Foto tomada de http://www.ieturolenses.org/

FIL (28 de noviembre de 2020). La escritora portuguesa, Lídia Jorge, fue galardonada con el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2020 por su obra A Costa dos Murmúrios, la cual fue considerada por el jurado, además de novelística, como «poética, ensayística y teatral».
Anna Caballé, miembro del jurado, detalló que decidieron conceder este premio a la portuguesa debido a la altura literaria con la que su novela retrata el modo en que los seres individuales se enfrentan a los grandes acontecimientos de la historia. A Costa dos Murmúrios, fue publicada e 1988 y escrita mientras Lídia Jorge se encontraba en Angola y Mozambique durante las guerras de independencia colonial.
Con un mensaje pregrabado desde Lisboa, la escritora Lídia Jorge agradeció a la FIL el galardón por su obra. Con la narración de una historia con la que asegura, «me enseñó lo esencial sobre la capacidad de transfiguración que caracteriza a la especie humana», la portuguesa celebró este reconocimiento. Además, destacó que esta es la cuarta ocasión en 30 años que se elogió a la lengua portuguesa en este premio y ahora «en el destinatario de esa carta estaba escrito mi nombre», recordó.
«La literatura es una carta que enviamos a la lejanía. Lejos en el tiempo, lejos en el espacio. A veces la literatura llega a su destino, a veces recibimos noticias de regreso».
En el canal Youtube FIL Guadalaja pueden ver la ceremonia de inauguración y entrega del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2020.
Reproducimos a continuación algunos fragmentos de su discurso, traducción del portugués de Dulce Ma. Zúñiga.

A decir verdad, la Literatura es una carta que enviamos a la lejanía. Lejos en el tiempo, lejos en el espacio. A veces, la Literatura llega a su destino. A veces, recibimos noticias de regreso. Cuando en Europa se aproximaba el final del verano, la dirección de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara acostumbra anunciar en cuál de las ocho lenguas romances encontró un imaginario literario digno de ser premiado. Este año, por cuarta ocasión en treinta años, se eligió a la lengua portuguesa. Y en el destinatario de esta carta, estaba escrito mi nombre. 

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Para agradecer, pensé que podría referirles un caso particular, compartir cómo conocí a Homero hace muchos años. 

Homero, en la tierra donde nací, era mujer y se llamaba María Encarnación. Era una anciana, muy pequeña, vestía ropa oscura, tenía su escaso cabello de color plateado. Sus párpados estaban enrojecidos y uno de sus ojos vacío, sin globo ocular. Estaba siempre sentada, inmóvil, sólo sus manos se movían para tejer cordelitos de palma. A primera vista, parecía un despojo de persona. Pero los niños sabían que no era así y se sentaban en el suelo para oír lo que aquella mujer analfabeta tenía para contar. Sólo que ella contaba cantando.  

Cantaba con una voz débil, con un vibrato muy fino y prolongado. A pesar de nunca haber tenido un libro, ella cantaba romances antiquísimos aprendidos de memoria en su infancia. Tiempo después logré identificar en su narrativa, sin intervalos ni pausas, algunos romances tradicionales como el de La Nau Catrineta, la Bella Infanta o la Visita de la Novia Difunta. Y nosotros, los niños, quedábamos cautivados por aquellas historias cantadas que hablaban de amor, de combates armados, de aventuras prodigiosas acerca de marineros sobre las olas. Cuando nos cansábamos de su canción interminable, íbamos a correr por el campo, volando unos centímetros por encima del suelo. Sin saber por qué, luego de esos encuentros, nos sentíamos más ligeros. Aquella mujer nos salvaba de la soledad de los campos. Cuando falleció, vi su cabeza pequeñita desaparecer bajo las tablas. Pero a la luz de las candelas de aceite, creo haber tenido por primera vez la idea de que algo del ser humano podía triunfar sobre la muerte. 

