Hoy no hablaré de un gran literato ni de una súper novela que me haga ver como una tremenda lectora, sino que haciendo honor al título de esta columna, recordaré esos momentos cuando en compañía de mi prima Margarita, íbamos a casa de su abuela paterna a leer historietas. Creo que todos los amantes de los libros hemos o comenzado o caído en las garras de lo que antes llamábamos cuentitos y con el tiempo se convirtieron en comics y para muchos son espacios llenos de nostalgia.
Mi prima Margarita vivía en una casona, en cuya parte baja habitaba su abuela Socorro, curiosamente mis dos primas favoritas tenían una abuela Socorro al igual que yo, y por alguna circunstancia de nombre, supongo, las abuelas Coco eran más permisivas que la abuela Elvira.
Bajábamos y semi escondidas leíamos las revistas que su tía Rosario escondía de nosotras porque la mamá de Margarita nos tenía prohibidísimo leer Susy secretos del corazón. En estos momentos de la vida no recuerdo ninguna historia, las tramas se me van de la memoria, lo único que tengo claro es que hablaban de amores, novios, besos, y toda la parafernalia romántica que para unas niñas a punto de entrar a la adolescencia, eran emociones anunciadas.
Nos acostábamos en un espacio que recuerdo como una sala redonda aunque fue hace tanto que la memoria puede fallar. Y leíamos, comentábamos y compartíamos contenidos. Teníamos que suspender todo cuando escuchábamos los gritos de los demás buscándonos. Aunque la verdad no eran muy insistentes, ya que, por estar siempre leyendo, no fuimos muy requeridas para los deportes que jugaban en el patio los demás primos.
Pero, cuando llegaba la hora de los juegos calmados, siempre proponíamos representar (aunque entonces no lo llamábamos así) historias de las muchas que habíamos leído en Lágrimas, risas y amor, en La pequeña Lulú, en Archie o La familia Burrón. Creo que los tíos de Margarita tenían todos los títulos que existían en ese entonces. Yo no era fan del Pato Donald, pero sí mi prima. Me gustaban más bien las prohibidas como Fantomas. En fin, largas mañanas de verano, cuando las vacaciones eran espesas y podía uno navegar en ellas haciendo mil cosas, entre ellas, leer hasta que los ojos se cansaran y luego salir a jugar y repetir las aventuras que nuestra imaginación y los “monitos” nos habían dado.
A muchos padres y maestros de hoy se les olvida que una manera de acercar a alguien a la lectura es a través de estos “dibujitos”, que con el tiempo se pueden convertir en libros sin ilustraciones. Recuerdo el caso al revés del Libro vaquero que leía mi abuelo, que eran puras letras, en un formato de papel barato, pequeño y de fácil manejo, que con el tiempo derivó en más dibujos y menos letra.
Las primeras lecturas siempre deben ser amables, cortas, ligeras. Eso fueron los cómics para muchos de mis primos que no les gustaba leer. A través de ellos los pudimos tener tranquilamente sentados en las pocas tardes de lluvia de esos veranos vacacionales, donde lo importante era estar todo el día juntos, incluso leyendo.

TERESA MUÑOZ. Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, entre otros. Trabajó con Abraham Oceransky en 1994 en gira por el Estado de Veracruz con La maravillosa historia de Chiquito Pingüica. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014. Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura, gramática, traducción, interpretación, inglés y francés. Escritora y directora de monólogos teatrales. Coordinadora de Literatura y Artes Escénicas de la Biblioteca José Santos Valdés de Gómez Palacio, Dgo.