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    CUENTO La mujer que baila para no ser vista | Andrés Ramírez


    La verdad fue difícil que Marcos hablara. Pasó días enteros mirando a la pared sin ninguna señal de reacción. No quiso comer en semanas y terminó cediendo por puro y llano malestar. Ya estabilizado no dejaba de relatar una y otra vez la historia de la mujer de blusa negra y pantalón de jean seguida únicamente de un grito de horror: “¡Verla es una tortura, díganle que pare!”. Bueno, la verdad es que la historia nos resultó interesante a mis colegas y a mí; tardamos días en entender las frases sueltas y las imágenes que relataba el pobre Marcos pero al final logramos crear una narrativa digna de novela barata. Pero primero lo primero. Es poco probable que su sobrino salga en poco tiempo, se le hacen estudios constantes y los expertos siguen sin dar con su padecimiento. Siéntese y escuche la historia, tal vez eso le dé algún sosiego.
    Marcos fue arrastrado a la calle por dos de sus amigos cuyos nombres no hemos podido sacarle, y digo arrastrado porque el pobre asegura que no quería salir, que quería seguir con sus tonterías de adolescente aburrido listo para pasar a la adultez. El caso es que salió a las malas y de mala gana, cosa que empeoró cuando llegaron al destino señalado: una bodega con puertas plegables como de tienda, con unas luces parpadeantes que llegaban al cielo como columnas y un ruido de música conocida, bailable, común. Sí señora, así mismo lo dijo Marcos. Bueno, ahí el relato de su sobrino se ensombrece un poco y parece que entraron a la fiesta de despedida de algún club de lectura invitados por el hermano mayor de uno de los amigos acompañantes, parece que Marcos saludó a un par de conocidos de la universidad para darse cuenta que todos, hasta los profesores, estaban presentes bailando y tomando un líquido extraño puesto en un acuario. Seguimos debatiendo si era whiskey o alguno de esos tragos baratos que los jóvenes compran en cajas.
    En todo caso sospecho que su sobrino es un tanto tímido, dice que apenas entrado decidió sentarse por horas y horas a mirar cómo la gente se divertía. ¿No sabe bailar? eso explicaría su apatía a un ambiente tan festivo, igual ahora comienza la parte interesante de la historia. En pleno éxtasis de la fiesta, cuando todos bailaban en mesas cojas y trataban de ligar a cualquiera, Marcos se levantó con cuidado y dirigió sus pasos al baño o lo que parecía ser un baño disfrazado de hoyo en la tierra. Permaneció allí por varios minutos aunque siempre omite el porqué, para luego salir de nuevo y verla. Sí, verla, a una muchacha y créame que la cosa se pone compleja desde este punto.
    A pesar de tener la mirada baja y poco ánimo de conocer a nadie, Marcos, según nos dice, se sintió paralizado, inútil, sin defensa alguna contra la andanada de proyectiles que veía desprenderse del cuerpo de Verónica. Ella, y esto de pronto usted sí lo sabe, parece ser una compañera de la misma carrera, pero de diferente salón, es decir, se conocían, pero de lejos. Pues esta fulana estaba en la fiesta para martirio del pobre Marcos. Bailaba con los ojos cerrados y la comisura de los labios rojos a entreabrir. ¿La música? Su sobrino no nos ha dicho nada de eso, pero déjeme terminar. Para Marcos el tiempo se congeló, sólo podía ver el cuerpo nunca advertido de la dúctil y moldeable Verónica. Movía la cadera con una velocidad media infernal mientras se tomaba del pelo y la cintura con las manos. Daba vueltas sin lógica aparente lo que era permitido por su falta de pareja, bailaba sola, muy sola, en medio de parejas acaloradas por el roce y de borrachos con la suficiente consciencia para admirarla. Se abrió paso hasta el centro del lugar sin mayor esfuerzo pues todos, Marcos incluido, perdieron el control de sus ojos y mentes. Verónica siguió bailando por el tiempo que dura la eternidad, con cada vez más gracia y armonía. Su blusa negra volaba a la par de sus movimientos y sus piernas, perdidas en un incontrolable ritmo caribeño, parecían no tener limitantes, ella misma parecía ser libre.
    Luego del letargo inicial, Marcos logró sobreponerse intentando recobrar la compostura para entonces detallar el rostro de Verónica. Generalmente, según nos dijo él mismo, sus compañeras bailan para atrapar la mirada y atención de alguna persona, siempre con intención, con malicia. Pero la cara de Verónica y en general su desenvolvimiento, mostraban algo diferente. Sus ojos cerrados y la tranquilidad que irradiaba parecían indicar que ella misma no sabía que todos en esa bodega la veían con una atención inquebrantable. Estaba bailando para ella, sin la necesidad inquieta de llamar la atención. Bailaba porque en su interior sucedía lo mismo, el alboroto del corazón sólo podía representarse con la dicha de sus movimientos. Marcos intentó acercarse justo en el momento que un ritmo pausado pero constante sonó en la bodega, Verónica pausó sus movimientos, pero haciéndolos más marcados, más prodigiosos y en ellos, en sus ondas de choque, Marcos terminó perdido hasta que el círculo que rodeaba a la bailarina se diluyó y sus amigos lo trajeron acá con la preocupación del desenfrenado y del perdido. Sí, le juro que su sobrino nos lo relató con esas mismas palabras, mire acá esta la transcripción si no me cree.
    Le haré saber si mejora. Le repito que los expertos en el tema no quieren dejarlo ir hasta que puedan entender qué le sucede a Marquitos. Por supuesto, usted como tía y única acudiente será informada primero que nadie sobre la evolución del pobre muchacho, parece que su trastorno necesitará de algunos meses. Igual acá se la tomado un aprecio muy grande, nadie sabe por qué, pero la historia que nos cuenta todos los días, con pausas, con lágrimas, con gemidos y miedo, nos tiene a todos encantados.


    ANDRÉS RAMÍREZ. Colombiano. Profesional en Política y Relaciones Internacionales. Candidato a Magister en Estudios Políticos. Escritor aficionado. Twitter: candresramirezg. Instagram: andresramig. Correo: cargindustries@gmail.com


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