CRÓNICA Rompiendo el silencio | Lydia Cacho

Imagen Spot contra la trata de personas
Emma es una joven pequeña, de un metro cincuenta y tres centímetros de altura, rubia de tez clara, ojos color miel y labios carnosos. Tiene un cuerpo armonioso, pero nada parecido al estereotipo de adolescente anoréxica que los medios promueven como el ideal. Es por ello que sufre de bulimia, trastorno alimenticio que incita a quien lo sufre a comer en forma compulsiva, para más tarde vomitar todo el alimento ingerido. Comenzó a sufrirlo a los trece años de edad, en 1998, poco tiempo después de conocer a Jean Succar Kuri, quien prácticamente la adoptó como a una hija.
     Dueña de una personalidad frágil en el aspecto emocional, si bien se muestra ante la gente como una joven fuerte y de carácter recio, está llena de ternura y es capaz, a pesar de su tragedia personal, de confiar en la gente y dejarse cuidar. Hasta la fecha, afirman las diversas psicoterapeutas que la han apoyado, la joven sufre de un severo Síndrome de Estrés Postraumático y del Síndrome de Estocolmo (del cual hablaremos más adelante), mismos que han hecho muy difícil que rompa los vínculos afectivos con su agresor.
     Ésta es la historia de Emma.
     Yo tenía miedo, mucho miedo. Llevaba cinco años intentando olvidar lo que Johny me hizo, pero la verdad es que resultó imposible. Ahora, por culpa, primero de Succar y luego de Leidy Campos, me veo obligada a repetir la historia una y otra vez. Estoy cansada, triste, asustada. Mi cabeza es una maraña de recuerdos muy dolorosos. A veces lloro durante horas por la noche. Otras veces me acuesto a dormir y pareciera que me hubiera salido de mi cuerpo… Así me pasaba cuando Johny me tocaba, cuando tenía trece años. Yo era una niña y nadie me había hablado de sexo. Al principio Johny me decía cosas bonitas, me hacía cariños y a mí me gustaban. Yo no tuve un padre. Mi papá biológico se fue cuando era niña; vive en Mérida pero no quiere yerme, lo he buscado y me rechaza. Mi mamá era alcohólica; ahora ya no toma, pero la pasamos muy mal. Recuerdo que cuando tenía cuatro o cinco años la veía dormida, tirada en el piso; estaba muy tomada y yo trataba de llevarla a la cama, pero no podía. Crecí llena de miedos, pero al mismo tiempo me hice fuerte. Es muy difícil de explicar. Quiero mucho a mi mamá y entiendo que ella sufrió siempre; trabajó y se esforzó toda su vida pero, como eran muy pobres, nunca estudió, por eso vendía gelatinas en la calle y a mí eso me daba mucha vergüenza. Mi mamá perdió un brazo y yo recuerdo que cuando se lo conté a Johny él me dijo:
     «No te preocupes, chaparra, le vamos a comprar la mejor prótesis a tu mamita, para que tenga un brazo»; y se la compró. ¿Cómo no iba a pensar que era un hombre bueno?
     Cuando estudiaba segundo de secundaria en la escuela Amsterdam —tenía doce años, casi trece—, escuché a otras niñas más grandes contar que conocían a un señor llamado Johny, que era muy bueno, les daba dinero y les ayudaba a comprar cosas. Samaria, de dieciséis años, y sus amigas no me invitaban. Quien me llevó a su casa fue Sandra, la hermana de Samaria; me dijo que su «Tío Johny» le iba a dar dinero para comprarse el uniforme de la escolta porque sus papás no podían pagárselo. Fuimos a su casa y me presentó al señor. Se veía muy tierno, como un empresario muy educado. Me trató con mucho cariño pero no me hizo nada. Estaba en la escalera y dijo que subiéramos a su cuarto por el dinero. Yo me senté en la orilla de la cama y Johny me dijo: «M’ija, súbete a jugar Nintendo», pero vi la cara de Sandra —me peló los ojos con terror— y contesté: «No, aquí me quedo». Sentada en la orilla del frente de la cama, veía la tele que estaba encendida mientras ellos platicaban. De pronto el señor me dijo:
     «Cierra los ojos, vamos a jugar»; lo obedecí y me besó, lo empujé y se empezó a reír de mí asegurando que sólo era un juego. Le dio algo de dinero a Sandra, pero le pidió que regresara al día siguiente porque no tenía todo lo que necesitaba, se dio la vuelta y me dio doscientos pesos, así nomás.
