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POESÍA Dos poemas | Pedro Martín Aguilar

  
UN NUEVO EMPIRISMO 

A Guillermo Carnero
  
La muerte no existe.
Nadie existe
que haya vuelto del pórtico frío
para diseccionar
el latido hirviente de la ausencia.
Sólo existe lo que conocemos, las manos
            tañen la luz,
los ojos se acuestan sobre el océano,
el olvido sabe a música proscrita,
tus labios hieden
            a perfume de rosas maltrechas.
Eso que llamamos muerte es la sangre de la vida.
Eso que llamamos muerte es la inicua vida
            acabándose,
acabándose,
                                                           pero nunca su término.
Al cadáver le han brotado enjambres de miel nueva,
en tu tumba el hortelano lloró una primavera.
No existe el tiempo. La materia se eterniza. Siempre
es aquí, en la pesadilla del conocimiento.
Y si alguien se atreve a respingar por falaces turbaciones,
háganle saber que la vida es también una condena.
Sólo la vida existe:
En la carne vacía, en el pozo del alma
sin fondo: Sólo la vida existe.


LA MUERTE DE GÓNGORA 

A Martha Lilia Tenorio

Necesitamos que una voz inspirada nos recuerde que el planeta es azul, que el mundo es hermoso, y que nos comunique el más que nunca imprescindible entusiasmo.
Robert Jammes, “Góngora, poeta para nuestro siglo”
  
Un mar cerniéndose, un fuego cerniéndose, pesado como el mar y leve como el mar, sin dejar por ello de seguir siendo palabra: no pudo retenerlo y no debía hacerlo; para él era inconcebiblemente inefable, pues estaba más allá del lenguaje. 
Hermann Broch, La muerte de Virgilio

La pluma aborta a mi pie, hidrópico
            de plata tierna,
el cetro eterno de la poesía.
La huerta más se entenebrece
            que calado cristal en imagen estigia.
Dejaré latir, en esta noche última,
el fanal de escrita miel, campo de péndolas
en que sombra no lloraré.
Me resisto a soñar
como alteza funeraria de alabastro
            que infinitamente tasca
lóbrega espuma de abismos nevados.
Mortaja mía el mayo sea,
            no cortada grama mi calavera.
Yo no muero. Conmigo muere el mar.
La sed no muere. Conmigo muere la verdad.

            Se moría como fénix del estuario,
la pena argentando de Brindisi, delante
la quilla undosa del oro.
            Nadie convidó su testamento,
            como Nadie su Ítaca
                        soñando seguiría.
¿Quién quemaría la tinta del laurel?
“Yo no muero. Conmigo muere el mar,
los hechiceros que Sol me nombraron,
ardorosa carroña de los cuervos,
augurios embozados son de luz
            que deserta de su nombre:
la magia ya no escribe al hombre.”
            Y un pobre hombre escribiría,
volando el pie germanas palizadas,
que toda muerte es hoy, o tarde, o mal,
            muerte de única verdad,
porque fuera de ti, insepulta encina,
            no existe la verdad.

Esas palabras son süaves féretros
en que ahora anhelamos revivir.
Huyo de la hoja calcinante, olfateo
el incendio que llamamos cielo, taño
las torturas de animales
                                    ofrendados al petróleo
y me pregunto, en la matanza del silencio,
si este mundo volvería a olvidar a los poetas,
si este mundo leería su verde sangre,
si este mundo al mundo leería,
si este mundo es o sería.
Mejor callo. Canta el silencio en la horca del ruïdo.
Cierro los ojos. La ceguera es Medusa del corazón.
Mis orejas se derriten: ¿quién escucha a Dios?
Soñamos conocer de lo que hablamos
y hablando callamos para siempre,
la palabra es un Narciso de pétalos de muerte.
No soy yo quien se quema, es el mar:
            su nombre devela apenas algo:
                        la Nada en su naufragio…
El presente nos borra,
su razón afásica de Verbo descarnado,
sarcástica hemorragia de armonía:
¡Podrá haber poetas pero ya no habrá poesía! 
Y que nadie diga:
Quiero volver a las comunes cosas:
el agua, el pan, un cántaro, unas rosas…

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PEDRO MARTÍN AGUILAR (Madrid, 1991). El autor ha vivido casi toda su vida en la Ciudad de México. Es egresado de la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas de la Universidad Nacional Autónoma de México y Maestro en Letras españolas por la misma institución. Se dedica a la investigación literaria de la poesía de Luis de Góngora y a la lírica española de la segunda mitad del siglo XX. Es profesor de poesía hispánica en la Universidad del Claustro de Sor Juana, en la Ciudad de México.

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