Ahora lo comprende, esa nostalgia inexplicable 
era la muerte como una añoranza premonitoria.
El deseo de la muerte antes de su llegada.
La paz por fin alcanzada.
ANGELINA MUÑIZ-HUBERMAN

Estoy empapado de sangre y lluvia. Siento un intenso frío aquí en el suelo, la herida en el costado es la que me causa más dolor, un dolor inmenso, tan grande como no lo había sentido nunca. Sé que este es mi final.

Tengo una gran pena por todas las cosas que no haré, por los lugares que no he de visitar, por las comidas deliciosas que jamás probaré, por todos los libros que se quedarán en mi estante sin ser leídos, por aquella boca a la que no le daré el beso de despedida final.

Aunque también me alegro, me liberaré de este mundo insensible, tiránico y violento. Intolerante hasta las últimas consecuencias, tanto que no pudo mantenerme en él más tiempo. Este es un lugar que quizás no me merecía, porque se empeñó siempre en perseguirme, odiarme y castigarme por ser quien soy.

Le dedico estos últimos pensamientos a todos los oprimidos, los odiados, los marginados, a todos esos que son débiles, pobres o diferentes. A los que somos llamados, ‘el otro’, ‘los otros’: nosotros. A los que, como yo, hemos de pagar con nuestra vida la desgracia de tener el ligero desatino de no formar parte de las mayorías.

Me quedo con las playas compartidas, con la gente que me amó, con aquellos que me aceptaron, así como soy, con las palabras de amor, de amistad, de reconocimiento y no con las últimas que escuché: –“Muérete, pinche maricón.”

Que por cada puñalada que me dieron a mí, mil personas sean liberadas de las ataduras del prejuicio. Que por cada golpe que recibí, existan mil besos de amor apasionado en todos los colores. Que por cada diente y hueso roto de mi cuerpo, mil niños y niñas sepan que está bien ser diferente y se sientan felices de serlo. Que por cada insulto perpetrado en mi contra, mil mujeres maltratadas y violadas puedan deshacerse del yugo de sus tiranos. Que mi sangre riegue el campo de la tolerancia, la aceptación y el respeto. Que este grito silencioso de mi muerte se escuche fuerte y conmueva las consciencias de oprimidos y opresores.

Quiero que nadie sienta el miedo o la vergüenza que yo sentí, que a nadie lo asalte la culpa, que la palabra ‘pecador’ no se use para describirnos nunca más. Que todos puedan amar, besar y caminar al lado de quien quieran sin miedo.

Que yo sea el último. Que yo sea el último.

Y para ti, mi amor, piensa en mí con una sonrisa al recordarme. Mamá, papá, hermanos, sepan que fui valiente, que luché hasta el final, sé que lo sabrán, sé que me recordarán por mi temple, mi serenidad, mi búsqueda de la verdad.

El dolor va desapareciendo, el frío se va quitando poco a poco, la angustia se desvanece. Sonreiré, por fin, para siempre. He pagado el boleto más caro a la libertad; ahora escucho un leve rumor, es el sonido del mar, nací frente a él y ahora mi alma a él regresará.

Fotografía de Pixabay.

FEDERICO CENDEJAS CORZO. Colaborador en diversos medios escritos electrónicos e impresos como las revistas Etcétera y Pálido punto de luz. Algunos de sus textos creativos y de investigación han sido publicados en diversas antologías. Profesor a nivel medio superior y superior en las áreas de literatura, periodismo y humanidades, actualmente catedrático en el CUIH, el CUMP y la UAM-Cuajimalpa. Licenciado, maestro y doctor en Literatura y también licenciado en Comunicación. Twitter: @FedeCncor