Fotografía: El siglo de Torreón

El primer cuento de Alfredo Loera (Coahuila, 1983) que leí me dejó llorando en silencio. Estaba incluido en el libro Fuegos fatuos, por cierto agotado, pero publicado por el autor nuevamente bajo el título de Aquella luz púrpura (en donde incluye tres cuentos más); narra la historia de un hombre que por equis o ye, pierde a su esposa con la que estaría celebrando dos años de matrimonio, y se la vive en un estado de borrachera inconsolable hasta que una noche recibe la misteriosa llamada de ella, y su monótona vida se ve trastocada. ¿Por qué mi llanto? Porque la escritura de Loera, en su violencia y exaltación logra que el lector se sienta no como un espectador ajeno a la historia, sino como el protagonista de la misma. No importa el sexo o la edad de sus personajes, siempre logra convertirte en el ser que va conduciendo el auto a medianoche, en el tipo que no aguanta pero por lo mismo no puede evitar seguir viendo a la mujer que detesta, en el hombre que no sabe por qué sigue acompañando de lejos al hijo de su novia muerta, en el joven que todas las noches regresa al antro con la esperanza de que la teibolera corresponda a su amor.

Lo mismo sucede en sus novelas, Wish you were here te transforma en el adolescente ingenuo que quiere ser músico, pero cuya búsqueda del padre lo distrae hasta convertirlo en una sombra borrosa que no decide hacia dónde dirigir sus odios. Y en Guerra de intervención, la miseria de vida de Mark, hace mella en tu propia existencia al grado de preguntarte si eso es todo lo que te depara la vida, cualquiera que esta sea.

Los textos de Alfredo narran sobre todo la violencia de la vida cotidiana. Los terribles impulsos que sus personajes tratan de evitar, son los mismos a los que nos enfrentamos el día a día. Nadie está libre del pecado de sentir ganas de golpear al otro en algún momento de la vida. Por eso, al leer Aquella luz púrpura, su libro de cuentos más reciente, sin querer nos vamos identificando con esas situaciones límite que llevan a los seres de los cuentos a cometer actos que de momento se convierten en acciones liberadoras de culpas.

Los personajes de Alfredo tienen un enojo metafísico que no logran ver, mucho menos entender, ya que son seres simples que no pueden, no saben observarse en lo profundo. De ahí que la única manera de entenderse o protegerse es a través de esa violencia descarnada que silencia sus voces y malestares internos por ratos.

No importa cuánto se ha leído, estudiado, experimentado, al final todos somos seres simples tratando de sobrevivir a nuestras dudas existenciales más burdas. Por eso, nos vemos perfectamente retratados en los cuentos de Loera. Las tinieblas de la existencia sólo se despejan cuando aprendes a lidiar con los demonios, pero, ningún personaje literario que se precie de serlo, querría hacerlo, mucho menos los seres que habitan las páginas de Loera.. 


TERESA MUÑOZ escritora mexicana. Sus libros más recientes son El fin de la inocencia (Quintanilla Ediciones 2020, cuentos) y Días de Ceniza (Amazon 2022, novela); las antologías El tejido de la mujer araña, maternidades disidentes (Mapa de Escritoras Mexicanas, 2022), 8M-2022 Escritoras Latinoamericanas (Libros de la Editorial Digital EOS, Argentina, 2022) y Para mujeres que se atreven a pensar y a proponer (Mexicanas al grito de… ¡ya basta!, DEMAC, 2019-2020). Escribe las columnas Las actrices también leen y Los riesgos del ocio en las revistas electrónicas Bitácora de vuelos y La Vereda. Dirige y produce el programa de radio Lecturas prestadas, en Radio Torreón (promoción y difusión de la literatura).