A raíz de un taller literario que cursamos mi hija y yo donde se nos pidió leer Una habitación propia, me surgieron dudas en relación con la vigencia de ciertas autoras a las que llamo clásicas, sobre todo después de un comentario que me hizo Alicia. Yo acababa de releer (precisamente) La señora Dalloway y Una habitación propia y debo decir que los dos textos me maravillaron como si fuera la primera vez que los tuviera en mis manos.

Pienso que fue un error que Virginia Woolf (Reino Unido, 1882) no formara parte de las lecturas de la preparatoria. Cosa curiosa, mientras escribo esto me doy cuenta de que en realidad no teníamos en el programa a ninguna escritora (nuevamente agradezco a las bibliotecas su existencia durante mi juventud).

Alicia y yo pudimos haber tenido una discusión interesante sobre la actualidad o no de Virginia, sus textos y su pensamiento; desafortunadamente los tiempos modernos de madre e hija completamente ocupadas tratando de transformar un mundo (creado por hombres) a nuestra entera satisfacción de mujeres completas y libres, nos dejaron sin horas libres para esa charla.

El comentario de Alicia tenía que ver con el hecho de que muchas jóvenes no leen a Woolf porque sienten que es una autora ya superada; que lo de hoy son lecturas que hablan de un feminismo que va más allá de lo que pedíamos en épocas que todavía me tocaron en mi juventud preuniversitaria.

Para mí, Virginia es oportuna porque la sociedad que viví de niña esperaba que yo fuera la mujer perfecta que resuelve, sonríe, calla, cocina, borda, calla, esposa impecable, calla, tiene hijos, los sufre y calla. Y se confiaba que una vez teniendo esos hijos y marido, tu presencia fuera invisible, “discreta” era la palabra para ordenarte que no opinaras de “temas de hombres” (o sea, de ningún tema), y una vez que los hijos se fueran, las canas aparecieran y las carnes se aflojaran, tú también te encerrarías a recordar y esperar. Y, sobre todo, jamás de los jamases imaginarte y mucho menos tratarte como un ser sexual.

Virginia Woolf, la primera mujer en dar una conferencia en la Universidad de Cambridge, gesta su Habitación al observar que, en un lugar donde el saber debiera ser lo trascendente, la mujer es rechazada por hombres “sin otra calificación que no ser mujeres”, simplemente para afianzar la seguridad de estos, cuya superioridad se basa en la supuesta inferioridad del otro.

Gracias a ella y su pensamiento (antiguo para muchas jóvenes) es que tenemos derecho a la educación (y a entrar a bibliotecas sin acompañante), entre otros más. Aun así, todavía se dan casos donde la mujer tiene que trabajar muchísimo más que cualquier hombre mediocre para ser reconocida.

Difícil fue para muchas sentarse a escribir, ya no digamos publicar. Woolf nos dice que para poder hacerlo, una mujer necesita una habitación propia y ser económicamente autosuficiente. Yo le agregaría también que se requiere desentenderse de lo que se consideran “labores propias de su sexo” y de la culpa que por años se le ha obligado a cargar a la mujer que quiere ir más allá de lo establecido.

Virginia Woolf no solo fue precursora del feminismo tan de boga hoy en día; su estilo literario, su escritura, también provocó otro tipo de cambios.

En La señora Dalloway maneja el llamado discurso o monólogo interior, llevando al lector a través de túneles temporales para contar las vivencias de diversos seres, mientras Clarissa Dalloway, a lo largo de un día de junio en Londres, organiza una reunión. 

Este tipo de escritura se desarrolló a finales del siglo XIX como técnica narrativa con la que el autor nos introduce en la mente del personaje. Así conocemos más los pensamientos íntimos de los mismos en el momento en que se producen. Y aunque fue un estilo que trabajaron varios literatos por las mismas épocas, tratando de encontrar la mejor manera de escribir lo que querían decir, Virginia es considerada una de las iniciadoras de este, incluso antes que James Joyce.

Muchos biógrafos hacen gran énfasis en su suicidio, en su (ahora llamada) bipolaridad, pero no cabe duda de que se trata de una mujer (no solo una intelectual) que deja un gran legado y muchas facilidades para las siguientes generaciones, que, sugiero, sí deberían leerla tomando en cuenta que un clásico, nunca pasará de moda.


Fotografía tomada de Internet.

TERESA MUÑOZ. Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, entre otros. Trabajó con Abraham Oceransky en 1994 en gira por el Estado de Veracruz con La maravillosa historia de Chiquito Pingüica. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014. Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura, gramática, traducción, interpretación, inglés y francés. Escritora, directora de monólogos teatrales y autora del libro de cuentos El fin de la inocencia (Quintanilla ediciones, 2020).