2021) de Javier Zúñiga.

II


Mal estar es una novela corta cuyo tema central es la reflexión en torno a la escritura y la trasfiguración del ser por medio de la ficción literaria. Desde el inicio se traza el hilo conductor que, de manera sutil, se asomará a lo largo de la narración:

 

escribir es lo más inhumano que puedo hacer. Sirvan las palabras para entregar una máscara, un espejo deforme, un laberinto

La escritura deforma, intrinca, deshumaniza. El acto de escribir permite, sin embargo, un desdoblamiento, una alteridad:


hoy amanecí siendo Jaén Santiago ¿Qué maravillas realizaré ahora que el mundo está, por mí, rebasado?

 “Escribir” no sólo es la primera palabra es esta novela: es una de las más reiteradas. Narrar una vida disfrazada, trasfigurada —la de Jaén Santiago— no es un capricho o una ocurrencia, sino una “necesidad”,

 

una imposición a mi voluntad, más grande y hasta más necesaria que la respiración, la única razón por la cual estaría dispuesto al caos y a la destrucción o a la resurrección en cuerpo y alma

Mal estar desarrolla una idea medular: toda escritura transforma la experiencia en ficción. La memoria, parece decirnos Zúñiga, no puede aspirar a la fidelidad, pues

 

escribir es el grito de dolor de una ficción que es sólo en el imaginario, o que fue en la existencia, pero una vez vuelta palabras no puede ser más que ficción, incluso el dolor que encierra, incluso el recuerdo

Los testimonios de vida no pueden tomarse como referencias verídicas en el ejercicio literario, pues son representaciones estéticas. En este sentido, el argumento de fondo remite a la noción de “desfiguración” que Paul de Man propuso para abordar la autobiografía. Según el crítico belga, escribir sobre la vida no pasa de ser una “ilusión referencial”. En la escritura literaria, los hechos y las ficciones no se pueden distinguir, habitan una zona de indecidibles. La reflexión de Mal estar incide en este punto:


podría o no contar mi vida, daría igual hacerlo o no, pues nada me permite estar fuera de eso que nombran realidad, que en última instancia podría tratarse de un sueño, el sueño de Jaén

Sueño, imaginación, enmascaramiento. Jaén Santiago es una desfiguración del autor, una inquisitoria. François Muriac apuntaba que “Sólo la ficción no miente: ella entreabre en la vida del hombre una puerta secreta por donde se desliza, más allá de todo control, su alma desconocida.” Por medio de este personaje, Javier Zúñiga busca entreabrir esas puertas secretas por las que autor y lector comparten una experiencia. El contrato de lectura de Mal estar evoca ese otro “pacto” descrito por Philippe Lejeune, no el autobiográfico, sino el ficcional, el “fantasmático”, ese en el que “el lector es invitado a leer las novelas no sólo como ficciones que remiten a una realidad sobre la «naturaleza humana», sino también como fantasmas reveladores del individuo”. 

III

Mal estar es una novela erótica: narra los anhelos emocionales y sexuales de Jaén Santiago, un personaje que se bate entre el apetito carnal y la blasfemia, entre deseos y alucinaciones que alimentan la escritura. Se trata de un erotismo atípico, no convencional, y en todo caso, poco comercial. Un erotismo desgarrado en el que la presencia divina es constantemente interpelada, cuestionada e incluso vituperada. La soledad, la relación con la amada, los deseos delirantes y, ante todo, la escritura del malestar, son los tópicos que se entrecruzan en este libro de Zúñiga.

La novela, sin embargo, descuella también por su forma: se organiza a través de parágrafos cortos interrumpidos por enunciados lapidarios, sentenciosos, es decir, aforismos —poéticos, cuando aspiran a despertar una sensación estética; o filosóficos, cuando lo que generan es un efecto gnoseológico. La dislocación del discurso a través de los aforismos rompe con la linealidad de la narración. La discontinuidad desafía en más de un momento al lector, pues a través de este registro se juega con la temporalidad y la secuencia de la narración. El lector es orillado a vagabundear en un ir y venir de la historia.

La brevedad es una de las virtudes en la pluma de Zúñiga. Aunque no todos los aforismos de esta novela están logrados, es posible hallar numerosas muestras de una sugerente (e inteligente) economía verbal:

 

escribir es mirar una vena que se desangra

*

preferir la incertidumbre como verdad

*

cualquier río es Heráclito

*

escribir es traspirar jugos gástricos

*

risa: azote de la soledad

*

ni los recuerdos permanecen intactos.

Los aforismos permiten otra forma de leer el libro, no sólo por la discontinuidad y la pausa reflexiva a la que invitan, sino también por juego visual que generan esas líneas que interrumpen el flujo de la lectura. Se avizora otra forma de narrar la experiencia.

Mal estar, por otra parte, recupera inquietudes que Zúñiga ha expuesto en otros títulos: la presencia del bien y del mal, el escrutinio en torno a la divinidad, el registro de lo erótico, a nivel temático; y la brevedad y la síntesis, a nivel formal. El escritor poblano regresa a temas, motivos y modos de abordaje que han signado parte de su trayectoria literaria, pero con nuevos bríos. Si algo hay que celebrar en Mal estar, es el deseo de aportación, y de renovación de las rutas ya emprendidas. 

Mal estar es, además, una novela circular, en la que no cabe la improvisación. Las palabras finales son la bisagra que intenta entreabrir esa puerta secreta por la que se desliza el alma desconocida de un hombre:

 

cierro los ojos deseando ofrendar mi sangre a este sol, que ha estado tanto tiempo en veda, a este Dios necesitado, a éste que me pudo encontrar, igual que mi padre, a pesar de llamarme Jaén Santiago. ¿Qué maravillas realizaré mañana en el mundo que por completo me ha rebasado?           


La escritura de Zúñiga fusionan al autor con el narrador a través de una experiencia en la que el cuerpo, expresado en un “yo ficticio”, se examina así mismo, siempre desde el ángulo de la trasfiguración literaria y sus posibilidades estéticas.  Esta rara avis de la novela mexicana pertenece a las narraciones fractales que basan su discontinuidad en el cruce con el fragmento y el aforismo, novelas como Minotauromaquia (1976), En jirones (1985) o Cuaderno ideal (2014), con las que es posible hallar un aire de familia. 

*Javier Zúñiga. Mal estar. Ediciones Azimut, 2021.