Me encanta la dramaturgia de Tennessee Williams (Columbus, Misisipi, 26 de marzo de 1911- Nueva York, Nueva York, 25 de febrero de 1983) y lo digo así de golpe y en espera de los “¿¡cómo es posible, es tan anticuado?!” que a veces he tenido que escuchar de algunos jóvenes (ya ni tanto) teatreros. Pues les comento que no hay nada más alejado de lo arcaico que un texto de Williams, ni siquiera sus últimas obras cortas aunque ya no fueran bien recibidas por la crítica.

Una de las características de Tennessee que tiene separada a la población que se dedica a las artes escénicas es el uso de largas acotaciones que más parecerían novelas dentro de la dramaturgia; a muchos nos encantan, otros las desprecian. Algo que en lo personal me fascina son esos personajes aparentemente tan complejos que me hacen sentir menos sola en el mundo, al identificarme con ellos.

Independientemente de lo que se permita cada quien hacer con esas acotaciones, en mi caso es algo que me atraer de un autor que tiene la doble cualidad de ser leído como simple texto literario o como dramaturgia, y deben reconocer que pocos pueden alcanzar ese grado de genialidad. De hecho, esa fue una característica de los dramaturgos norteamericanos de mediados del siglo XX, su amplia narrativa que confundió a más de un incauto, así como el replanteamiento poético enlazado con técnicas escénicas innovadoras.

Inició escribiendo ensayo, cuento, poesía; pensó que podría ser periodista, pero la literatura lo atrajo con mayor fuerza, incluso cuando su padre lo sacó de la universidad para llevarlo a trabajar con él a la fábrica de zapatos. Para no olvidar su pasión ante un trabajo que lo hacía sentir completamente infeliz, se propuso escribir un texto por semana, cosa que fue cumpliendo a pesar de los desvelos que eso significó y el posterior colapso nervioso que tuvo a los veinticuatro años.

Era de salud delicada pero dueño de una fuerte personalidad cuyo deseo fue siempre dedicarse a la literatura por sobre cualquier otra cosa; combinen eso con  el enfrentamiento constante al machismo que imperaba en su hogar, la debilidad maternal y los fuertes problemas emocionales que desarrolló su hermana Rose; agréguenle que Thomas Lanier Williams III (su nombre verdadero) ejerció su  homosexualidad a pesar de la fuerte presencia censora por parte de todas las instituciones del poder, una de ellas lo catalogó como “enfermo mental” en un expediente psiquiátrico que le impidió  ir a la guerra; y tendrán como resultado obras que son consideradas clásicas de todos los tiempos y a un autor que tuvo gran influencia en la cultura popular estadounidense de los años cincuenta y principios de los sesenta.

Todo lo anterior forma parte de lo que hace interesante la obra de Williams: la frágil relación que existió en su familia sureña en El zoológico de cristal; el terror a la realidad, el miedo a lo diferente, el machismo, en Un tranvía llamado deseo. El caos vital, el tormento mental y sexual, el horror al cambio, el castigo a la diferencia, la castración, el pánico ante la soledad, la imposibilidad de huida. Todos temas de gran impacto para la sociedad de su época, tanto, que Hollywood tuvo que suavizar, metaforizar y cambiar finales en las películas hizo basadas en la obra del dramaturgo.

Tennessee declaró en algún momento lo que (palabras más, palabra menos) le da título a esta columna, la escritura honesta no puede separarse del autor. Y no es que se refiera a que todos escribimos nuestra biografía o que uno sea su personaje principal, simplemente, no puedes separarte de lo que vives, ves, respiras diario. Se plasma en el texto sin pensar.

Les recomiendo que si ya vieron esas películas, ahora lean los textos, se van a sentir identificados con las partes que fueron censuradas; si las películas parecen fuertes para la época, la dramaturgia lo es totalmente.

En enero del año pasado, leí la autobiografía de Tennessee en un dos por tres a pesar de su gran cantidad de páginas. En serio, su maravillosa intuición para crear personajes con todo ese peso dramático, no nos hace despreciar al narrador ligero que logra burlarse de sus circunstancias vitales, a pesar del tormento que significó su presencia para muchos, incluyéndose.


TERESA MUÑOZ. Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, entre otros. Trabajó con Abraham Oceransky en 1994 en gira por el Estado de Veracruz con La maravillosa historia de Chiquito Pingüica. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014. Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura, gramática, traducción, interpretación, inglés y francés. Escritora, directora de monólogos teatrales y autora del libro de cuentos El fin de la inocencia (Quintanilla ediciones, 2020).