     Dos días después Sandra me llevó otra vez. Volvió a subimos al cuarto de la villa número nueve del hotel Solymar. Nos dijo que no había prisa, que nos acostáramos a ver la tele; él se puso en medio. Yo traía un vestidito azul con blanco y me puse la almohada encima para taparme las piernas. Sandra se volteó hacia el otro lado y Johny empezó a acariciarme las piernas. Súper nerviosa, le retiré la mano, pero él me dijo que no pasaba nada malo e insistió. Yo estaba aterrorizada. Metió rápido la mano en mi parte íntima y luego un dedo allí. Salté de la cama, congelada. Él le ordenó a Sandra que fuera por un vaso de agua y yo arranqué detrás de ella y llorando le pedí que nos fuéramos. Subimos a avisarle que nos marchábamos —le teníamos miedo— y él respondió que otra vez no tenía dinero. A Sandra le dio veinte dólares y a mí me dijo al oído que revisara mi bolsa, pero que no le dijera nada a mi amiga. Lo hice en el taxi y vi que había cien dólares. Él pagó el taxi.
     El fin de semana, Leslie, otra amiga más grande que yo, me dijo que pasaríamos el día en la alberca de su Tío Johny. Pedí permiso indicando que iba con una amiga. Sólo nadamos en su alberca y él me dio chocolates. Había otras niñas más grandes que yo, de quince y dieciséis años, que subieron con él, pero ninguna me contaba nada. Mientras ellas estaban en el cuarto Johny bajó a la alberca y yo le conté de mi vida y de la pobreza de mi familia. Ese día no me hizo nada, únicamente me prometió ayudarme a pagar mis estudios y a que mi familia saliera adelante.
     En esa casa nadie hablaba de lo que pasaba, de lo que Johny les hacía a las niñas, era un secreto… hasta que te llevaba con él. Entonces ya nos daba órdenes de callarlo, nos hacía enemigas entre sí, nos enseñó a desconfiar.
     Cuando terminábamos de nadar nos mandaba a nuestras casas con su chofer. Desde la primera vez, al despedirse de mí me puso dinero en la bolsa. Yo no entendía, a mi nadie me daba nada, ni siquiera mi mamá. Él me dijo que, como era muy rico, me lo regalaba con mucho gusto para que me comprara un regalito, que él sería mi Tío Johny y me iba a cuidar y a querer mucho. Yo sentí súper bonito, la verdad ahora entiendo cuánto cariño necesitaba. Además, ¿cómo podía saber todo lo que pasaría? Se veía un señor muy decente… muy bueno, muy bueno.
     La primera vez que me dijo que fuera a su cuarto a dormir una siesta se acostó junto a mí y me pidió que me quitara los shorts para que estuviera más cómoda. Sentí algo en el estómago, como muchas ansias, le dije que no quería, pero él comenzó a acariciarme las piernas y los brazos y a decirme que eso era el amor, que me amaba mucho, que ese tipo de amor lo pueden tener entre papás e hijas y él era como mi segundo padre.
     Lloré mucho la primera vez que metió sus dedos entre mis piernas; según él, si sangraba era porque estaba apretada, pero me recomendó que no me asustara. Y sí, sangré mucho.
     Ni yo ni las otras chavitas íbamos diario a su casa, sino una vez cada cuatro o cinco semanas, cuando él estaba en Cancún. Johny se quedaba en Cancún dos semanas y venía cada cinco semanas.
Mi mamá, al principio, no sabía nada del asunto; luchaba por sobrevivir con mi hermanita, mi hermanito y su esposo, que es mecánico y siempre está enfermo, tuvo cáncer. No es fácil mantener hijos así. Mi mamá me preguntó quién era ese señor y por qué iba a su casa; le comenté que se trataba del Tío Johny, que mis amigas lo querían mucho y era muy bueno. Pero no me atreví a decirle nada de lo que me hacía. Desde la primera vez que me penetró con las manos me dijo que era una putita, que todas las niñas lo son y que eso es lo que les gusta, que los hombres como él les hagan esas cosas. «Todos los hombres hacen esto, es mejor que te prepares desde ahorita», eran sus palabras, y ¿cómo iba a saber que no era cierto? Le pregunté a mis amigas que iban a su casa y su respuesta era: «Así es la vida, mejor no comentes nada».