Después de tanto tiempo, hoy sé que ella fue el último eslabón de una cadena que perduró por siglos y que ahora está fracturada para siempre; y tengo la certeza de que esa experiencia me enseñó lo esencial sobre la capacidad de transfiguración que rige a la especie humana. Y pienso en ella, y en el misterio del tiempo que determina la vida de cada uno, y en la manera en que nos sujeta a las circunstancias del transcurso de las fechas y de la Historia. 

María Encarnación fue un ser atravesado por el fulgor poético, aunque no tuvo la felicidad de conocer la maravilla que son los libros. 

Merecía haber ido a la escuela, aprendido a leer y escribir, merecía haber tenido acceso a los poetas de su patria, a Camões, Vieira y Pessoa, leer la Ilíada, la Odisea, la Divina Comedia, Don Quijote. Merecía ver Hamlet en el teatro y en el patio de su casa de piedra, leer en voz alta, la “Oda Triunfal” y desear ser la Creación entera, con las palabras con que Álvaro de Campos termina ese poema: “¡Ah, no ser yo toda la gente en todas partes!”.

Merecía, a los diecisiete años, haber leído la novela Nada, de Carmen Laforet, la catalana, imaginando ser la joven Andrea, la que deambula por las calles de Barcelona en la resaca de la Guerra Civil española e imaginar que ella misma escribiría algunas páginas para corresponderle. 

Y merecería haberlas destruido porque eran sus primeras páginas y aún no estaban listas para salir de su regazo. Ella también hubiera podido hablar de cerca con los libros de Goethe, Proust, Virginia Woolf, Yourcenar y Agustina Bessa-Luís, y de muchos otros. Aunque aún no estuviera preparada.

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Y diría eso porque, mientras estaba inmóvil sentada en una silla baja, ella encontró en la Poesía su manera de engañar al destino. El destino la quería muy vieja, ciega y coja, pretendía que vistiera de negro y cantara versos acerca de destinos ajenos. ¿Y no es acaso la Literatura la prueba de que uno mismo se puede convertir en otros a través del lenguaje? ¿Y esa fuerza de alteridad no es acaso tanto el motor de la belleza como la base de la compasión? 

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Por eso ella, Homero involuntario, como adulta del siglo XXI, sería la figura ideal para decir a quienes tienen el poder de tomar decisiones y dictar las políticas públicas, modelando así inevitablemente la vida de quienes han de vivir en función de esos criterios, que las Humanidades, la Narrativa, la Poesía, el Teatro, todas las Artes de la Palabra, serán el salvoconducto hacia la armonía en la civilización del futuro, eso cuya materia prima es el lenguaje. 

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O quizá más sencillamente, María Encarnación en este tiempo presente en que los dioses parecen haberse encerrado en sus palacios reales y dejado a los hombres en abandono  para que se entiendan entre sí y sean libres de volverse hermanos o enemigos

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O en otras palabras, diría que se alejaran de todos aquellos que les prometen artefactos en lugar de compañía, monólogos en vez de charlas, ruido y no música, gritos y no cantos, garabatos en lugar de mensajes, slogans en vez de Sabiduría, negocios en lugar de Amor. 

Y al pensar en la gran metamorfosis que estamos viviendo, les exhortaría a dudar de aquellos que ofrecen vacío y violencia en lugar de libros. En ese momento preciso ella era ya una joven mujer, la civilización del libro se había expandido por los cinco continentes, había promovido la alfabetización, el discurso de la libertad, el diálogo entre los adversarios, el respeto por los otros y la democracia. Acabó con la esclavitud, facilitó la emancipación de las mujeres, el intercambio de ideas sobre la interpretación del mundo, la consolidación de la memoria, la transmisión del pensamiento y de las historias, la multiplicación de la Poesía. 

María Encarnación, quien tal vez nunca había leído un libro, ante la inminencia de perderlo, comprendería en qué medida esa escultura de papel que habla sin sonido, es un objeto perfecto. Mucho más perfecto que las sondas que van a Marte y rondan Neptuno. A semejanza de lo que sucede en algunas ciudades con fuerte tendencia al futuro, habría que crear una secta global que defienda la civilización del libro. 

Eso hubiera dicho ella.