ACERCAMIENTOS Asesinos, narcóticos y poesía | Andrés Galindo

Alvaro Tapia Hidalgo

Generalmente solemos relacionar drogadicción con violencia, pero tal vez la palabra “asesino” tenga una etimología más cercana a la poesía; o quizá una mujer hermosa de figura esbelta se pueda convertir en una asesina a sueldo.

EL ORIGEN

Como bien se sabe, nuestro idioma cuenta en su nómina con una gran cantidad de palabras de origen árabe (almohada, alcohol, alfalfa, café, etc.). Así, “asesino” proviene del árabe haššāšīn y significa, según el Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia, adicto al cáñamo indio.

Existen en el mundo diferentes variedades de cáñamo. Entre otros usos, esta planta encuentra su mayor aprovechamiento en la industria textil. Pero la variedad que aquí nos interesa (índico) se caracteriza, precisamente por su menor tamaño —en relación con el resto de los tipos de cáñamo— y su consecuente mala calidad textil. Por el contrario, en el índico se encuentra una mayor concentración de alcaloides. Los alcaloides son compuestos químicos básicos producidos casi exclusivamente por los vegetales. La sustancia activa del cáñamo índico es el tetrahidrocannabinol y funciona como narcótico.

El nombre científico de esta planta es “cannabis sativa”. Muchas veces solemos hablar indistintamente de cannabis o de marihuana, como si se tratara de sinónimos. Lo cierto es que “cannabis”, como vemos, es el nombre genérico, mientras que la marihuana es un producto de esta planta. Otro popular derivado de la cannabis es el hachís, de donde viene nuestra palabra haššāšīn. Además de la marihuana y el hachís, un tercer narcótico derivado del cáñamo índico es el bhang o banch, del cual hablaré más adelante.

USOS Y COSTUMBRES

La marihuana se conocía en la India, China y Asia central desde el 3000 antes de Cristo. Pero el hachís, que por su forma de elaboración contiene una concentración ocho veces más de tetrahidrocannabinol, se popularizó entre una fracción de los musulmanes durante la época de las cruzadas. Una de las tantas ramificaciones del mundo islámico es la de los fatimíes (fundadores del actual Cairo). Durante el siglo XI los fatimíes se dividieron y una de sus sectas más importantes fue la de los nizaríes. Los nizaríes se caracterizaron por su disidencia del califato del Cairo. Sus enemigos los llamaron hashishiyya, que hace alusión a su no comprobado uso del hachís. A causa de las historias sobre los asesinatos políticos de los nizaríes, propagadas por los cruzados, el término hashishiyya se extendió por Europa para referirse a todo criminal fanático o a sueldo.

LA POESÍA

Dentro de la mitología islámica se cuenta la historia del viejo de la montaña. De este mito tenemos dos versiones. La primera narra cómo Hassan Al Sabbah, el viejo, jefe de la secta de los haschuschin o hashsh Ashin, hacía consumir a sus soldados una porción de hachís antes de cualquier batalla contra los cristianos, con la finalidad de hacerlos inmunes al dolor. La segunda versión, menos violenta en lo físico pero más agresiva en lo persuasivo, cuenta que toda vez que los cristianos se convertían en presos de guerra, Hassan, el viejo de la montaña, convidaba a sus invitados con hachís. Narcotizados y en medio de las alucinaciones producidas por el tetrahidrocannabinol, los cristianos eran obligados a escuchar las enseñanzas de la fe verdadera, la de Alá y su profeta Mahoma. Era tal la insistencia y el caos en la cabeza de las víctimas, que terminaban por negar la propia fe y convertirse al Islam; a aquellos que resistían al tormento (moral primordialmente) se les arrancaba la cabeza del cuello con una especie de filosas espadas árabes llamadas alfanjes.

En el libro de Las mil y una noches, opiómanos, fumadores de hachís y de banch se cuentan por docenas. Aunque dentro de estos cuentos el uso de los narcóticos mencionados también se relaciona con sucesos bélicos, la mayoría de las veces tiene que ver con personajes o situaciones chuscas, a la manera de nuestros chistes y anécdotas sobre borrachos. En las también llamadas noches árabes los consumidores de hachís son tomados por locos o bufones, cuyas gracias o errores son perdonados por venir de quien vienen; muy pocas ocasiones estos locos acarrean, con sus actos, consecuencias graves.

Finalmente, vale la pena mencionar que “banch” (“flor de banch” generalmente en Las mil y una noches) es una palabra que se usa con mucha frecuencia para designar, metafóricamente, la hermosura de una muchacha. Esto se debe quizá a que el tallo del cáñamo es alto y esbelto. Dependiendo de las condiciones de suelo y clima, la altura de la planta puede fluctuar entre 90 centímetros y 5 metros; aunque, como ya se dijo, la variedad cannabis sativa o cáñamo índico suele ser más pequeña que el resto de sus hermanas. De esta suerte, es común encontrar en la literatura islámica frases como: “…y era tal la belleza de aquella mocita que su rostro a la luna igualaba, y su talle a una rama de banch semejaba”.


ANDRÉS GALINDO. Hispanista por la Universidad Autónoma de México. Autor de Veinte poemas de la furia (Endora, 2010) y La oficina del olvido (Ediciones y Punto, 2015). En 2011 conoce el formato Slam Poetry y, desde entonces ha participado en el mismo, bien como poeta o como espectador. Actualmente escribe cuentos fantásticos, minificciónes y es aficionado a la fotografía.

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