     Un día me ordenó que fuera a su cuarto y a mí se me comenzó a dormir el cuerpo. Desde la primera vez que abusó de mí se paralizó todo mi cuerpo, o sea, toda la parte de mi sexo estaba como si me hubieran anestesiado. Y él empezaba y yo cerraba los ojos para pensar en otras cosas o rezar o lo que fuera para que terminara rápido. Se me salían las lágrimas; sentía cómo bajaban por mis mejillas pero no decía nada, porque si lloraba más fuerte Johny se ponía más rudo y me lastimaba. Entonces, prefería que fuera más rápido. Insistía en que debía aprender a darle «chupaditas», lo cual me daba mucho asco, pero él me detenía la cabeza y me decía que tenía que tragar su semen porque era una vitamina deliciosa. Yo corría al baño a vomitar y allí lloraba.
     No sabía qué hacer, sentía miedo y, de acuerdo con mis amigas, una vez que entrabas con Johny ya no podías salir porque él tenía videos de todo lo que hacíamos.
     Una tarde, en la villa nueve, mientras me tocaba, señaló una bocina negra que estaba frente a la cama y dijo: «Mira para allá, chiquilla, hay una camarita y nos vamos a ver haciendo nuestras cosas». Hablaba como si fuera un chavo travieso. Yo me quedaba callada y lo obedecía. En el momento no sentía mucho, pero después de que acababa iba al baño a llorar y a lavarme y me dolía, pero pensaba que ya pasaría. A veces filmaba el video y luego se encerraba a verlo; otras, ponía una cámara digital y nos tomaba fotografías con el botón automático.
     Algunas veces nos sentaba a mí o a cualquiera que le hiciera cosas y en la computadora o en la cámara nos enseñaba: «Mira qué sabroso nos hacemos». ¡Se veía horrible! Era una pesadilla que te hiciera verlo, pero si no aceptabas se ponía muy violento o te insultaba despectivamente. Por ejemplo, a mí me hería con sus comentarios de que era una «chaparra, pateada y fea, que ya estaba cogida y nadie más que él me quería». Cuando hacía eso de las fotos preguntaba: «¿Te excita vernos?» y yo respondía muy bajito: «Pues, no sé…», a lo que él replicaba: «Claro que te excita, si eres una putita; a todas desde niñitas les excita ver una verga como la mía».
     Le tenía mucho miedo, cuando estaba arriba de mí lo veía muy fuerte y a veces pensaba que podía matarme. Luego se mostraba muy cariñoso y tierno; me susurraba que yo era su amor y su niñita, y que quería que estudiara en la mejor escuela y fuera alguien en la vida. Ahora que te lo cuento no entiendo cómo no me volví loca, era como un hombre con dos personalidades y nunca sabías cuándo saldría a relucir la violenta y regañona o la tierna. Todas estábamos siempre a la expectativa de sus emociones.
     A veces nos insultaba horrible llamándonos putas; amenazaba con desprestigiamos: si contábamos algo nuestras madres nos correrían de la casa porque él es un empresario muy conocido, un hombre casado, un hombre de bien, padre de tres hijos y a nosotras, que éramos unas pendejas, pobres y putas, nadie nos creería nada, nos despreciarían todos, nuestros amigos y nuestras familias.
     Acostumbraba turnarnos, para no maltratamos. Ahora entiendo que si hubiera hecho eso todos los días con las mismas niñas, pues las mamás se habrían dado cuenta. Pero era muy cuidadoso, Y luego de hacernos daño nos llevaba a comprarnos algo de ropa o una mochila que nos gustara y algún regalo, algo muy de moda. Llegaba de sus viajes a Las Vegas o a Los Ángeles y a veces nos daba premios por ser «buenas» y «obedientes». Traía bolsas de Louis Vuitton, perfumes de Chanel y cosas cada vez más caras. Afirmaba que lo merecíamos y claro que nos gustaban los regalos, ¿a quién no le agradan? Yo veía que los papás de mis amigas de la escuela les compraban a sus hijas todo lo que querían; traían los jeans de Gap y los relojes de Cartier o de Swatch, depende de qué estuviera de moda.
