Imagen tomada de AM

Leo el título de la novela de la escritora Carmen Olivas y me pregunto: ¿Qué puede obsequiar el héroe, el centauro de la división del Norte, Pancho Villa? ¿Qué nos obsequia Carmen con esta narración, su primer libro? Carmen Olivas nos obsequia un Villa real, un Villa contemplado desde una visión más humana. Cuando escucho el nombre de Villa no puedo evitar que aparezca en mi mente la palabra asesino, porque esa palabra dura, fría, contundente, escuché entre pláticas de adultos cuando era niña. Carmen Olivas, termina por borrar esta idea y desentraña al ser humano: Sí, hay un Villa asesino, pero también un Villa que llora, un Villa que protege, un Villa que siente. Nos entrega sus sentimientos, sus anhelos, incluso, su sensibilidad y amor por su pueblo. Pero, regresando a la primera pregunta de este texto ¿qué es lo que entrega el personaje Villa de esta novela al personaje principal, Valentín? La respuesta es un padre, Villa entrega una figura paterna en aquel desierto en el que Valentín persigue el espejismo del Zarco, su progenitor.

La trama de la historia transcurre en la búsqueda de ese padre que no tuvo opción y se marchó con el Centauro de la División del Norte. Valentín emprende el viaje llevando consigo la promesa que le hizo a su madre antes de que ésta muriera, y se contempla a sí mismo como un halcón: “soy un halcón sobre una mula”. El niño de tan solo doce años observa que un halcón va en picada hacia él, pero en un cambio repentino desvía su vuelo hacia una culebra. Valentín es ese halcón que apunta hacia una culebra que se arrastra escabulléndose de sus garras; su padre, el Zarco, el escribiente de Villa.

Este personaje, el Zarco, se convierte en una leyenda que su hijo no termina por encontrar en aquel desierto. Regreso nuevamente a la figura del espejismo e imagino al niño de tan solo doce años alzando la mano para alcanzar el espejismo que tiembla con la palabra padre, al igual que un Juan Preciado en aquel desierto, en aquel pueblo de fantasmas, llamado Comala. El Zarco no es más que un fantasma que se aparece en las anécdotas que los hombres relatan. Y al igual que en Pedro Páramo, Valentín sólo encuentra a su padre en esas historias, porque al final ha de saber que su padre ya no está, que terminó por esfumarse como una duna en medio de una tormenta de arena. Y al esfumarse ese progenitor, va descubriendo que aquella definición, padre se va delineando en una nueva duna: Villa, es Villa quien lo acoge entre los suyos, entre sus hombres, porque desea construir esa figura paterna que tampoco él tuvo. Villa es plasmado como ese ser humano protector, quien alimenta a sus hombres como un padre, es ese ser humano que llora a sus soldados cuando mueren, Villa es el ser humano que acoge a sus hombres huérfanos como si fueran sus hijos. ¿No es eso un padre?

En Valentín vemos la admiración que le causa el Centauro, ¿quién de niño o niña no vio a su padre como un héroe? Valentín pierde a su padre, lo busca, pero desentraña a otro, a uno que pelea y lucha por el pueblo, a uno que desea regresarle la dignidad a los que vive en medio de la pobreza. Mientras avanzamos por la trama del libro, podemos descubrir la pobreza del pueblo en la época de la revolución: “A lo largo y ancho de aquel norte por el que tanto andábamos, la sequía, la pobreza y la enfermedad seguían azotando a la gente”. Este libro está plagado de un desierto infinito, seco, pobre, espinoso… las balas siempre apuntando como las espinas de un cactus, y la tropa de Villa como una de esas nubes del desierto, esas bolas que avanzan arrastrando pedazos de hierba seca: hombres que desean unirse a la lucha, hombres que saben que solo han de tener un destino: la muerte. Este es otro tema interesante: “A la revolución venemos a eso, a morir”. En la historia la muerte no se evade, como normalmente lo hacemos, en la trama los hombres la enfrentan, como aquel personaje llamado Rosendo que al perder un juego se dispara: “¡No, señor!- dijo el perdedor-. Aquí no se raja naiden. ¿Pa´que luego se diga entre los changos que en las filas de Villa hay un cobarde? ¡Eso nunca! Un disparo alborotó a los perros que estaban en el patio”. Esquivan la muerte, pero también se enfrentan a ella.

