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HABLEMOS DE LITERATURA... O NO Onanismo en la Universidad | Arturo Zafra Moreno


Siempre he sido muy reticente con la figura del profesor, no voy a mentirte. En el colegio, durante la Primaria, los tenía en gran estima. Eran prácticamente padres y madres. Tú, siendo un criajo de unos ocho años, amamantabas cuanto te echaran sin hacer preguntas. Llegabas ahí, al aula, y saludabas al profesor o profesora con gran agrado, esperando a que hablase y te enseñara todo lo necesario para sobrevivir ahí fuera, cuando te vieras en la obligación de enfrentarte al mundo que los adultos estaban construyendo para nosotros. Depositabas tu confianza en aquél individuo como si de veras lo necesitaras para vivir, como si perteneciera a tu organismo. Claro que a veces éramos crueles con algunos; les poníamos motes y no les dejábamos impartir la clase con tranquilidad, hablando y chismorreando sin ton ni son. Teníamos que hacerlo, puesto que la rebeldía estaba dentro del temario, o debería estarlo. De alguna forma, debías urdir una unión entre tus compañeros, para demostrar que erais multitud y manejabais el cotarro. Erais los dueños del aula, incluso del colegio, por mera cuestión numérica. Los maestros trabajaban para vosotros, tenían más obligaciones que cumplimentar, tenían un contrato y debían tener al día unos mínimos. ¿Vosotros? Bueno, ¿nosotros? Éramos unos críos, teníamos el futuro guardado en la suela de los zapatos. Teníamos salvación.
Luego, en la ESO (Educación Secundaria) al profesor no se le guardaba tanto aprecio. Directamente; era el enemigo. A veces te encontrabas con alguno que no era del todo egocéntrico, y sabía que estaba tratando con seres humanos. Otros, los más formales y que, además, mayoritariamente, eran fijos en el Instituto, se pavoneaban por los pasillos como si te estuvieran dando a ti la oportunidad de cohabitar en el mismo centro. Su actitud denostaba a todo el cuerpo estudiantil. Y sus clases ¡Madre mía! Pedazo soliloquios se marcaban. Comenzaban a hablar, a explicar todo conocimiento que poseían. Si lo pillabas, guay; que no, culpa tuya. Recuerda que eras un afortunado por tenerlo como profesor. Si no sabías sacarle provecho, no estabas al nivel. Cierra al salir y dile al siguiente que pase.
Eso los cabrones. Luego estaban los buenos profesores, que por desgracia estaban solo para cubrir la sustitución de uno de los cabrones. Aún no había emergido en él ese patético ápice de superioridad. Tú, siendo un adolescente que ya estaba dando sus primeros pasos por el mundo real, sabías cómo eran las personas, distinguirlas y clasificarlas según su cloaca correspondiente. Aprendiste que aquello de debes respetar a tu maestro por encima de todas las cosas era más que relativo. Sacaste el mínimo común múltiplo de todo aquello: los profesores son personas. Y a lo mejor tu concepción de respeto se basaba en ese infantil intento de crew o actitud barriobajera con tus amigos, pero sabías que el respeto o era mutuo o inexistente. Y partiendo de ahí te relacionabas con el exterior, y si alguno te miraba por encima del hombro sentías la necesidad de cortarle las piernas y dejarlo unos 30 centímetros más bajo. Y alguno de los docentes...Joder, eran los mayores camorristas del patio, sin lugar a dudas. Si manchabas el suelo estabas manchando su suelo, si corrías por el pasillo estabas corriendo por su pasillo. ¿A quién te quejabas? ¿Al director? ¿A ese puto Padrino? No, el director, el jefe de estudios y la madre que los parió a todos estaban ahí, sentados, por y para los profesores, al igual que los alumnos, que debíamos estar ahí por y para los profesores. No sé qué hacías tú, pero yo escuchaba, respetaba e incluso admiraba a los buenos profesores, aquellos que te hablaban como si tuvieras el seso bien conformado, no como si te faltara verano y medio.
Luego se te abre la puerta de alguna inspiración o epifanía, y comienzas a vivir por y para eso. En mi caso fue la literatura, porque tuve buenos profesores de literatura. Bueno, eran algo cabrones, pero a la hora de la verdad te miraban, sonreían y te dabas cuenta de que habías aprendido algo casi sin querer. ¿Y qué haces con esa pasión recién salida del concesionario? Exacto, dejas los estudios y te tiras tres años merodeando por la biblioteca e internet en busca de una salida laboral. ¿Que tú habías dicho seguir estudiando, esforzarte y llegar a la Universidad para sacarte un grado en Lengua y Literatura española? No te adelantes; primero la cagas, luego vas tirando. La preparación va paso a paso. Para de leer y nos vemos en tres años, para comentar resultados.
¿Ya? ¿Cómo te han ido eso tres años? Pura mierda eh. ¿Cómo te trataron en aquel taller textil? No pagaban mal, pero echabas en falta un mínúsculo, diminuto contrato laboral. Pero, oye, no está mal, joder, has podido ahorrar algo y ya tienes ciertas nociones de lo que es la vida. ¿No has ahorrado nada? No me jodas. ¡A mí me paso exactamente lo mismo! Ahora toca terminar la formación básica. En mi caso es el Bachillerato, el de CCSS. Me metí ahí, en lugar del Humanístico, porque desconocía por completo mis facultades. Por eso tenías que ir a trabajar primero; sales del curro, te miras las deportivas llenas de pelos de vacuno y te replanteas tu vida. Bueno, vamos a terminar el Bachillerato de los huevos y a por la selectividad. No te preocupes; siempre hay plazas libres en Lengua y Literatura. Los demás son realistas y conocen sus salidas profesionales. O las desconocen. Ya me entiendes.