     Ahora dicen que nos dejábamos comprar, pero esa gente no entiende nada. ¿A poco los papás o los tíos que dan regalos a sus hijas o sobrinas las compran? No era nuestra culpa, él era el adulto y nosotras las niñas.
     La primera vez que me comunicó: «Ahora vas a besar quesos» no entendí qué quería decir. Me llevó a uno de los cuartos de su villa, que en realidad es un hotel y allí estaban dos chavas más grandes —como de dieciséis años, creo— desnudas y besándose. Estaba Lesly Victoria, a quien le decían «La Toya», Yaneth, alias «La Pocahontas» (ella era más chiquita, es hija de Elda, la muchacha de servicio de la villa número siete) y también Giovanna. Con ellas me forzaba a tener sexo oral para su beneplácito. Me acuerdo que pensé: «¡Guácala!». Johny comenzó a tocarse y me empujó: «Ahora ponte con ellas y bésales el queso». Nos estaba filmando. Primero no sabía qué hacer, luego pensé que era una cochinada besar el sexo de otra niña, pero como él me hacía besarle el suyo, descubrí que era menos peor eso, y así nos filmó y tomó fotos. Cuando ya estábamos en la cocina se burló riendo: «Eres una lesbiana, si tu mamá se entera te mata. Ya nunca podrás alejarte de mi». Yo lloré un poco, pero me aguantaba porque me daba terror que fuera a gritarme y a insultarme más.
     Johny comenzó a pagarme la escuela y se jactaba de que ya era mi dueño, que debía obedecerlo. Cuando estaba en Cancún me quedaba a vivir en su casa las dos semanas; tenía clases de siete de la mañana a tres de la tarde y me levantaba a las cinco de la mañana para irme a la escuela. Tenía que comer con él a fuerza; pasaba por mi a la escuela, donde veía niñas y me ordenaba: «Ahora quiero que invites a ésta o a aquella». Luego salía para Los Ángeles y yo tenía que estar en casa de mi mamá, porque me llamaba cinco o diez veces al día y me exigía que le contestara y explicara lo que hacía. Me advertía que no podía mentirle porque él era como un adivino o un brujo, que siempre sabía lo que estaba haciendo y no podía desobedecerlo porque él se enteraría y nadie traiciona a Jean Succar.
     Yo estuve con el señor Miguel Ángel Yunes y con el señor Emilio Gamboa Patrón en una comida. Johny me llevó con él al Distrito Federal, a un restaurante muy elegante en la avenida Insurgentes, donde fueron llegando varios señores. Me saludaron con mucha amabilidad. Cuando ya iban a hablar de negocios, Johny me mandó a que fuera a pasar un par de horas en un centro comercial. Nunca olvidaré que Yunes me miró muy sonriente y gentilmente me dio un billete, creo que eran cien dólares, me impresionó mucho. Me dijo que me comprara un vestido muy bonito. Yo me fui con uno de sus chóferes y ellos se quedaron hablando.
     A Miguel Ángel Yunes lo vi varias veces, es muy amigo de Johny. Tiene un yate que se llama Fedayin y viene mucho a Cancún. Una vez me acuerdo que vino con Sandra, su amante, quien traía a su hija Sofía, de ocho años y a su sobrina Tania, de nueve. Johny intentó tocar a Sofía, porque recuerdo que la novia se puso súper furiosa y amenazó a Johny. Yunes la calló y ella ya nunca dejó que su hija entrara a la casa. Pero creo que para Miguel Ángel era normal lo que Johny hacía porque nunca le oí preguntarle por mí o por qué me tenía si era una niña, o a las demás, que también lo eran. Johny me decía que él quería tocar a esa niñita, que estaba preciosa y que seguro su amigo Miguel Ángel se la estaba cogiendo porque la mamá estaba espantosa y que la usaba para tapar las apariencias. Me contó que una vez, cuando eran más chiquitas esas niñas, él le besó su parte íntima a una de ellas pero que Tania era una machorrita y la había defendido y nunca la dejaba sola con él.
