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OPINIÓN Escribir una novela | Ramón Ventura Esqueda


Todo novelista, es un  escritor de grandes extensiones conformadas por un módulo llamado  página, estas grandes extensiones, alguna vez tuvieron un principio. Un principio que dio comienzo con una página en blanco, en la que con fragores y descensos se fue plasmando un universo privado, un sinfín de mundos en una sola historia. Ese principio, no lo fue la primera página, ni la primera palabra que en ella se plasmó, sino la primera idea o ideas que a raíz de un hecho, o una imagen, fueron gestándose en la imaginación del escritor, el cual,  creó ese universo privado para entrar y salir a su antojo hasta decidir que ha terminado y no hay más que agregar.
        Siempre me han impresionado las grandes novelas, y no grandes por su inherente grandeza literaria, sino grandes en su extensión, como El Quijote, que hace ya muchos años prácticamente lo leí de un sentón que duró un mes. A partir de ahí, me topé con varias novelas de gran extensión, como La Guerra y la paz de León Tolstoi, Noticias del Imperio de Fernando del Paso, Rayuela de Julio Cortázar, y más recientemente Los pilares de la tierra de Ken Follett, El juego del Ángel de Carlos Ruiz Zafón y Anatomía de un instante de Javier Cercas, por mencionar las que en este momento me vienen a la memoria.
        Me son inolvidables las páginas iniciales de algunas de ellas, lo que he interpretado como que la primera frase o el primer párrafo son claves para lo que vendrá después, hasta el infinito final de la misma; pues hay novelas  que parece que nunca terminaran: “En un lugar de la mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…”; alguna vez nos fue requerido leer El Quijote para la reseña de un libro en la materia de literatura en la preparatoria, nunca se nos olvidará este inicio.
        “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre,…”; Pedro Páramo, novela en la que se tocan los límites de la narrativa y la narrativa poética, lugar común para todos los que habitamos la famosa región del Occidente de nuestro país o la región de “Jaliscolimán”, como bien la bautizó el recientemente homenajeado en su centenario, Juan José Arreola.
        “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía…”.  El gran mito de los Cien años de soledad de los Buendía, la gran novela que a la par de Pedro Páramo, aportó un nuevo lenguaje al  arte de la narrativa y que incremento  a miles el número de lectores que se acercaron más a la literatura por el puro placer del lenguaje.
        “Fue el verano de 1994, (…) Tres cosas acababan de ocurrirme por entonces: la primera es que mi padre había muerto; la segunda es que mi mujer me había abandonado; la tercera es que yo había abandonado mi carrera de escritor.”; Javier Cercas en Soldados de Salamina y su intimismo, el escritor que siempre aparece dentro de sus novelas y crónicas, como narrador o como personaje activo, llevándonos de la mano a un mundo de relatos reales.
        “Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia…”. El Juego del Ángel de Carlos Ruiz Zafón y su texto de inicio que para mí se ha convertido en una suerte de amuleto.
        A partir de este momento, en que el escritor plantea de manera contundente lo que será su historia, prácticamente apunta la brújula a orientarnos por donde va el camino y tal vez hasta dónde nos llevará.
        Escribir una novela, donde las ideas y las estructuras se entrelazan por años y que a veces nunca cuajan hasta que el escritor decide continuar o a abandonar su proyecto, no radica en escribir la primer palabra, sino el primer párrafo de lo que será su texto de inicio, la primera idea que será la llave al universo con que se accederá al mundo donde ya no hay regreso. De alguna manera este inicio del papel o la hoja en blanco, lo padecen muchos: el poeta, el que diseña un objeto, llámese casa o máquina, el artesano que hace alebrijes,  el joyero y desde luego el que narra o cuenta una historia.
        Escribir una novela, es escribir lo nuestro o lo de otros, como memorias, sucesos, experiencias intimas o colectivas, para exponer conocimientos, convicciones todo en  un tiempo y un espacio, sin límite de extensión, con la finalidad de decir y ser escuchados libremente.
        El miedo y la duda, son fieles compañeros en estos momentos, los que supongo se van venciendo mientras las letras caen una a una sobre el papel, formando palabras y párrafos hasta que la tortura termina y se convierte en placer.
        Siempre me ha llamado la atención cómo el novelista lucha por sobrevivir en el camino; como buen lector que me considero, es claro cómo se gesta la sinfonía, cómo se va por caminos inesperados en la trayectoria y cómo se llega al final; o como afirma el escritor Carlos Ruiz Zafón: "[el escritor anhela ver] su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él”.

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RAMÓN VENTURA ESQUEDA (Colima, 1955). Arquitecto de formación por la Universidad Autónoma del Estado de México. Miembro de los talleres literarios de la Casa de la Cultura coordinados por Víctor Manuel Cárdenas 1981/82. Museógrafo diplomado en Arte Mexicano, con un master en Diseño Bioclimático. Ha publicado en los periódicos colimenses Diario de Colima, Ecos de la Costa, El Comentario y la revista Palapa en su primera época. Coautor en el libro Carlos Mijares Bracho Maestro Universitario distinguido, en los volúmenes I, II, III y IV de la colección Puntal. Ha participado con crónica en los volúmenes II, III, IV y VI de los coloquios regionales de Crónica, historia y narrativa. Actualmente publica en el suplemento “El Comentario Semanal” del periódico el Comentario de la Universidad de Colima, la columna “De ocio y arquitectura”.

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