RELATO El reinicio de la aventura | Mauro Barea

—Ahora que lo pienso, tú y yo no somos tan diferentes, Rudolph. Se burlaban de ti y tu nariz absurda, se burlaban de mí por ser como soy. Diferentes. Somos piezas que deben encajar en alguna parte de este rompecabezas que se embona año con año, pero, cuando alguien piensa en nosotros y nos identifica, el engranaje vuelve a accionarse. 
Los copos de nieve que caían silenciosos sobre su espalda le recordaron que no podía quedarse ahí, con ese último resuello contenido en el vaporoso vaho que apenas alcanzaba a repeler la heladez invadiendo sus entrañas cada vez más. Lo sabía, eso se lo había contado alguna vez el Anciano: cuando sientes el frío en tu interior, el frío de verdad, no hay mucho que hacer más que esperar la dulce e inequívoca muerte. La Muerte Blanca.
     “Podría estar muriendo” se decía cada tres o cuatro pasos, avanzando sobre la ladera del monte del Tajo. Sentía en su vientre el frío que su cuerpo parecía ya no querer combatir y por el contrario lo absorbía. Estaría de acuerdo consigo mismo si no tuviera una última cosa por hacer: tenía que verlo; eso le daría el reposo en su viaje hacia lo eterno, más próximo en aquella blancura brillante, apenas desplazada por manchas oscuras representando abetos y pinos cargados de aquella nieve, pesada, crujiente bajo sus patas.
     Crunch, crunch, crunch, decía la nieve.
     Poco a poco, el brillo de azúcar en esa alfombra blanca e inmensa fue opacándose. Atardecía y con el crepúsculo moría el veintitrés. No recordaba un 23 de diciembre así, no de esa forma. Creía que su utilidad jamás terminaría, que siempre estaría allí para guiar una expedición anual a la tierra que ahora besaba con el vientre cada que resbalaba o se hundía en la nevisca. Recordó su niñez: un paisaje idéntico, que no hacía daño, no mientras su madre estuviera junto a él y sus hermanos. Las nevadas eran para retozar y refugiarse en el calor de los besos y caricias de mamá. El Anciano lo descubrió por accidente, cuando su vida y autoestima estaban hundidas muchos metros bajo tierra, burlas y rechazos, gracias a su anormalidad digna de un circo de fenómenos. El Anciano convirtió ese chiste en don y lo dotó de lo que nadie jamás hubiese pensado: lo forjó en una leyenda que no moriría. Él lo entendió en su momento. Se alió a aquel sabio y noble viejo de muchísimos años, y lo hizo demasiado bien. Llegaron la fama y los excesos; todo el año podía retozar, embriagarse del perfume de la compañía femenina, hastiarse de correr por el mundo. Y esos días de diciembre, los cruciales, eran lo que daban razón a su existencia, y no solo cumplía, daba todo de él para ese trabajo; no existía la mínima falla al hacerlo.
     Mientras pensaba esto, descubrió que se encontraba frente a una puerta negra y desgastada por los mismos años. La contempló fascinado, como si no esperara que existiese de verdad. No tenía picaporte, ni una aldaba a la cual llamar. La noche ya cubría la espesura de la cima, y tras dos vacilaciones, por fin llamó: trac trac, crujió la puerta. Nada. Trac trac de nuevo, y no podía creer que lo estuviera haciendo. Cuando se oyó un sonido que venía de adentro, supo que a quien iba a visitar representaba su única opción.
     Primero, sus ojos amarillos y legañosos surgieron de la penumbra como dos faros, después, aquellas manos extrañas que parecían garras tejidas de pelo, y que no eran de color verde como le habían dicho, eran más bien del color del moho, de lo podrido y viejo mezclados en uno. Aquella criatura puso los brazos en jarras. Lo que podía llamarse sorpresa en los gestos de una cara surcada de líneas y pelambre del color del musgo, cambió a un estado retador y de fastidio; ése debía ser su estado natural, y el visitante agradeció aquel comportamiento. Al menos era genuino, sincero.
     —Tu osada intromisión no es bienvenida. Lárgate de aquí —gruñó la criatura, mostrando sus dientes que parecían lápidas sembradas sin ningún orden en su hocico negro, como una caverna. Entonces el visitante lo vio bien y comprobó que su leyenda era cierta. Su aspecto descuidado, hirsuto y harapiento denotaba que no veía a nadie desde hacía muchísimos años.
     —No vengo de parte de nadie. Sólo quería charlar —contestó el visitante.
     —¿Eres un estúpido, o perdiste la chaveta? Podría desollarte y comerme tu apetitosa carne si se me antoja. No creas que por trabajar con ese viejo tienes protección especial.
     —Te he dicho que no vengo de parte de nadie, ni trabajo con el Anciano.
     Esta vez el peludo y verde personaje se acercó a él. Su hedor era terrible, mezcla de vómitos, basura y halitosis. Pero eso no le importó y le sostuvo la mirada. Sus garras, capaces en efecto de cercenar pieles tan duras como la suya, oscilaron entre la luz que venía de dentro de aquella cueva. Antes de que pudiera evitarlo, tocó la nariz del visitante, la sostuvo y oprimió con sus dedos índice y pulgar. Sintió esta vez su cálida respiración y la nariz se encendió como un foco rojo. Su luminosidad aumentó hasta parecer un faro en una costa neblinosa. La criatura frunció el ceño, y lo miró a los ojos. Su cara, llena de abismos sombríos,  esculpía sus ojos refulgentes y malvados en la noche ventosa.
     —¿Qué pasaría si te arrancara esto ahora mismo? —preguntó, burlón.
     —Adelantarías lo inevitable, mi querido Grinch —respondió el reno, sin moverse.
     La criatura verde lo soltó al instante y la luz roja se apagó. Esta vez rodeó al ciervo dando pasos cautelosos que resultaban en gracia por su prominente barriga, balanceándose al compás de sus movimientos.
     —Eres Rudolph. En verdad lo eres, ¡escolopendras podridas!