     Pensé que nunca podría decirle nada a nadie, que me despreciarían. Al fin de cuentas Johny era un empresario muy rico y respetado, amigo de políticos muy poderosos que iban a su casa y a sus fiestas, con sus yates y aviones. ¿Por qué me creerían a mí, una niña pobre cancunense a la cual nadie conocía? ¿A quién le importaría? Además, siempre me recordaba que tenía videos de mí haciendo sexo con otras niñas y que eso «era su prueba de que yo era culpable, lesbiana y provocadora». A los dieciséis años me escapé; quería ser normal y tener novio. A Johny no le gustaba la idea, controlaba todo lo que hacía. No podíamos vivir aquí; como a él le dieron una beca, lo acompañé a Nueva Orleáns. Pero no podía vivir tranquila, no podía tener sexo sin llorar; cada vez que mi novio me tocaba se me dormía el cuerpo. Así que me vi forzada a contarle todo lo que pasó y él me ayudó a entender que había sido muy malo para mí. Me dijo que debía denunciarlo, pero yo temía armar un escándalo y que no me creyeran. Temía que me dijeran que era mi culpa.
     La versión de Emma coincide con la conversación grabada con Gloria Pita, la esposa de Succar, quien amenaza a la joven, en caso de que persista en su denuncia contra éste, con «mostrar en el juicio esos videos». Lo curioso es que olvida que quien los grabó es Jean Succar Kuri y lo hizo cuando ellas eran menores de edad.
     Johny siempre contaba que tenía cámaras ocultas en diferentes ángulos, con el fin de hacer tomas de las relaciones sexuales. Yo lo vi porque las guardaba en su computadora portátil personal marca Sony, así como en su caja fuerte, que estaba en el tercer piso de la villa de sus hijos, en su domicilio ubicado en Villas Solymar. Había otra caja fuerte en su recámara, localizada en el segundo piso. Él me mostraba fotografías, videos y minivideos digitales grabados para su morbo personal y el de otros. Este material pornográfico con escenas sexuales entre niños y niñas, con él y con otros, era enviado por internet a otras personas, entre ellas Gloria Pita. Toda esta situación era conocida por su esposa Gloria, alias «Ochi». Ella posee todo el material pornográfico en Estados Unidos, en su casa de Los Ángeles, California. Mucha gente sabe que Ochi es experta en computación y arma páginas de internet súper rápido.
     Emma declaró todo esto ante la Procuraduría de Justicia del Estado y posteriormente ante el ministerio público federal de la PGR. Además, sostuvo frente a su abogada y agentes de la PGR: Y me consta, sin temor a equivocame, que Jean Succar ¡(un contacta también a otras niñas en Estados Unidos para poder incluso intercambiarlas con los señores Alejandro Góngora Vera, con Camel Nacif —a quien también sé que le agradan los niños—, así como con Miguel Ángel Yunes.
     La declaración de la víctima ante la Procuraduría General de la República termina con una frase determinante por los nombres que recién menciona.
     Hasta ahora es cuando puedo hablar con conciencia plena de la gravedad de los hechos, ya que me encontraba presionada y amenazada en el aspecto psicológico. Por tanto, si algo me llegase a suceder a mí, o a mi familia y mis conocidos, acuso desde este momento al señor Jean Thouma Hanna Succar Kuri, alias «Johny», así como a sus familiares, ya que he recibido llamadas amenazantes
     A partir de esta denuncia comenzó a evidenciarse la existencia de redes de corrupción policíaca y se abrió un nuevo capítulo en la historia de Quintana Roo.
     A principios de octubre la maestra Paulina Arias se reencontró con Emma y le preguntó sobre los avances de la abogada Acacio. La joven le informó que no sabía nada al respecto. En su apasionamiento por la causa, la maestra le dijo a Emma que era buena amiga de Leidy Campos, la subdirectora de Averiguaciones Previas de la Procuraduría de Justicia del Estado, y que la llevaría con ella de inmediato. De manera conjunta Paulina Arias y Leidy Campos planearon una estrategia frente a Emma.
     El 23 de octubre de 2003 Emma ratificó su primera declaración contra Jean Thouma Hanna Succar Kuri. Era octubre y, con sigilo, la AFI investigaba al acusado en Cancún. Mientras tanto, el gobernador de Quintana Roo, Joaquín Hendricks Díaz, se hallaba fuera del país.
     La procuradora de Justicia, Celia Pérez Gordillo, tenía conocimiento del caso y lo confió por completo a Miguel Ángel Pech Cen, subprocurador de la zona norte, y a Leidy Campos Vera.
