LETRONAUTA Trastornos de la genialidad | Wilberto Palomares


El 27 de julio de 1890 Vincent Van Gogh se suicidó. Terminó de pintar el que sería su último cuadro “Trigal con cuervos” y salió a pasear por el campo. Tomó su pistola y se disparó en el pecho. La herida dejó escapar los cuervos negros de su vida, que sobrevolaron ese espectáculo amarillo de trigos y girasoles que siempre le deslumbró.

El 28 de marzo de 1941 Virginia Woolf se suicidó. Se puso su abrigo, llenó los bolsillos con piedras y saltó al río Ouse, cerca de su casa en Inglaterra. Las voces en su cabeza la habían convencido de que era lo mejor que podía hacer. Su cuerpo no sería encontrado sino hasta tres semanas después río abajo.

Unos años más tarde, la noche del 2 de julio de 1961 Ernest Hemingway, célebre escritor por sus obras El viejo y el mar, y Por quién doblan las campanas tomó su escopeta favorita y se disparó. Colocó el cañón en su boca, jaló el gatillo y su cerebro estalló. Se le dijo a la prensa que había sido un accidente, pero cinco años después, su esposa Mary Hemingway admitió que su marido se había suicidado.

La lista podría seguir. Artistas, escritores, pintores, inventores, todos ellos genios viviendo en un lugar y un momento de la historia distintos, pero con algo en común: un trágico final ocasionado por ellos mismos.

¿Será que la genialidad tiene un costo y es la locura?

Silvia Plath; Leonardo da Vinci; Alan Turing, padre de la computación y la inteligencia artificial; Isaac Newton y sus leyes de la gravitación universal; Beethoven y su música inmortal. No pueden negarse las contribuciones de estos personajes en sus respectivos campos. Sin embargo, todos ellos, libraban una batalla diaria contra la locura que les pisaba los talones.

Nikola Tesla, por ejemplo, uno de los científicos más importantes del siglo XX, padecía TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo) con síntomas muy severos, como la fobia a los gérmenes, la obsesión con el número tres y el uso de 18 servilletas para comer. Esto lo llevaba a recluirse en soledad durante largas temporadas, lo que le permitía concentrarse en su trabajo.

¿Tesla habría logrado desarrollar los principios teóricos del radar sin haberse encerrado en su laboratorio obligado por sus problemas mentales? ¿Alguno de los grandes genios mencionados habría logrado algo sin las voces dentro de sus cabezas dándoles ideas? ¿Para ser un genio hay que estar loco?

Tal vez sea por eso que no vemos muchos genios en nuestros días. La industria farmacéutica ha creado pastillas para todo. Si escuchas voces: pastilla; si ves danzar a los colores mientras vas al trabajo: pastilla; si imaginas mundos más allá de la bola azul en la que vives: pastilla. Pastilla, pastilla, pastilla…

¿Y si la medicina se equivoca? ¿Y si en lugar de ayudarnos a controlar lo que ella llama "trastorno emocional" lo que está controlando es nuestra creatividad?

Van Gogh pudo ver remolinos en la noche y plasmarlos en el lienzo porque nunca se tomó una pastilla para acallar la voz que le ordenaba pintar. Newton entendió las fuerzas de gravedad porque el médico nunca le ordenó aislamiento ni le recetó una pastilla para controlar su bipolaridad.

Quizá los genios siempre están locos, o será que los locos siempre son unos genios. No creo que la locura y la genialidad vayan de la mano. Creo que la locura, es la verdadera genialidad.

¿Quieres ser un genio? Sólo tienes que perderle el miedo a la locura, convivir con ella de día y abrazarla por la noche, escucharla, seguir sus consejos… y dejarte arrastrar.


WILBERTO PALOMARES. Autor del libro Supervisor de nubes, publicado en febrero de 2015 por el CONACULTA. Finalista del concurso de poesía "Vientos de octubre" en España en el año 2011. Egresado del taller de creación literaria "Cuentos" impartido por el reconocido escritor y compositor Armando Vega-Gil y del taller "D Generación Literaria" impartido por Agustín Benítez Ochoa. Dramaturgo de los unipersonales “Dijo que se quedaría... y le creí” y “Loca de amor”. Autor de al menos 70 cuentos y tres novelas. Actualmente trabaja en su cuarta novela La noche de los girasoles y en la antología poética De vaqueros, trenes y poetas.

 Ilustración | Aykut Aydoğdu

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