Ey, ¿qué tal tu media? ¡Ostias! Un 10,65 sobre 14. Vas sobrado. Yo saqué un 8,24 y entré sin problema a la carrera. Te diré exactamente lo que me comentaron a mí: prepárate para un mundo de ensueño, lleno de personas que comparten tus inquietudes y pasiones, con un ambiente propicio para desarrollar al máximo tus capacidades literarias y creativas.
Primer día de clase. Ha estado bien eh. Los compañeros molan y los profesores son mucho más liberales a la hora de impartir sus clases. Igual incluso echas un polvo o dos a lo largo del primer cuatrimestre. No sé, tú ve siempre con hojas limpias, un bolígrafo con tinta y un condón en la cartera. Así todo irá bien. Tercer mes. ¿Cómo ha ido la cosa? ¡¿Ningún polvo?! Mal, muy mal universitario. ¿Y las clases? ¡¿Aburridas?! Fatal, eres el peor universitario de la historia de la universidad. La cosa mejorará con el tiempo, ya lo verás. Los principios nunca son buenos, pero el primer año es el mejor (palabra de veterano). Ten en cuenta que todos los escritores tuvieron formación académica. ¿Me estás llamando mentiroso? Desconéctate de Google ahora mismo y mírame a lo ojos fijamente: todos los escritores necesitaron formación académica. Repítelo. Bien hecho. No hagas más preguntas.
¿Tú también te has dado cuenta, no? Así es, los rectores, profesores y demás miembros del claustro son unos capullos. No se rezuma amor por la literatura por ninguna parte. A mí también me intentaron vender aquello de que la Literatura es una ciencia. Yo no lo compré, incluso pedí la hoja de reclamaciones. Pero mis compañeros, algunos ya amigos...lo engulleron todo sin aspavientos. Aquel sexagenario plantado sobre la palestra que declama versos de Miguel Hernández de memoria y carrerilla muestra grandes nociones literarias y un nivel cultural encomiable. Pero, ¿y el amor? Mejor aún; ¿y el respeto? Si Miguelito hubiera estado en esta aula te aseguro que habría alzado el brazo en, por lo menos, cuatro ocasiones, y hubiera mostrado notables discrepancias con la materia. Pero no, joder, hemos sido bendecidos por la sabiduría que solo puede emerger entre estas pareces centenarias. Los de fuera se tienen que joder, arremolinándose en la puerta de la Oficina de Empleo. Oh sí, todo lo que aquel hombre suelta por la boca es un bien de lujo y, como tal, solo ciertos elegidos tienen derecho a poseerlo. Esa poesía, esos versos, esa alma, solo se le puede otorgar a los que puedan costearlo y, sobre todo, cumplir los requisitos que disponga el Estado. Lo que aquel hombre dice no puede salir de nosotros, es un puto secreto. Si se extiende por todo el territorio, dejaremos de ser los reyes. ¿Acaso no quieres que la gente te considere un erudito? ¿No vale la pena restringir el paso a los demás solo para que puedas destacar por encima de ellos? Hay que alimentar al ego, hay que darle rienda suelta al onanismo. Tus compañeros, mientras tanto, con la boca entreabierta y la mente en blanco, admiran esa norma, esa restricción, esa zona privilegiada. Ansían ese poder. Solo esperan que finiquite la hora de clase para meterle laureles por el culo al profesor. Hazme case, eso les gusta.
Conviértete en un puto elitista.
Sí, ya lo sé. Te he mentido. De veras que lo lamento, pero para nada lo siento. Mira, ésto va así. No vas a llegar a ninguna parte con tus escritos. O te haces bloguero o youtuber o estás en la mierda. A nadie le interesa leer textos de gente no famosa. Si no es famosa, por algo será. Todos los famosos son buenos artistas, grandes profesionales y poseen un talento desbordante. Joder, ¿otra vez me estás llamando mentiroso? Deja de leer Wikipedia y mírame a los ojos: todos los famosos son grandes artistas. ya sabes; repite.

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ARTURO ZAFRA MORENO (1996, Caravaca de la Cruz, Murcia). Finalista en I Antología Internacional de Poesía Contemporánea de Estudios Universitarios, finalista en I Premio Internacional de Poesía Experimental Barco Ebrio, finalista en el II Concurso de Poesía ¿Versamos?, seleccionado en Por Amor a la Poesía, y seleccionado para aparecer en la antología poética V.E.R.S.O.S, promovida por el concurso +Poesía de Ediciones DeLetras. Ha colaborado con varias revistas y sitios web: LetraliaAlmiar, la antología universal de poesía Arte Poética: Rostros y VersosResonanciasPoesi.asEspacio LukeLa poesía alcanzaEl HumoLengua SueltaPoesía CuatroBitácora de vuelosLetras Salvajes y artículos en Opulix. Autor de los poemarios Réquiem del licor (2015), Viento embriagado (2015), y Delirios y ataduras con el nudo mal hecho (En Huida, 2018)

Imagen | Foto de Melanie Wasser en Unsplash

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