Dinorah dijo a Rodolfo que ella misma regaría el jardín, que las plantas no se quedarían un día más sin agua porque se hubiera descompuesto el aspersor. Tengo tiempo de sobra, la Nena Manrique me pasó la cita hasta las seis de la tarde, con que no me la vuelva a posponer porque entonces sí me parte la madre. Dinorah repasó los catálogos que llevaría: el de Mary Kay y el de Just, desde luego. El de las bolsas y los zapatos no, la muy suertuda de la Manrique seguro que se va de shopping a San Antonio el puente que viene, ¡qué envidia!

Dinorah desenredaba la manguera con cuidado para no dañarse las uñas de acrílico, el único lujito al que no estoy dispuesta a renunciar. Desde que ella misma tenía que encargarse de las labores domésticas, se protegía las manos con guantes de látex cuando trapeaba y cuando lavaba los trastes después de la comida, y jamás tallaba en el lavadero ni planchaba, para eso está el centro de lavado que gracias a dios hasta hoy no hemos tenido que vender.

Rodolfo se despidió de ella agitando la mano desde el otro lado del ventanal, tomó su portafolio y se fue. Cada mañana Dinorah lo miraba irse y le dolía saber que se tragaba el orgullo herido por no ser el capitán de su propio barco, como antes, y en cambio ser el gerentillo, así decía él, de una sucursal de venta de pintura de la próspera cadena de su compadre Alfredo. El derrumbe económico de Rodolfo había sido paulatino durante los últimos cinco años, se lo ocultó bien a Dinorah hasta que la pandemia acabó de llevarse la economía al carajo y al hombre no le quedó más remedio que declararse en quiebra. Lo único que pudo salvar fue la casa de Circuito Geógrafos.

Dinorah abrió la llave y escuchó el agua correr por la manguera hacia el orificio de salida, cogió el extremo y comenzó a regar. Cerró los ojos y aspiró el perfume que la tierra y la hierba regalan cuando son humedecidas tras una sequía. Se vio a sí misma niña, en el tiempo feliz en que cumplía de buena gana con la única obligación que el padre le encomendaba durante las vacaciones: regar los rosales del jardín. Avanzó poco a poco, chorro a chorro, por el perímetro, empapando durantias desgreñadas y forios desordenados; sus pies se hundían en un pasto demasiado crecido. Debería decirle al jardinero que ahora sí entre a hacer el jardín cuando toque el timbre el viernes en la mañana. Si logro venderle hoy a la Nena Manrique y mañana a la Cuquis Medina el Set Pieles Maduras, que bastante falta que les hace, podría pagarle al jardinero para que al menos le dé una podadita al pasto, porque si sigo esperando a que Rodolfo lo recorte como dijo, esto pronto será una selva.

Sin darse cuenta llegó a los pies de la jacaranda que vivía en el rincón más alejado del terreno, Dinorah la recorrió con los ojos desde la base de su tronco hasta la más alta de sus ramas. Allá arriba comenzaban a explotar sus ramilletes morados. Dinorah suspiró, ¡ah!, ¡y si fuera un árbol!, no tendría que preocuparme por nada, ni del dinero, ni del que dirán… nada de tronarse los dedos ni de esconderse detrás del cubrebocas de los conocidos a los que les debes dinero cuando te los encuentras en los pasillos de Plaza Satélite, ni de sentirte mierda por nada más ir a mirar porque hasta que no liquide la tarjeta de Liverpool no voy a comprar ni una sola cosa más, soy gastalona pero no pendeja y ya aprendí la lección.

Y los árboles tan suertudos que nada más están allí plantados y se fabrican su comida con, ¿cómo era eso que hacen con el agua y el sol?, ah sí, la fotosíntesis… eso quisiera yo, pararme ahí y que el sol y el agua me alimentaran sin que yo tenga que hacer un carajo, sin tener que irle a ver las caras a las mismas viejas con las que antes me sentaba a desayunar en el Mattina, y tener casi que rogarles que me compren algo de mis catálogos, una bolsa, unos zapatos, un collar, una crema que aunque les quite las arrugas no les va a quitar la cara de tontas; y ya que les vendí, pasar por el viacrucis de la cobrada, que llámame mañana, que ven pasado mañana, que aguántame hasta la semana que entra, que si quieres mejor te devuelvo la crema, al cabo que ni la he abierto.

¡Ahhhh, sí!, si tuviera la lámpara de Aladino le pediría ser un árbol, aunque bueno… a lo mejor antes que eso le pediría que Rodolfo recuperara el negocio y todo fuera como antes porque es horrible quedarte sin nada cuando has tenido para vivir a tus anchas, a lo mejor no con muchos lujos pero bien, y más horrible es eso de buscar trabajo cuando nunca en tu vida has trabajado y que te cierren la puerta en las narices porque no hablas bien el inglés ni manejas la compu más que para revisar el Feis.  El teléfono vibró en la bolsa trasera de sus jeans, Dinorah aventó la manguera al suelo y contestó. ¡Ah, sí! ¡Claro! No te preocupes. Entiendo. Lo dejamos para la semana que entra si quieres. Era la Nena Manrique. ¡Pinche vieja!


ANABEL CERÓN (Ciudad de México. 1973). Licenciada en Administración de Empresas por el ITESM. Su trabajo literario ha sido publicado en el portal Escritoras Mexicanas; participó en la edición mexicana de ¡Basta! Cien mujeres contra la violencia de género, editado por la Universidad Autónoma Metropolitana en 2014, y en la Cuarta Antología de Escritoras Mexicanas, en el año 2021; es coautora en La pluma que vuela, cuentos, una antología de relatos nacidos en el taller literario que dirige la escritora Rebeca Orozco. Ha tomado cursos sobre creación literaria en Casa Lamm, en Casa Tomada y en el Centro Cultural Elena Garro. Ha participado en talleres con los escritores Rosa Nissan, Juan Pablo Villalobos, Mónica Lavín, Sylvia Aguilar Zéleny, Daniel Saldaña París, Pedro Mairal, Rebeca Orozco y en la iniciativa #TecCultural del Tec de Monterrey (ITESM).