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    Testigo ocular | Cristina Rivera Garza


    Yo las vi
    Las manecillas persiguiéndose una a la otra
    dardos, hormigas punzando bajo las manos
    una, dos, tres, cuatro, cinco, ocho vueltas
    dentro de la boa circular de la mirada. El latir
    de los dientes. La eternidad.

    Eran las ocho de la mañana cuando la hoja de metal
    rasgó la pantalla del cerebro
    y casi las cuatro de la tarde cuando la aguja cosió
    los jirones del miedo.

    Nunca habías estado tan lejos de mí.

    ¿Dónde estabas cuando no estabas en ningún lado?
    ¿Cómo es el mundo detrás del telón de los párpados
    sellados?
    ¿Sabía a algo la carne de la lengua?

    No te vi partir. No quise.
    Dijeron que yacías sobre la camilla como una hoja
    recién cortada
    una soga sin nudos
    la fruta madura que se desparrama sobre la selva.
    Fue entonces que te convertiste en un cuerpo y nada
    más que un cuerpo:
    dos brazos, dos piernas, una cabeza, venas.
    De pronto ya no fuiste mi madre ni la madre de otra
    hija muerta
    lejana, perdida dentro de la noche de ti misma eras
    el mecanismo descompuesto
    el objeto quebradizo que se envuelve en lienzos
    de papel de china
    y se guarda en la caja de las palabras, la esquina
    de la respiración.
    Dijeron que ya no estabas ahí cuando tuzaron
    el cabello
    y colocaron las sábanas sobre el torso, las piernas,
    los dedos.
    Dijeron que no sentiste nada.
    Que dentro de la anestesia no se siente nada.
    Es como la niebla, dijeron. Una cortina.
    Y yo la vi
    mis ojos escudriñaron la blancura de su tela.
    Dieron dos pasos adentro.
    Temblaron.
    Parecía de seda pero era de cal y sudor y adrenalina
    una mortaja de autismo
    una torre de marfil erguida dentro de las venas
    el pasillo rectangular del sótano a donde no llega
    el humo de la cabeza.
    Pensé en una vida sin ti y mis ojos la vieron:
    un mendigo en el centro de la ciudad en llamas
    el paisaje inmóvil después de todas las batallas
    un desierto sin voz y sin acacias.
    Hilda, dije, no te vayas.
    A cada minuto tu nombre dentro de mis labios
    como un talismán de menta
    el martillo que rebota una y otra vez sobre la superficie
    de un reloj de arena.
    No me dejes. No te atrevas.
    Ocho horas con tu nombre a cuestas.

    Hubo sangre, dijeron al final, una hemorragia.
    Uno, dos, tres, cuatro, cinco litros derramados sobre
    la tierra.
    Después, la irrevocabilidad de los reportes en forma
    de telegrama:
    Estamos tratando de salvar su vida. Con el favor de dios.
    Las próximas 72 horas.
    Y vi las horas y tomé sus manos y me recosté
    en la cuna mullida de su regazo
    tan quieta como tú, tan maltratada como tú, tan llena
    de moretones como tú.
    Esperaba cualquier cosa con mis ojos suspendidos
    sobre las manecillas del reloj.

    Eran las 3:40 del tercer día cuando tus ojos se abrieron
    sobre los míos.
    ¿Qué hora es?, preguntaste.
    Es la hora de respirar, ésta.


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