La muerte es una bala perdida que llega pronto y cuya pólvora termina por esparcirse en los demás. Ese fulgor dorado del disparo es lo que ven al concluir su vida, ese fulgor dorado que Valentín presenció al abrir la carta que revelaba el paradero de su padre, ese fulgor dorado que presagiaba lo peor: la verdad. Esta verdad fue la que terminó por sepultar a su padre. Es esta verdad la que mató también al niño Valentín, al doradito, y lo convirtió en el teniente, en un hombre, un hijo más de pancho Villa. El personaje principal se transforma: “En la Ciénega todos me llaman el teniente, sí, el teniente Luján. Ya no soy el chamaco que un día se fue montando al Moro bajo el sarape del tío Anselmo”. “Lo decía mi mirada que ya no era la de un niño inocente, porque mis manos se habían manchado de sangre”. Se podría decir que esta novela es de iniciación, Valentín al ser instruido por su maestro, el Gato, aprende a usar un arma: “El Gato entró y me dijo que lo siguiera. El momento de amigarme con el fusil que colgaba en mi espalda había llegado”.

Esta novela también representa a los huérfanos, todos los que avanzan en la bola, los que siguen a Villa lo han perdido todo. Es Villa quien construye su identidad en la lucha. La trama nos dice que la revolución dejó a muchas familias despojadas Vemos a un niño de seis meses amamantándose de un cuerpo putrefacto a quien no se le puede ver la cara. ¿Es también Valentín un niño que se amamanta de un hombre que se va pudriendo en su propio título de padre, sin rostro? Yo creo que sí, hasta cierto punto, porque es el centauro quien ha de acogerlo entre sus brazos y rescatarlo de morir entre aquella figura paterna en descomposición. “Todos somos hijos de Villa”, rechina también esta frase en el libro de Carmen Olivas. Aquí tienes a tu padre, Valentín, este último regalo que vibra en el estruendo de un: ¡Viva Villa!

En el texto hay otros regalos, hallazgos poéticos, como pequeños papeles que desenvuelven un haiku: dos puntos de luz que se elevan y parecen ser los cuernos de un toro, esta imagen revela la metáfora del astro lunar. La tormenta de arena que alude a la imagen de la lengua polvosa del diablo que lucha por devorar a los hombres de villa. La madre como una estrella que tiembla descifrando en su brillo la encomienda: “busca a tu padre, Valentín”. Abramos juntos y juntas este regalo que nos ofrece la escritora Carmen Olivas: una obra que sin duda es importante para trasladarnos a la época de la revolución mexicana y conocer la naturaleza humana, pero también (basándome en lo que dice Eduardo Antonio Parra) para entender los tiempos que actualmente vivimos, me refiero a la violencia que ha azotado a nuestro país dejando a tantos huérfanos en medio de una guerra entre grupos rivales que luchan por el poder.  


JESSICA ANAID HERNÁNDEZ (Saltillo, 1991). Autora de los libros: Los orgasmos de la tierra y de Han apagado ya las luces. Textos suyos aparecen en diversas revistas locales, nacionales e internacionales, así como las antologías Mukira I´chari, Historias de viento y arena, Allá donde encontramos lo perdido, IV Antología de Escritoras Mexicanas y El tejido de la mujer araña, maternidades disidentes. Obtuvo el II lugar en el II Certamen de Poesía Femenina Eylo Alfónsez, en Valladolid, España. En el 2014 fue acreedora de la beca Interfaz, en el área de poesía. Ganó el II lugar en el Certamen de cuento Ferrocarril a la Redonda. Fue beneficiaria de la beca PECDA David Alfaro Siqueiros. En 2019 y 2021 obtuvo menciones honoríficas en el Premio Estatal de Poesía Rogelio Treviño. Es una de las ganadoras del IV Concurso nacional de cuento corto, organizado por Escritoras mexicanasEs beneficiaria de la beca PECDA COAHUILA 2021.