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RESEÑA La entonación bíblica en la poesía de Bethoven Medina | Jorge Nájar


“Mi país, es tierra ocre-amarillo en océano del Sur;  / (…) hundido en este arenal, sin aliento ni cielo, persisto.” Así canta la voz del caminante que habita en Éxodo a las siete estaciones de Bethoven Medina (Martínez Compañón Editores, 2016, Cajamarca, Perú). Los versos citados son del poema “Viernes” de la sección “Los siete días de la semana”. Y en pos de otras características del cantor, he vuelto a sumergirme en sus sonoridades. De entrada, su estructura externa alude a los Siete días de la creación del universo, así como a los Siete ensayos sobre la realidad y otras aproximaciones en torno al cabalístico siete, número sagrado, dicen. Aunque parezca un puro regocijo formal, su apuesta cala hondo. La primera sección, “Los siete días de la creación del mundo”, se abre con un poema que es a la vez un blasón, un escudo, una marca de fábrica: tres estrofas de siete versos, características formales que lo regirán por entero. Y ahí, entre esos pilares y parapetos, resuena la voz del poeta.
         Avanzando en la lectura de las estancias que lo componen el lector descubre la presencia de ideas cercanas a la religiosidad flotando por encima de lo que las instituciones y el poder han pretendido hacer de esta idea. Así, pues, calificarlo de libro insólito es poco decir. Eso sí, me parece un libro ajeno al panorama de la poesía actual, algo así como un libro brujo para volver a utilizar la expresión del joven L. A. Sánchez tras su primera lectura de volcánico Trilce.
         Lo más evidente en Éxodo a las siete estaciones es su inspiración sostenida y la sucesión de luminosos destellos plenos de densidades y significaciones. En “Día primero”, abriendo el concierto, se oye: “Con Disco Solar busco azorado el origen como si me siguieran.”  Y el lector no puede menos que preguntarse a qué orígenes se refiere y quién o quiénes lo siguen (¿o lo persiguen?). Más adelante, como cerrando la primera estrofa del poema, añadirá: “E insto a recuperar lo nuestro / hasta caer abrazado a la piedra / que encierra las claves del Saber.” Buscar el origen en la sabiduría registrada en la piedra, resulta pues uno de los ejes semánticos a lo largo de esta experiencia. En esta sección asistimos a la creación del universo dentro del cual se asentarán sus preocupaciones. Así en “Día segundo”, la misma voz sostiene: “Descubro el mar lejano abrazado al firmamento, / y el día entre garúas baja a dar vida a los totorales.” Las opciones léxicas van señalando sus marcas si nos detenemos, por ejemplo, en totoral, del quechua tutura, planta común en esteros y pantanos. En “Día sexto” esto es mucho más evidente: “Festejemos los días de la creación del universo, / y superemos altos muros, caminos de piedras y espinas.” No cabe duda de que estamos ante una voz ajena al pesimismo. La voz de un caminante a la búsqueda de la luz: “Al crear todo, se hizo la luz de raíz a flor; / y en los paisajes llovieron plegarias que ríos aún anuncian, / y dichoso escucho en el alba el canto del jilguero. / Es la historia quien impone su color, opacando al camaleón; / y el mar siente gozo en su agua al abrazar la tierra.”
         Si la entonación es bíblica, la ambición creadora aspira hacia la reunión de los conocimientos o ideas relativos a la creación de la realidad del mundo. Aun así, el yo imperante en este Éxodo sabe que escribir es también una manera de precipitarse al vacío y desde esa caída muchas veces sin fin lanzar salvas e himnos. El poema como un espacio escénico ilusorio, una pantalla detrás de la cual no hay nada, o quién sabe, toda la realidad por traducir en poesía. Es la marca de esta poesía. La realidad que asoma en Éxodo a las siete estaciones parece como revelada a los sentidos. El libro cuenta con toda una sección consagrada a las Siete notas musicales donde escuchamos “La luminosa música cautiva, / nos aleja de la soledad de los paisajes…” Y donde el hablante nos dice “estoy pensando y sintiendo / la luz espléndida bajo la lluvia de la Vida…” Así nos resulta evidente que participan en esta aventura del mundo musical tanto los ojos como los oídos, el olfato, el tacto y el pensamiento. Ellos dirigen el asalto a lo que existe, todos confabulados y compenetrados entre sí puesto que “El alma no se pesa, ni mide. Se siente; / calladita ilumina el huerto de esperanza…” Esa voluntad sensorial le permite afirmar: “mi corazón tamborea más y más, / cuando pregunto nombres a las piedras, / tiran de mis nervios como cuerdas arrancadas… / Al final y al borde del camino reflexiono como un árbol; / identifico el ascenso y exploro dimensiones humanas–esotéricas.”
