RELATO La prueba de la tortuga | Jesús Ferrero


En el estadio de Olimpia la expectación era máxima. Aquiles el de los pies ligeros iba a competir con una tortuga.
     Es sabido que, por esa época, Aquiles recorría casi todas las ciudades griegas haciendo exhibiciones de velocidad.
     Sus éxitos estaban llegando tan lejos que, para acentuar la emoción de su público, Aquiles había llegado a retar a cualquier animal racional o irracional (le daba igual al magnífico) a una prueba de velocidad.
     Poseído por la «hibris megalómana» (como refirió un pedantísimo escritor ateniense, si bien nosotros preferimos decir «euforia del triunfador», pues no hay que olvidar que en esa época Aquiles era un ídolo de masas), el venturoso corredor se jactaba de poder batir a un gamo, a un caballo, a un león, a un elefante. Tan solo no se atrevía a retar a las aves, circunstancia que le deparó, en algunas ciudades griegas, el irónico atributo de «Aquiles el Prudente».
     El fervor que Aquiles provocaba en Grecia no incluía a la ciudad de Olimpia (la pura, la despejada, la hiperbórea).
     Los problemas habían comenzado con la Primera Olimpiada, cuando el jurado de Olimpia dio por vencedor en la prueba de los cien saltos a Arquínodes, oriundo de Olimpia, cuando resultaba evidente que Patroclo había llegado un instante antes, un levísimo pero perceptible instante antes. Aquiles, que se hallaba junto a la meta, lo había visto, y desde entonces manifestaba un ostentoso desprecio a la ciudad de las Olimpiadas, acusándola de corrupta y mezquina.
     En todas las ciudades en las que Aquiles exhibía su divina presencia y sus magníficas piernas, en todas hablaba mal de Olimpia, a la que calificaba de «gran ramera». A veces su odio contra la ciudad se hacía tan manifiesto que sus ojos parecían inyectados en sangre y su voz adquiría las resonancias de un profeta predicando el fin del tiempo.
     De ese modo Aquiles había conseguido enemistar contra Olimpia a buena parte de las polis griegas. El milagro se debía a su don de gentes, a su velocidad, y a esa extraña alegría de vivir y competir que Aquiles sabía demostrar casi siempre. Digamos que su carisma era extraordinario. Cuando Aquiles llegaba a un puerto, los muelles se llenaban de gente que acudía a recibirlo. Era el hombre más querido de la confederación helénica, y ese hombre había hecho todo lo que podía para desacreditar el vínculo más sólido entre los griegos, las Olimpiadas, y para mancillar el nombre de la ciudad que las organizaba.
     Las autoridades de Olimpia se hallaban tan preocupadas por el mal que el fuego verbal de Aquiles les estaba infligiendo que acudieron a Delfos para consultar a la pitonisa.
     La pitonisa, que procedía de Elea, les dijo:
     —Proponedle a Aquiles competir con una tortuga en la Tercera Olimpiada.
     —¿Con una tortuga? —clamaron a la vez los representantes de Olimpia.
     —Sí, con un pobre galápago.
     —¿Y qué sentido tiene tal certamen? —preguntó uno de los visitantes—. ¿La humillación?
     —Sí —respondió la pitonisa—, pero no en el sentido que creéis. Por descontado que Aquiles se sentirá humillado en cuanto le propongáis competir con un galápago. Imagino su sonrisa sardónica. Pensará que la mezquindad de Olimpia no tiene límites… Dirá: ¿Qué se proponen esos espíritus ínfimos con ese mal chiste? Pensará que es una broma; pero acabará aceptando, y todo el estadio se reirá de él…
     —¿Estáis segura?
     —Lo estoy —dijo la pitonisa, antes de desaparecer tras las humaredas del oráculo.
     Todos saben lo que pensó Aquiles cuando llegó a sus oídos tan curiosa proposición. Se inquietó sobremanera, y en eso demostró que estaba lejos de ser un espíritu simple. Inmediatamente detectó que le estaban tendiendo una trampa mortal. Si decía que no al certamen, por toda Grecia se propagaría la leyenda de que «la furia de los pies ligeros» no se atrevía a medirse con una tortuga. Esa clase de rumores que incitaban a la risa, una risa que mataba la leyenda, una risa que quemaba como el deshonor, no eran buenos para un héroe popular. Negarse a competir con el galápago era lo mismo que darle la razón a los infames que habían defendido y legitimado el falso triunfo de Arquínodes: un acto para el que no cabía el perdón. Olimpia lo sabía, y justamente porque lo sabía, expelía