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    POESÍA Aguas profundas | Eduardo Enrique Dimas Arias


    Aguas profundas
    En el borde de un olvido
    casi inasible pero cierto,
    aparece su sombra de repente;
    yo, que lucho cada día por
    no ser un espectro,
            de pronto azoto contra
                                gruesas paredes,
    y desde el suelo escucho su voz,
    melodiosa todavía.

    La vi, en medio de la bruma,
    y en donde menos lo esperaba.
    Aquel saludo sonó tan profundo,
    y dentro de mí algo perdió su sitio;
    para qué visitar las penas,
    la vi sonreír y presumir sus
    nuevos dientes, y yo ya no
    miraba sino aquello que
              pertenece a la nada o al olvido.

    Y si me despido o me quedo
    para siempre, nada es.
    Me dice que todo va bien,
    y no sé qué respuesta esperaba.
    ¿Sabría ella de mis esfuerzos por desterrarla?
    Justo en el momento anterior
    ya no la recordaba.
    Desterrar. Desahuciar.
    Acércate a la profundidad de las aguas.
    Mira.
              Fondo vacío, fondo inverosímil.
    Nada sé de la nada. Tú vas, ves.

    Pero ella no estaba allí,
    quiero decir: sí estaba.
    Acaso todo cambie,
    dudas no hay. Círculos,
    no vicios. El sol dañó mis ojos.
                Chocolates de viento,
    y yo dije: «te ves bien»,
    y significaba algo como:
    «no sé qué hago aquí, pero es peligroso,
    y es triste que los estragos sean tan evidentes;
    y lo evidente es que tú y yo no somos lo mismo,
    y lo oculto es que —quién sabe—
    tal vez acaso quizá podríamos serlo, y
    a la vez imposible resulta».
    O fuera el hambre y el cansancio,
    nada permanece para nunca.
         
                   Mas no sé si la vi,
    quizá solamente estoy seguro;
    qué sirve, avanza hacia el mar.
    Voces suenan, y la mía se ahoga.
    Y yo dije: «estoy enfermo»,
    y mentí, porque estaba muerto.
    Pero la muerte es un centro comercial,
    donde algunos quieren pasar sus vacaciones.

    Fuimos a la luna
    como cinco veces, pero no lo recuerdo;
    a veces olvido vivir, de veras. La vi.
            Ella dijo: «hoy iré de nuevo», y yo:
    «qué bueno».

    Ya no bebo alcohol,
    soy un haz de eventos aleatorios.
    Debe haber un lugar en la nada.
    La nada permanece.
    Dicen que somos más que
    simples existencias; orgullos
    esforzados por deslumbrar.
                   Mis pasos no son ya,
    no es, no fue; pasos de cristal,
    fuimos nada.
    Se escucha en medio de la desdicha el eco,
    eco, eco, eco, susurros.
                   Y sin más, hay un cartel que
    dicta «se busca» pero
    todos huyen,
    como huimos nosotros aquella vez,
    cuando alguien dijo: «mataron  a uno», y
    en nuestros corazones no había
    más que vida.

    Al final todo se ha marchitado y,
    tras el viento del invierno,
    solamente polvo queda en la repisa,
    mas no temo a las cenizas;
    y tú, eres ya otro elemento
    desconocido. Aciagas horas.
               
    Todavía no resuelvo cómo escapar a los desvaríos,
    y entonces hablo a la vez
    del llanto y de hojas de papel;
    de vueltas y tributos; del olvido y la euforia.
             Veo un par de torbellinos
    amenazando con romper el hielo,
    cantar ahogado en metal, y fundido
    con la espera,
    que se vuelve difusa cada vez
    que la miro. Volátiles sueños.
             No hay normas para
    llevar a buen término un
                         evento inesperado;
    yo, jamás espero que la
    buena suerte me alcance,
         y ella ni siquiera
    se esfuerza por existir.
                   
                Hoy la vi, en medio de no sé qué,
    de un cabello y un alternador,
    ahí estaba con sus ligas azules;
    ella dijo: «iré otra vez», y yo:
    «todo tiende al infinito».

    No hubo tiempo para contar las novedades:
    perdí dos pulmones, y medio corazón,
    y lo que me quedó lo usé para colorear las
    paredes de los hospitales que suelo visitar.
    Soy un paraguas cerrado, un neumático,
    y a la vez pienso que soy tan sublime
    y que tu/su partida era inevitable.
    Eché a la basura muchas letras que ya no
    sonaban, ya no sonaban.
                Conté los minutos, tanto los
    que se fueron como los que vendrán,
    y en cada uno de ellos, sin excepción,
    pude escuchar su ausencia.


    EDUARDO ENRIQUE DIMAS ARIAS. Originario del Ejido Calabacillas, Bustamante, nació el 13 de octubre de 1991. Radica en Ciudad Victoria desde hace 9 años. Realizó estudios de contaduría en la Universidad Autónoma de Tamaulipas. Cree en la poesía como vehículo para expresar el mundo.


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