         Una profunda reflexión sobre la experiencia humana avanza en Los siete días de la semana, los siete cuerpos del ser humano, las siete palabras de Cristo, los siete colores de la gama acromática y los siete ensayos sobre la Realidad. Así, cerrando la sección de los cuerpos del ser humano, oímos el canto al Cuerpo Íntimo: “… la muerte no existe, / es viejo puente que espera nuestros pasos cada amanecer / … La creamos nosotros, imperfectos viajeros, / en tanto buscamos guanábanas debajo de la cabellera del sol, / y la tierra se abre como vena / … Me reanima morir o nacer, y soy feliz, / en estado de transición, … / si quedé en deuda con la fuente y otro cuerpo, / naceré cordero a terminar mi caída, / atravesaré puentes rápidamente, / y del campo recogeré azucenas y talismanes. / ¿Cuántas veces me perdí en bosques, magnolia? / Un día de estos naceré ¿Quién será mi madre?” La reflexión en torno a la experiencia humana avanza enriquecido por un discurso con un aire metafísico.
         En la sección quinta, Las siete palabras de Cristo, es donde más evidente resulta la fusión de una religiosidad aferrada al terruño y a la experiencia individual. Así en  “Madre, he ahí a tu hijo. Hijo, he ahí a tu madre” la voz del hablante se sustituye a la de Cristo y nos dice: “Madre, al acordarme de ti, regreso saltando en cuclillas; / y en la playa de pescadores acaricio chalaneros cuando predico la verdad / … en esta búsqueda, vibrante itinerario, / vuelvo a navegar con fe sobre caballos de totora…” El poema revela ese punto, nudo o vértice hacia donde lo diverso converge: el caminante a orillas del mar, la agitación de la vida y la sorprendente imagen del navegante en su caballito de totora en la intensidad de la luz; y allí donde todo se nubla cubriendo de silencio el paisaje, el poema nos lleva hacia ese polo de atracción o centro donde la vida se debate, hacia el centro de la vasta red de relaciones que el acto poético convoca y comunica: “El caos marca humanas heridas, Madre; / y la tarde flamea tu piel de rosados pétalos, / y surge la salud en los hombres ávidos de ecología y devotos de la Vida…” todo se traslada hacia donde “la tarde flamea tu piel” y todo permanece indemne entre los hombres “devotos de la Vida”. Esa es la plenitud del presente de la imagen. Para Bethoven Medina, en este caso tiempo siempre vivo. La piel materna en la luminosidad del día es la momentaneidad reveladora; su vibración lo saca del tiempo y lo transporta. La imagen de ese instante está por ende fuera de la temporalidad histórica.
         No es lo señalado el único registro de este poeta. En “Tengo sed” oímos: “Lejos de todo, la Vida cobra jerarquía azul; / con su libertad crecen ciruelos, lúcumos, / y mi cuerpo sediento camina por valles / ... Con mi sed persisto este viaje en los desiertos, / recolecto palabras de testimonios luminosos…” Aquí reaparece la imagen del caminante, una constante a lo largo de todo el conjunto. El acceso al trascendentalismo visionario que habita en este Éxodo se produce desde el caminar por el desierto, por las montañas, por los valles poblados de árboles frutales. El caminar es la ocasión privilegiada para ser rodeado por todo lo que existe. “Soy el forastero en busca del talismán en cerros olvidados”. Y en Siete colores del arco iris vuelve a emerger el ser que le otorga cuerpo y realidad a toda esta sucesión de destellos multicolores: “Anduve por orillas no descubiertas, / en arroyos enterré mis mapas, / giré, como hélice sin ataduras, / y avanzo en el camino, espléndido como un retoño.”
         Si en esta lectura hemos puesto de relieve aquel poema en el que alude a su país de tierra ocre-amarilla a orilla del océano sur, en la estancia final del conjunto, Siete ensayos de la realidad, ese país es designado con todas sus letras y con todos sus nombres a lo largo de la historia. Así lo vemos en “Evolución económica”. Idealizando el pasado la voz sostiene: “El Tahuantinsuyo es honroso antecedente; / significa abrir ventana a la puesta del sol. / Ahora, el peruano acude al fondo monetario… / este país de navío inseguro es nuestro… / En el Perú, los maíces se levantan insatisfechos, / y lejanos, son brazos altaneros que convocan / a medir los años, las siete vacas flacas; / y a sacar el alma, al alma, para vivir cantando.” Si el poeta reivindica la incertidumbre como condición inherente a lo poético, y también a la modernidad en continua revisión de sus premisas, en esta sección culminante de su canto el yo poético nos dice: “mañana persistiré en mi viaje hacia la identidad.” Esta actitud incita a pensar que si la poesía del futuro Bethoven Medina es de algún modo todavía indiscernible, incluso si estamos ya en ella, no está lejos de las preocupaciones del pasado. Como ignoramos su porvenir, intentar preverlo nos lanza hacia lo distante, hacia lo distinto que no podemos aprehender. Ya dije que en su caso no hay radical mudanza de retórica. Existen en cambio otras rupturas. Y por encima, emergiendo del paisaje recorrido por el caminante, uno se queda habitado por la idea de que las transformaciones de la poesía en este poeta se inscriben esencialmente en la actitud y el registro de las entonaciones sin que las estrategias formales sean las que rijan pese al imperio de las tres estrofas por poema, cada una de siete versos. Y el siete cabalístico de la incertidumbre.

Playa Fanals, septiembre de 2018.

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