la culpa de aquella anomalía burlándose de él y proponiéndole competir con un galápago. Era como llamarlo Nada, como llamarlo Nadie. Pero el asunto no era menos lamentable si aceptaba competir con la tortuga. ¿Quién podía enorgullecerse de vencer a una tortuga? Si aceptaba participar, Aquiles corría el peligro de ser considerado por toda Grecia un deficiente mental. Y si no aceptaba, también. Qué miserables, pensó. De sobra se ve que solo los desesperados recurren a las paradojas… Creo que voy a aceptar, se dijo a sí mismo. Es preciso que comprendan que Aquiles es capaz, entre otras muchas cosas, de cambiar las reglas del juego. ¡Y no saben de qué manera!
     Y fue así cómo el tercer día de la Tercera Olimpiada Aquiles se dispuso a competir con un hermoso galápago en el estadio lleno de gente.
     Los fanáticos del hombre de los pies ligeros, que eran muchos, se sentían tan heridos como desconcertados. No podían comprender por qué Aquiles se prestaba a protagonizar una farsa que por su misma evidencia estaba muy lejos de parecer graciosa. Todos hubiesen preferido un poco más de sutileza en él y en los organizadores.
     La crispación de los partidarios de Aquiles aumentó cuando empezaron a escuchar las carcajadas de los enemigos del corredor. Eran carcajadas muy contagiosas, que empezaban a propagarse por todo el estadio. A todos les hacía mucha gracia ver al hombre de los pies ligeros junto a una tortuga, ambos sobre la raya misma de la meta.
     De pronto Aquiles alzó las manos y se hizo el silencio. El corredor se acercó a la tribuna del consejo y le dijo al gran arconte:
     —Antes de comenzar la prueba, ¿puedo proponer algo al consejo?
     —Adelante —dijo el arconte.
     —Es legendaria la lentitud de los galápagos, como es legendaria vuestra liberalidad, y como es legendario mi sentido de la dignidad… Por eso quisiera darle una ventaja de cien pasos a mi rival…
La carcajada fue general, el arconte dijo:
     —Vuestra proposición es aceptada. Adelantad cien pasos por delante de la meta a la tortuga y que se inicie la carrera.
     El arconte dio la señal de salida y Aquiles empezó a correr. Sus pies se movían a gran velocidad pero no avanzaba, como si estuviese recorriendo un espacio infinitamente divisible, o como si estuviese recorriendo un estadio infinito en su misma limitación.
     De las risas, los espectadores pasaron a un silencio clamoroso por su misma tensión. El hombre de los pies ligeros parecía incapaz de alcanzar a la tortuga. Todos advertían la prodigiosa velocidad de sus piernas al moverse, pero cuanto más deprisa se movían menos avanzaban, de forma que a veces parecía que el héroe corriese hacia atrás. Hasta que finalmente se detuvo y, jadeando como una bestia, gritó que se retiraba y que era incapaz de vencer a la tortuga. La aclamación llenó el estadio. Para la gente, Aquiles había vencido una vez más y se había burlado del consejo de Olimpia organizando una farsa por encima de la que ellos habían establecido, negándose a alcanzar al galápago y demostrando que bastaba con un poco de sentido del humor para modificar el argumento que los otros le habían impuesto, además del planteamiento, el nudo y el desenlace.
     Lo que os acabo de narrar me lo contó en una ocasión mi amigo Durgen, junto al fuego de la chimenea de su casa en el alpe de Huez. Y Durgen acabó su fábula diciendo:
     —La prueba por la que pasó Aquiles, y que resolvió perdiéndola, es la verdadera prueba de todo gran ciclista. Antes de ganar un tour y tener tus gregarios de lujo, pierdes secretamente más de una vuelta que podías haber ganado, y te comportas como Aquiles con la tortuga. Ya llegará la hora de que otros empiecen a pedalear hacia atrás para que tú puedas hacerlo hacia delante y ya no parar.

Cuentos de ciclismo, AA. VV., 2000. Textos de Mariano Antolín, Carlos Casares, Martín Casariego, Alfredo Conde, Jesús Ferrero, Luis G. Martín, Alejandro Gándara, Javier García Sánchez, Ramón Irigoyen, Juan Madrid, Luis Martínez de Mingo, Ignacio Martínez de Pisón, José María Merino, Cristina Peri Rossi, Álvaro Pombo, Miguel Sánchez-Ostiz, Sara Rosenberg, Javier Tomeo, Ignacio Vidal-Folch, Alfredo Bryce Echenique. pp. 287 


Imagen de dominio público o que posee licencia Creative Commons. 

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