     Según confirmó la propia procuradora, les autorizó a grabar un video y conversaciones telefónicas entre Emma y Gloria Pita, la esposa de Succar Kuri. Durante las grabaciones la primera estuvo acompañada por la autoridad.
     En esos días, mientras en la procuraduría Leidy Campos Vera conformaba el «primer expediente» en la investigación del caso Succar por abuso sexual, la AFI seguía sigilosa las pesquisas solicitadas por la abogada Acacio. Ni Leidy, ni la maestra Paulina, ni siquiera Emma, imaginaban que este asunto pudiera estar relacionado con el crimen organizado.
     En tanto la procuradora Pérez Gordillo calificaba como falsas las declaraciones de la abogada Acacio y de las organizaciones no gubernamentales sobre la intervención de la Agencia Federal de Investigaciones en el caso Succar, esta última dependencia presentaba ante Rafael Macedo de la Concha el primer oficio, el AF1J4426/2003, cuyos resultados expresan —además de la investigación sobre las líneas telefónicas de las villas 1,5 y9 del Hotel Solymar, propiedad de Succar Kuri— lo siguiente: se giró oficio a la Agencia Federal de Investigaciones con la finalidad de que se sirva ubicar a nivel estatal y nacional el domicilio exacto de Félix Díaz, Camel Nacif y Miguel Ángel Yunes toda vez que como se desprende de la declaración ministerial de una de las víctimas estas personas también sostenían relaciones sexuales con menores de edad. Se recepciona igualmente oficio AFL’430912003 mediante el cual la Agencia Federal de Investigaciones informa que Jean Touma Succar Kuri salió de esta ciudad con destino final a Los Angeles, California, ocupando el asiento número 1 A viajando con un solo equipaje a bordo del vuelo 920 de Mexicana de Aviación. (Sic)
     La Procuraduría de Justicia tuvo en sus manos, por más de quince días, un video en el que Succar confiesa su afición por tener sexo con menores y declaraciones suficientes de las niñas víctimas sobre un delito que se persigue de oficio y, sin embargo, el pederasta salió de Cancún sin que un solo policía lo detuviera en el aeropuerto.
     Un testigo, muy cercano a Jean Succar, asevera que al día siguiente de que se abriera el expediente por la denuncia presentada por Emma, el mismo Miguel Angel Pech Cen, subprocurador de Justicia, llamó a Jean Succar para avisarle que lo acusaban de abuso sexual infantil y corrupción de menores.
     Por eso Succar, su esposa Gloria y su hijo Jerry —de dieciocho años de edad— sabían de la denuncia y llamaron a Emma para incitarla a desistir. Pero ¿qué motivaría al subprocurador a ponerse del lado de un delincuente?
     La propia declaración de Jean Succar a su defensa lo explica. Según él, puede probar que la esposa de Pech Cen —abogada al igual que su marido— era administradora del condominio Brisas, un edificio vecino a las Villas Solymar.
     Succar conocía bien al matrimonio Pech, pues les había contratado como litigantes en varios asuntos administrativos. «El Johny» sostiene que una tarde se encontraba en el balcón de una de sus villas que da al mar y al condominio Brisas, cuando observó a tres sujetos que peleaban en un balcón del tercer piso de dicho condominio. Eran dos guardias de seguridad privada y un inquilino rabioso.
—De pronto —dice—, el sujeto cayó del balcón y murió al impactarse en el piso. Yo llamé a Pech y le dije que los guardias de seguridad habían empujado a un sujeto y que estaba tirado en el piso. Él me agradeció la información y poco después llegó su esposa; ella y los guardias levantaron el cuerpo, limpiaron todo y desparecieron la evidencia. Nunca llegó la policía y nada se supo públicamente.   Desde entonces, Miguel Angel Pech me debía el favor de mi silencio; por eso me llamó, para saldar su deuda de honor conmigo.
     Esto le permitió a Jean Succar preparar su defensa con el abogado Sidharta Andrade, quien, con el despacho de su padre, Gabino Andrade, comenzó a defender al libanés, aunque por un corto tiempo.

Los demonios del Edén. El poder que protege a la pornografía infantil
Lydia Cacho
Debolsillo, 2005.

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