Sentados junto al fuego bienhechor, la inusual reunión prosiguió silenciosa los minutos siguientes. La guarida del Grinch era como le habían dicho: un basurero desagradable, sin forma ni fondo, desparpajado. Sin embargo, a Rudolph le parecía bien. Ahí no hacía frío y la vida le había regresado al cuerpo; aunque el té que le había servido parecía engrudo, estaba caliente y pudo beberlo.
     —Creí que ya habías cambiado, Grinch. Que eras amigo de los Quienes, y llevabas una vida feliz. La realidad no es como dicen los cuentos, ¿eh?
     El Grinch miraba el fuego, absorto. No esperaba que respondiera, considerando que se encontraba junto al ser más hosco y agrio del planeta, sin embargó, habló, sin voltear a verlo.
     —Déjate de tonterías, reno. Dime a qué viniste. Sigues importunando mi meditación interna de la noche, que es la alimentación a mi odio egocéntrico-misántropo mismo.
     —Me han echado. He envejecido, y…
     —¿Crees que soy un imbécil? Tú no puedes envejecer y el gordinflón de rojo nunca echa a nadie. Aunque ahora que lo mencionas —se volvió y lo barrió con la mirada— sí te ves viejo.
     —¿Lo ves? No miento.
     Tú mismo te exiliaste de un mundo de magia y arcoíris, florecitas y pajaritos —dijo el Grinch, haciendo florituras teatrales con sus manos. Esta vez lo taladró con la mirada, que reflejaba el fuego crepitando en el fondo de la cueva. Rudolph suspiró hondo.
     —Es porque dejé de creer en la Navidad. Por eso envejecí.
     El Grinch lanzó una risotada gutural; su eco retumbó en las paredes de piedra.
     —¿Y por eso has venido aquí? ¿Crees que yo puedo darte un consejo, o me tomas como un libro de autoayuda? Has perdido la chaveta, payaso cornudo.
     «Payaso cornudo», así le decían en su adolescencia. Las tripas se le removieron. Consideró salir a la ventisca y perderse de una vez por todas. Era un error estar ahí; no sabía cómo se le había ocurrido siquiera pensarlo. Cuando se dirigía a la puerta, el Grinch habló de nuevo.
     —La gente nunca cambia, Rudolph. Eso nos incluye. Lo descubrí en una de mis meditaciones: el final feliz va más allá de lo que somos. Sin embargo, alguien nos acecha, y nos mira como símbolos. Símbolos que se reciclan cada vez que se piensa en ellos, cada que se evoca el mal buscando una moraleja. Hasta el fin de los tiempos. Dime qué ves en mí desde que llegaste.
     Por primera vez, Rudolph reflexionó en lo que le decía el enemigo de las Navidades.
     —Es como si nunca hubiera pasado lo que conocemos de ti. No veo el final feliz.
     —Correcto. Soy el maldito Grinch, con el corazón del tamaño de un sapo, con toda la negatividad y sapiencia del mundo sobre mi espalda. No sé qué o quién es Cindy Lou, pero a veces se me aparece entre sueños como una niña tonta y dientuda; entonces, saca un cuchillo y me lo clava en el corazón.
     —Sé quién es Cindy. Los Quienes no son en absoluto violentos.
     El Grinch sonrió en una mueca, y se encogió de hombros.
     —Ahora que lo pienso, tú y yo no somos tan diferentes, Rudolph. Se burlaban de ti y tu nariz absurda, se burlaban de mí por ser como soy. Diferentes. Somos piezas que deben encajar en alguna parte de este rompecabezas que se embona año con año, pero, cuando alguien piensa en nosotros y nos identifica, el engranaje vuelve a accionarse. Dejaron de pensar en nosotros y en nuestras historias mucho tiempo, o seguro alguien allá afuera está mirando nuestra historia otra vez, y por eso acudes a mí con esas dudas.
     —¿Alguien? ¿Quién?
     Rudolph trataba de entender, pero una parte de él le decía que el Grinch estaba muy trastornado y deliraba frente al fuego.
     —No depende de nosotros, ni siquiera del Anciano. Esta Navidad por alguna razón debe ser diferente a todas las que conocemos. Necesitamos un nuevo comienzo, un reinicio. El simple hecho de venir a mi morada cambia todas las reglas. Te conozco, de alguna forma, y sé que no deberías estar aquí.
     —¿Por qué? ¿Por qué tiene que ser así como dices, una y otra vez? —repuso Rudolph.
