RELATO El mejor regalo | José Luis Aguirre



Esperas a tu amante. Sales a la luz.

La avenida vacía. Un claro de tránsito entre los carros (te asombra esta expresión, pero no se te ocurre otra, algo así como un oasis, un oasis en medio del desierto es lo que quieres decir). Del otro lado te espera él.

Te sorprende su imagen misma, del otro lado de la acera.  Es mayor que tú. Veinte años. El pelo entrecano, su piel bien cuidada, tersa, sin arrugas. Blanca. Te recuerdas en la oscuridad acariciando su piel, sintiendo su tersura, recostado en tus senos, después de hacer el amor. Lo recuerdas. Su piel, piensas.

Él no refleja su edad. Él, impasible del otro lado, una figura impasible. Acaso como tu padre o como tu propio  esposo. Los hombres impasibles de tu vida.

Te espera en un estacionamiento enorme. Te espera recargado en la cajuela del coche. Antes de cruzar la avenida para ir a su encuentro, antes de levantar la cabeza para ubicarlo con la mirada,  justo momentos antes, te asalta un recuerdo cómo ráfaga: piensas en cuando eras adolescente  y te gustaba ese chico de dieciséis años cuando tú tenías doce. Un día se atrevió a sentarte en sus piernas. No dijiste nada. Te sentiste importante. Tú, sentada en las piernas de ese chico. Lo recuerdas muy bien, tu sonrisa. Sonreíste para una cámara invisible que te fotografiaba. Un momento que solo tú pudiste apresar, fuiste tan consiente de eso.

En el coche se besan. Se acarician. Hay virutas en la luz que traspasa la ventana del vidrio. Es octubre y el comienzo del otoño en la ciudad. Antes había hecho un calor con rabia. Fue un verano tórrido en la ciudad. Fue salvaje.

Te viste en moteles con él todo el verano. Su romance se consumaba en las horas libres que tenías. Tu familia te recibía al regresar después de esas horas que justificabas con pretextos sacados de la manga, con consejos de amigos, con eventos realizados en tu trabajo que “casi” cubrían ese tiempo que en realidad pasabas con él. Es tu amante, se besan en el auto.

En el motel se besan. Conversan sobre su futuro. Su futuro. El futuro. Conversan sobre sus familias. Conversan sobre sus trabajos. Después de hacer el amor conversan. Él se acerca. Te envuelve de nuevo. Su piel. Te sientes importante. Te sientes de nuevo en las piernas de aquel chico de dieciséis años. Él se levanta, medio vestido. Hurga entre sus cosas que ha dejado  por el piso. Una mochila negra, muy de ejecutivo. Al principio tu mente  no encuentra el sentido a los objetos que pone sobre el buró de la cama. No tiene sentido alguno, piensas. Tu cabeza no arma en el interior de su cerebro la idea que significan los objetos que coloca sobre el buró.

Lleva una pluma en la mano. Se inclina sobre los objetos hasta entonces sin sentido alguno para ti. Escribe. Ha escrito algo mientras se inclina.

Él retira su cuerpo y tú puedes ver entonces lo que yace sobre el buró. ¿Que? dices, mientras volteas para mirarlo.

Es un regalo dice. Es un regalo. ¿Qué? repites extrañada.

Un postit color rosa yace al centro de la superficie del buró. Un postit con dos pequeñas ligas de colores en el centro. Es un espejo, dice. Un espejo.

Ha escrito sobre el postit, recuerda, ha escrito. La letra h en minúscula. La letra h cerca del margen derecho de la pequeña hoja. Cerca.  Es un espejo dice. La h de hermosa, dice. Te sientes tonta por no poder adivinarlo antes. Te sientes tonta. La h de hermosa.  Pero nada tiene sentido en tu cabeza. Nada. No.

¿Un espejo?, contestas en forma de pregunta.

Un espejo. Efectivamente. Él se acerca. Te envuelve.

Pasas días contemplando ese regalo. Pensándolo. Armándolo. Rearmándolo sobre superficies; en tu trabajo: en la mesa de la oficina; en tu casa: sobre el comedor, mientras no se encuentra tu familia. Solo es unpostit con dos ligas para el cabello muy pequeñas. Un postit con la letra h en minúscula, corrida hacia el margen de la derecha. Es un postit pero en realidad es un rompecabezas, piensas.

Es algo que bien podría ser basura convertido en algo que te servirá para siempre, piensas.  Es el mejor regalo que te hayan dado, lo sabes. No tiene sentido alguno. Por eso es belleza.

En el motel se besan. En el auto se besan. Es el comienzo del otoño en la ciudad. El final de un verano tórrido.

Tu hija sale a recibirte emocionada cada tarde. Se monta en tus piernas de inmediato  y las apresa. No te suelta. Te aprieta tan fuerte. Tu esposo te besa en la mejilla con ternura. Te sientes importante de nuevo. Te sientes en las piernas de ese chico de dieciséis años cuando tú tenías doce. Tu sonrisa.


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José Luis Aguirre. (Monterrey, Nuevo León). Estudiante de la licenciatura en Bibliotecología y Ciencias de la Información en la U.A.N.L. En 2013 obtuvo el primer lugar en el IV concurso de reseña organizado por la Casa del Libro de la Universidad Autónoma de Nuevo León, así como el segundo y tercer lugar en la categoría de cuento del Certamen Literatura Joven Universitaria de la U.A.N.L., y en 2014 obtuvo dos menciones honorificas por trabajos de poesía en dicho certamen.


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