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    Estrechos Entresijos | Amaranta Caballero Prado


    Orejitas ávidas de palabras,
    sonidos
    silencios

    Orejitas de nombres que no saben,
    que no son, que no.

    Escuchen el sonido dorado de las hojas que caen
    en octubre
    sobre una ciudad perfectamente combinada:
    historia, gritos, estructuras de acero.

    Piensen queridas orejitas ávidas que el sonido
    de esas hojas resuelve
    –en mucho–
    la caminata de una mujer que asciende, levita,
    sobre el asfalto
    mientras una ráfaga fría de lluvia y aire,
    cae.

    (Quiero mordisquear sus lóbulos queridas orejitas suaves)

    Piensen queridas orejitas ávidas
    que las hojas y su dorado

    que las hojas y su dorado son

    –especialmente únicas–

    cuando se piensan: breve temporada.

    Algo que pasa.

    Algo que llega y ya se fue.

    El dorado de todas esas hojas juntas
    escarcha la noche mientras una mujer camina con un mapa en la mano.
    Y luego entonces, la sombra de la misma mujer.

    Camino y mis pasos se hacen lodo.
    Lo había dicho ya.
    Camino y mis pasos se hacen sombra.
    Camino coja y pienso en la pierna amputada de Rimbaud.
    Luego,
    vienen las hojas caminando tras de mi.
    Turgentes. Tumefactas. Únicas.

    Polvo de otoño casi invierno me sigue por calles de nombre estrecho.
    Tan estrecho y largo como decir Straße.

    (Ssssstraßßßßße)

    Ya aprendo cosas ¿saben?
    Ya aprendo a leer los ojos que me miran.
    Y los que no.
    Y el dorado. Esa resina.
    Resina sabia de una lengua arbórea.

    Y la gente alrededor.
    Y las noches anteriores.
    Y las maneras más disímbolas.

    Almas encendidas que se dejan atrapar
    luego de escuchar –orejitas ávidas– de escuchar
    sonidos en una lengua que conocen
    pero que no les pertenece.

    Pienso: poderes ocultos: siembran: además de dudas: espectros inacabados.

    Dentro de todo esto, ustedes ya saben, orejitas ávidas: lóbulas: un paréntesis.


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