     —Porque eso que llamas Navidad debe tener un sentido. Por mi parte, creo que estoy a punto de descubrirlo. Ya no será algo que se recicle. 24 y 25 de diciembre dejará de ser esa cosa inútil y fatua.
     El Grinch miró al reno con un rostro pensativo.
     —¿Qué? ¿Cómo es eso posible?
     —No me hagas caso, cuernitos. Mis meditaciones me suelen llevar por caminos retorcidos. A veces siento que he vivido mi vida cientos, miles de veces. Como si me estuvieran leyendo, o mirando desde muy alto, fuera de esta montaña y este bosque. Y no sólo a mí: todo lo que soy, esta cueva, el monte del Tajo… algo en mí que ya está escrito y dado por hecho, y ese capítulo se repite una y otra vez. Sé de ti, pero nunca te había visto. Ahora estás aquí, y no tengo idea de qué va a suceder a continuación, mañana o pasado mañana. Cambiaste algo viniendo aquí.
     Rudolph se quedó de piedra al escuchar toques en la puerta del Grinch.
     —¡Bocachanclas felpudas! ¿Nadie le tiene miedo a la muerte? ¡Maldita sea! —vociferó el Grinch, contrariado. Se paró de la silla desvencijada donde tenía asentado el trasero y se acercó con pasos contundentes a la puerta. El reno lo acompañó con sigilo. ¿Lo habían seguido? ¿Cómo era eso de que había “cambiado las reglas”?
     —¡Pueden irse a la…!
     El Grinch dejó en suspenso el juramento al ver, entre las sombras, como una estatua viva y sonrosada, a una niña que sonreía, nerviosa, mostrando unos incisivos romos y enormes, dándole el aspecto de un ratón. Sus mejillas rojas por el esfuerzo de subir hasta la cima del monte del Tajo combinaban con su estrafalario atuendo de colores y peinado de rubias trenzas sin sentido que parecían múltiples nidos de pájaro sobre su cabeza. Tenía las manos en la espalda, como si escondiera un regalo valioso. La luz del fuego reflejaba en sus pupilas una enorme coquetería.
     Rudolph cayó en la cuenta de que su juventud regresaba de golpe; su tarea también comenzaba, tal vez no de la misma forma que lo había hecho desde su nacimiento hasta ese día, pero, de cualquier forma, la historia comenzaba. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió la emoción del no saber qué pasaría en el siguiente capítulo de esa nueva vida, maquinaria que acababa de echar a andar. Había cambiado las cosas para siempre, escapando del Anciano y la fábrica del Polo Norte, y su leyenda se reescribiría junto con todo lo que lo tocara de ahora en adelante. “¿Viajar hacia lo eterno, la Muerte Blanca? ¡Sospecho que no voy hacia ella, ni de lejos!”, pensó el cervato. Su nariz brilló de un rojo intenso.
     La voz infantil, temblorosa, acalló por un momento los aullidos de la ventisca tras ella.
     —Se-señor Grinch… ¡soy Cindy Lou, Cindy Lou Quien! Y vengo a invitarlo a ser nuestro Campeón de Villa Quien para la Navidad de este año… ¡Uy, qué bonito venadito!
     Ninguno de los dos vio el cuchillo de carnicero entre las manos de Cindy, sujeto con firmeza sobre su espalda, con el filo brillando a la luz de las estrellas. La niña dio dos tímidos pasos hacia ellos, mientras ensanchaba la sonrisa. Rudolph no pudo más que devolvérsela.



MAURO BAREA (Cancún, 1981). Publicó en Madrid El colapso del tiempo (2012), novela presentada en la XXXIV Feria del Libro del Palacio de Minería junto a Hernán Lara Zavala, así como en la Noche de los Libros de la Comunidad de Madrid en la Universidad Complutense (2013). Finalista en el I Premio Hispania de Novela Histórica (2013) en Madrid con El retorno de Zamná; ese trabajo le valió ser consultor en el documental Entre dos mundos (2012) de TV UNAM y con difusión internacional de National Geographic. Finalista en el XIV concurso de Tanatocuentos de la Revista Adiós Cultural de Madrid (2014). En 2015 es seleccionado por Editorial Verbum de Madrid para la antología infantil Mi mejor amigo. Escribe en una columna semanal de análisis sociopolítico y cultural, "Desde Ninguna Parte", para el periódico Quintana Roo Hoy.

Fotografía | Imágenes de Google 

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